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CRÍTICA / Ivan Fischer y la Budapest Festival Orchestra, música con mayúsculas


San Sebastián. Auditorio Kursaal. 26- VIII-2018. József Csócsi Lendvai, violín. József Lendvay, violín. Jenő Lisztes, salterio. Budapest Festival Orchestra. Director: Ivan Fischer. Obras de Liszt, Brahms y Sarasate.

27-VIII-2018. Christina Landshamer, soprano. Olivia Vermeulen, mezzosoprano. Xabier Anduaga, tenor. Konstantin Wolff, barítono. Budapest Festival Orchestra. Orfeón Donostiarra. Director: Ivan Fischer. Obras de Mozart y Mahler.

Ana García Urcola

Tras el paso de la Orquesta de Rotterdam con Yannick Nézet-Séguin, empeñado en convertir la interpretación musical en deporte olímpico, como demostró con su vigoréxica versión de la Cuarta sinfonía de Chaikovski, la Quincena ha recuperado sus constantes musicales gracias a la Budapest Festival Orchestra bajo la batuta de Ivan Fischer. El conjunto húngaro y su director nos deleitaron en dos estupendas veladas mediante su gozo compartido por hacer música y hacerla, además, de manera extraordinaria.

La primera parte de su primera actuación estuvo consagrada a obras de Liszt, Brahms y Sarasate inspiradas por la música popular zíngara. Con un enfoque muy didáctico y acompañando cada intervención de pertinentes explicaciones, Fischer integró a músicos populares en su conjunto e invitó como solista de los Aires gitanos de Sarasate a József Lendvay, prodigioso violinista de formación académica pero de origen y tradición musical zíngara. El entusiasmo de todos los músicos se reflejó en unas interpretaciones llenas de vitalidad y gusto por lo bien hecho que anunciaban los disfrutes por venir. Las vísperas solemnes del confesor de Mozart fue la obra elegida para comenzar el concierto del día siguiente, prestación muy esperada por la participación del Orfeón Donostiarra.

Cuidadísima la dirección de Fischer muy bien seguido por la orquesta, correcto el coro y unos solistas (Christina Landshamer, Olivia Vermeulen, Xabier Anduaga y Konstantin Wolff) que en ese desempeño no pudieron lucirse tanto como demandaba la calidad de sus voces, a excepción de la soprano, claro está, en el bellísimo Laudate Dominum. Pero la verdadera dimensión de la calidad de la Budapest Festival Orchestra y de la sabiduría de Fischer pudo ser realmente apreciada en sendas segundas partes, dedicadas a repertorio sinfónico. Es el maestro húngaro un director heredero de la vieja escuela en el mejor sentido de la palabra. No necesita grandes gestos ni para hacerse entender por sus músicos ni para provocar comentarios y atención mediática, porque evidentemente su conocimiento y su amor por lo que hace le bastan para imponerse y transmitir lo que quiere.

Así, el público asistió a unas versiones memorables de la Primera sinfonía de Brahms y de la Cuarta de Mahler en las que Fischer condujo magistralmente las tensiones internas de ambas obras. Si en Brahms movió a la masa orquestal de frase en frase con una mezcla soberbia de rigor y ductilidad mediante un uso extraordinario del rubato, en Mahler destacó por su capacidad para manejar cada componente de esa complejísima arquitectura, para yuxtaponer elementos sin perder la claridad y para obligarnos a mirar con él a esos abismos que crea el compositor. Fischer es de esos grandes intérpretes que hacen entender que el silencio es parte constitutiva y necesaria de la música y nos hacen degustarlos, como consiguen que degustemos también todos y cada uno de los sonidos.

El hecho de que fuera este director quien fundara la orquesta contribuye sin duda ninguna a esa relación de complicidad tan especial que pudimos apreciar, lo que no resta ningún mérito a la actuación de los músicos, que demostraron un nivel realmente excepcional. La nobleza y redondez del sonido de esta orquesta proviene de la calidad de cada sección y del equilibrio que logra Fischer. La soberbia sección de viento madera liderada por unos solistas de campanillas destacó junto al solista de trompa en Brahms. Pero haciendo honor a la verdad, Mahler dio oportunidad para lucirse a unos y otros, porque casi cada cual tiene su solo en esa maravillosa y dificilísima sinfonía. Y nadie defraudó, muy al contrario fue un auténtico deleite escuchar cómo cada cual bordaba su parte o empastaba con los demás. Preciosa también la intervención de Christina Landshamer en el último movimiento. 

En definitiva, se trató de dos conciertos en los que Fischer y la Budapest Festival Orchestra convirtieron su amor por hacer música en verdadero placer del público al escucharla.