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CRÍTICA / Javier Perianes: la madurez al alcance de la mano


Orense. Teatro Principal. 13-XII-2018. Javier Perianes, piano. Obras de Chopin, Debussy y Falla

Luis Suñén

En septiembre de este año que termina, Javier Perianes cumplía los cuarenta. Parece mentira para los que lo hemos visto tocar desde los inicios de su carrera. Pero he aquí que, a la altura de esa cuarentena, Javier Perianes es un pianista extraordinario, con la madurez tan al alcance de la mano como para pensar que ojalá ese camino se prolongue por lo que tiene aún de búsqueda, de riesgo, de no conformarse con lo logrado.

Y ello a través de una agenda inteligentemente diseñada que no rehúye esas que aparentemente podríamos llamar plazas menores, que sabe que el mismo respeto merece el público del Teatro Principal de Orense que el del Carnegie Hall neoyorquino. Por eso para quien firma estas líneas tuvo muy especial significado este recital gallego, en tarde desapacible y ante un público que casi colmaba el coqueto teatro de la Rúa da Paz en convocatoria dentro del ciclo Enclave de Cámara.

El programa era exigente, variado y bello, y será el que Perianes habrá de llevar en gira en los próximos meses. En la primera parte negoció espléndidamente los Nocturnos op. 48 nº 1 y 2 y la Sonata nº 3 de Chopin. Es decir, una mezcla enormemente interesante del Chopin más reconocible y del más aventurero, del que sabe muy bien cómo empieza, cómo va a volar y dónde tomará tierra de nuevo y el que, por el contrario, se arriesga con una pieza como la sonata, ni fácil ni popular, que plantea un principio rotundo a partir del cual nada es previsible.

La segunda parte se abrió con lo que hizo de este recital algo inolvidable: seis preludios de Debussy en los que Perianes, que los tiene grabados en disco, mostró su enorme afinidad con esta música, su grado de comprensión de la misma y cómo el convivir con ella le ha llevado a tratarla con tanta libertad como respeto. El ejemplo más evidente estuvo, a mi entender en el lirismo inteligente de La fille aux cheveux de lin y en la ironía, aquí casi jocunda, que necesita y no siempre se da en una Sérénade interrompue antológica. Con Danseuses de Delphes, La cathédrale engloutie y Minstrels el conjunto resultó simplemente sensacional. 

Tras una pausa mínima, cuando aún no habíamos asimilado tanta belleza, el pianista onubense concluyó con una apabullante suite de El amor brujo de Falla. Una espectadora decía al salir: "este chico va a ser como Alicia de Larrocha". La frase revela un sentimiento de satisfacción y saber de qué se habla pero su posible respuesta necesitaría una doble aclaración: Alicia de Larrocha ha sido, es y será Alicia de Larrocha. Y Javier Perianes ya no es un chico. Es uno de los grandes pianistas de su generación que, a partir de la a veces tan estrecha visión de sus compatriotas, está consiguiendo ir más allá de cualquiera de esas comparaciones que, con la mejor intención del mundo, reducen las posibilidades de un artista o de quien sea entre nosotros.

Aquí de lo que se trata es de ser uno mismo y ahí es donde Perianes está consiguiendo entenderse a sí propio. Y respecto a las comparaciones, De Larrocha siempre, claro, es inevitable. Pero en Debussy, por momentos, aparecía aquel Zimerman que paró el tiempo en Madrid la tarde inolvidable del 1 de diciembre de 1990. Hace ya, ay, muchos años.