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CRÍTICA / Italia y Francia: tan cerca, tan lejos


Madrid. Iglesia de las Mercedarias de Góngora. 1-IX-2018. Guillermo Turina, violonchelo. Eva del Campo, clave. Obras de Vivaldi, Jacquet de la Guerre, Boismortier, Gabrielli, Geminiani y Barrière.

Eduardo Torrico

Medio siglo antes de que estallara en París la Querelle des Bouffons (controversia que enfrentó a los defensores de la música gala, agrupados en torno Jean-Philippe Rameau, con los partidarios de italianizar la ópera francesa, reunidos alrededor del filósofo y músico Jean-Jacques Rousseau), el magistrado y musicólogo Jean-Laurent Le Cerf de la Viéville había escrito una obra (Comparaison de la musique italienne et de la musique française, où, en examinant en détail les avantages des spectacles et le mérite des deux nations, on montre quelles sont les vraies beautés de la musique), no menos polémica que la Querelle, en la cual establecía una comparación entre la música italiana y la música francesa, poniendo de relieve las ventajas y los defectos de estos dos estilos, antagónicos e irreconciliables hasta que empezaron a soplar los aires clasicistas y surgió un nuevo estilo globalizante en el que apenas ya eran perceptibles diferencias en la música de las naciones de la Europa occidental.

El violonchelista Guillermo Turina y la clavecinista Eva del Campo, en el concierto inaugural de la nueva temporada de El canto de Polifemo, que con tanto entusiasmo como acierto dirige Paco Quirce en la madrileña iglesia de las Mercedarias de Góngora, han querido reflejar esa inicial disparidad y aquella uniformidad final que se dio a un lado y otro de los Alpes (es curioso que a los italianos los conozcamos como "transalpinos" y que ellos, en cambio, no utilicen el mismo adjetivo para referirse a los franceses, que también son transalpinos según desde dónde se les mire).

Para ello, han escogido, bajo el título de "Les Goût Réunis" ("Los gustos reunidos", acudiendo a la famosa obra en la que François Couperin, agasajando a Luis XIV, ponía también sobre el tapete las diferencias entre la música francesa y la italiana), sendas sonatas de Antonio Vivaldi, Joseph Bodin de Boismortier, Francesco Geminiani y Jean-Baptiste Barrière, además de una suite para clave de Élisabeth Jacquet de La Guerra y un ricercar a violoncello solo de Domenico Grabielli (sus ricercari fueron precisamente la primera obra en la que el violonchelo asumió el protagonismo absoluto de instrumento solista). Vivaldi y Boismortier vienen a compulsar lo diferente; Geminiani y Barrière, a certificar los efectos de la globalización.

Turina es un intérprete de exquisitos modales, que parece evitar deliberadamente cualquier tentación de caer en la estridencia. De su violonchelo todo lo que sale es afable y mesurado. Y sorprende, claro que sorprende, en un periodo como el que nos ha tocado vivir, en el cual la tendencia generalizada es buscar en todo momento contrastes dinámicos, cuanto más bruscos mejores. No digo que sea ni mejor ni peor, pero resalto que es una excepción; y que haya excepciones es siempre bueno. Las notas de su violonchelo fluyen suaves, armoniosas, sin el más mínimo atisbo de crispación. No era un programa fácil, ni mucho menos, pero lo solventó con autoridad, siempre con el solícito y esmerado acompañamiento de Del Campo, que tuvo ocasión de lucirse en la una de las suites del Primer libro de esa luminaria —incomprensiblemente preterida todavía en nuestros días— que es Jacquet de la Guerre.

Magnífico comienzo para un ciclo que augura emociones fuertes. Eso sí, esperemos que las próximas, a partir ya de finales de octubre, transcurran con algo menos de calor atmosférico. ¿Quién dijo que las iglesias conservan todo el año la misma temperatura?