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CRÍTICA / Kate Lindsey, un Ariodante inolvidable


Madrid. Teatro Real. 18-III-2018. Handel, Ariodante. Kate Lindsey, Chen Reiss, Hila Fahima, Christophe Dumaux, Rainer Trost, Wilhelm Scwinghammer, Anthony Gregory. Les Arts Florissants. Director: William Christie.

Eduardo Torrico

Habida cuenta de las acostumbradas tropelías —cuando no atrocidades— que los directores escénicos que padecemos cometen con las óperas barrocas, hay que agradecerle al Teatro Real que trajera un título tan sugerente como Ariodante en versión semiescenificada. Fue una forma de que ninguna de esos despropósitos y absurdos a los que que por desgracia nos han habituado los registas deplazara el foco de lo verdaderamente importante, esto es, la majestuosa música de Haëndel (se trata, sin duda, de uno de sus más notables obras para la escena, junto a Giulio Cesare y Alcina) y la notable interpretación de cantantes y orquestas.

Es maravilloso poder escuchar hoy en día a orquestas barrocas (por supuesto, todas extranjeras) con doce violines, cuatro violas, cinco violonchelos y dos contrabajos, después de los drásticos recortes de efectivos a que ha obligado la no todavía erradicada crisis económica (el menos, no erradicada en el ámbito de la Cultura). Pero da rabia. Mucha rabia. Y me explico: los músicos españoles dedicados al repertorio barroco han sido condenados a tocar ya siempre en pequeño formato. Las orquestas grandes de hace unos años (Al Ayre Español, El Concierto Español, Los Músicos de su Alteza y hasta la Orquesta Barroca de Sevilla) han desaparecido del mapa. La merma de efectivos frente a orquestas tan nutridas como Les Arts Florissants produce una comparación que es odiosa, porque a la fuerza en ella siempre pierden los españoles con sus menguados recursos. No seré yo quien ponga en tela de juicio la categoría ni la trayectoria de Les Arts Florissants, pero estoy convencido de que una Barroca de Sevilla —por citar un solo nombre— con doce violines, cuatro violas, cinco violonchelos y dos contrabajos sonaría cuando menos igual de bien que estos francesas.  

Christie seleccionó un cuadro vocal poco o nada habitual al barroco, a excepción de Christophe Dumaux. Y el envite le salió bastante bien. En especial, con el rol protagonista de Ariodante, encarnado por la mezzosoprano norteamericana Kate Lindsey [en la foto], sustituta de Sarah Connolly, que había cantado este papel en los días anteriores durante la gira europea de LAF. De voz no demasiado poderosa, pero sí oscura y bien proyectada, y con la técnica prodigiosa, sin la cual no sería capaz de desplegar tan asombrosas agilidades, Lindsey bordó el personaje. No recuerdo un Ariodante tan convincente como el suyo. Ni una Scherza infida tan espeluznante y conmovedora. Ni una Dopo notte tan luminosa y optimista. Algo fuera de lo común lo de esta señora, que ojalá retorne pronto al repertorio barroco, porque es una mina de oro.

Le dio perfecta réplica su antagonista. Es decir, Christophe Dumaux como Polinesso. El francés no es uno de los llamados a ganar algún día la Champions —ahora que está tan de moda el término aplicado a la música— de los Contratenores, pues se ve casi siempre relegado a papeles secundarios. Pero, en concreto, estos de "malo de la película" (Polinesso, Tolomeo...) le van como anillo al dedo. Tiene unos medios potentes, proyecta de manera portentosa y, además, posee una musicalidad inigualable. Tal vez su voz no sea especialmente bella, pero... ¡qué más da!

Por debajo de ellos dos, se manejaron con brillantez Hila Fahima (Dalinda) y Rainer Trost (Lurcanio). Pulcra, aunque a veces un tanto gritona, la primera; comedido y con hermoso timbre, el segundo. Ambos superaron con creces a la nada convincente Chen Reiss (Ginevra) y a un Wilhelm Schwinghammer (Re di Scozia) fuera de estilo y con una infame pronunciación italiana. Reiss, con irresistible tentación a caer en un nada apropiado vibrato, no ofreció nada especial que llamara la atención, ni evidenció virtudes que justificaran su elección para un papel tan importante como el de Ginevra. Por último, la labor de Anthony Gregory (Odoardo) no pasó de testimonial.

¿Y Christie? Con una orquesta así, no hace falta mucho esforzarse en la dirección para que suene bien. Aún así, algunos de sus gestos no son fácilmente inteligibles (pero esta gente lleva mucho tiempo colaborado con él y lo entiende a la perfección). Lo más censurable fue que se cargara casi una hora de música con la inmisericorde tijera: quitó arias, cortó recitativos y eliminó varios da capo. Sin motivo alguno que lo justificara. Quien no ame ni esté acostumbrado a la ópera barroca no se lo tendrá en cuenta; pero sí, aquellos en quienes se den estas dos circunstancias.

La orquesta sonó fastuosamente desde la primera nota hasta la última, gracias en buena medida a la excepcional labor de Hiro Kurosaki, como concertino, y de Emmanuel Resche, como líder de los segundos violines (se da la circunstancias de que los dos colaboran habitualmente con grupos españoles; es más: Kurosaki reside en España desde hace años). Espléndido el bajo continuo, con un descomunal —sobre todo, por el potente sonido desplegado— Arash Noori (¡tiorba y archilaúd!) y unos muy efectivos David Simpson (violonchelo), Jonathan Cable (contrabajo) y Benoît Hartoin (clave). Sublime el fagotista Claude Wassmer en el acompañamiento de Lindsey en Scherza infida y fulgurante Gilles Rapin tanto con la trompeta como con la trompa.

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