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CRÍTICA / Kaufmann, el Otello de nuestro tiempo


Londres. Royal Opera House. 24-V-2017. Verdi, Otello. Jonas Kaufmann, Maria Agresta, Marco Vratogna, Frédéric Antoun, Thomas Atkins, Kai Rüütel, Simon Shibambu, In Sung Sim, Thomas Barnard. Director musical: Antonio Pappano. Director de escena: Keith Warner.

Norman Lebrecht

En un papel que, en Londres, ha sido propiedad exclusiva de Jon Vickers y de Plácido Domingo desde tiempos inmemoriales, Jonas Kaufmann no ha dejado duda ninguna acerca de su autoridad. Si la voz resulta algo ligera para las exultaciones del inicio, se va ampliando y profundizando a medida que la locura se abre paso y Otello se encamina inexorablemente hacia el asesinato de aquella a quien ama.

Kaufmann no necesita pintarse la cara para representar al moro. Es el paradigma del outsider, respetado y resentido a partes iguales por los altivos, tramposos y libidinosos venecianos. Su Otello, paranoico desde el principio, va inclinándose progresivamente hacia lo psicótico en la meditada producción de Keith Warner. No necesita que Yago despierte sus sospechas; en cualquier caso, nunca había confiado en esa gente loca por el sexo. El color de su voz se va oscureciendo a medida que transcurren las tres horas de función; quienes sostienen que su voz no es "natural" para el personaje de Otello deberían escuchar lo que hace a partir del material que posee. Kaufmann es un gran artista que atraviesa actualmente su mejor momento. En dos o tres años su Otello será épico.

Allí donde Vickers era violento y Domingo petulante y quejumbroso, Kaufmann es una máquina de matar en estado de reposo. Y, al no tener enemigos que combatir, debe volverse sobre su ser querido, y sobre sí mismo. Lo único que tiene que hacer Yago es prender la mecha. Conociendo el inevitable resultado, quedamos atrapados por el proceso, siendo absorbidos por las vueltas y revueltas de la mente enfermiza del Otello de Kaufmann. En el acto final ya ha hecho del todo suyo al personaje gracias a una recreación maestra, sobrecogedora y emocionante como debe ser la de todo gran Otello.

Por su parte, el Yago de Marco Vratogna está sinuosamente bien cantado. Se trata de un villano unidimensional, una serpiente en pleno Edén que infiltra su veneno en la mente humana para obtener su malvado propósito, y Vratogna lo canta con convicción subversiva y victoriosa.

María Agresta compone una Desdémona en exceso bobalicona, aunque se redime en la Canción del sauce y el Ave María del cuarto acto. Una voz más ligera habría sido quizá más adecuada para Kaufmann, pero la soprano acaba conmoviéndonos hasta provocarnos el llanto.

Los decorados de Boris Kudlicka resultan adecuados y no invasivos, y la idea de la celosía se antoja pertinente para una trama que se desarrolla en algún lugar del Mediterráneo. En su conjunto la escenografía parece concebida para perdurar y que siga disfrutándose dentro de, digamos, veinte años.

Así como el coro de Covent Garden, bajo las órdenes de su nuevo director, William Spaulding, estuvo fantástico, tengo mis reservas sobre la orquesta, cuyos metales emborronaron dos entradas y las cuerdas agudas sonaron algo desnutridas. Antonio Pappano dirigió con excesivo énfasis. Carlos Kleiber, a quien vi en esta misma ópera y en este mismo escenario hace treinta años, parecía confiar en sus músicos; en cambio, Pappano, parecía demasiado preocupado por hacer que la cosa funcionase.

Opté por asistir a la segunda representación, huyendo de la histeria superficial de la noche de estreno. El público que me rodeaba estaba compuesto por hombres y mujeres conocedores que habían visto muchos grandes Otellos en Covent Garden. En todos ellos percibí aquello con lo que abro y cierro mi reseña: la sensación de que Jonas Kaufmann está ya entre los más grandes.

http://slippedisc.com/2017/06/jonas-kaufmann-stands-in-line-with-the-great-otellos/