Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Interpretación como acto de creación

CRÍTICA / Interpretación como acto de creación


Córdoba. Teatro Góngora. 06-VII-2017. XXXVII Festival de la Guitarra de Córdoba (FGCO). Ricardo Gallén, guitarra. Obras de Bach, Brouwer, Chaviano y Ponce.

José Antonio Cantón

La actuación del linarense Ricardo Gallén en el FGCO ha significado todo un acontecimiento de excelencia musical al convertirse su interpretación en un verdadero acto de composición, hecho que solo sucede en contadas ocasiones. La personalidad artística de este guitarrista se sitúa en el vértice en el que convergen dos de los vectores esenciales del arte del sonido organizado: la invención y su recreación. El contenido del programa elegido le llevó a superar con creces tal pretensión. Inició la actuación con la obra de Flores Chaviano Sonata, Evocación y Boceto, una de las composiciones más atractivas del maestro cubano, que desde hace varios lustros está afincado en España. El sentido dado al aire de guajira de la primera pieza dejó muy claro cómo el intérprete asumió la métrica como elemento sustancial del discurso musical, uno de los puntos más complicados de alcanzar en la interpretación a la guitarra. Con el tango que contiene la evocativa segunda pieza, literalmente, sedujo y se mostró expansivo en la multiplicidad de ritmos y rica percusión de Boceto, excelente oportunidad para disfrutar de su prodigiosa y variada técnica.

Fue una transcripción de la Sonata para violín BWV 1003 de Johann Sebastian Bach la que interpretó seguidamente, con un estilo muy atento a la estructura de la obra, asumiendo un muy definido y decidido papel de creador. Así, dio una gravedad expresiva al preludio inicial, secundado por una fuga perfectamente articulada, y acentuó con un sereno lirismo el Andante previo al Allegro final, en el que imitó el brillante legato del violín con asombrosa expresividad.

Del compositor mejicano Manuel María Ponce tocó su conocida y admirada Sonatina meridional, todo un ejemplo de sugestiva música descriptiva en la que su autor sigue unos patrones análogos a los que se pueden encontrar en la suite Iberia de Albéniz, de manera especial en la titulada Campo, la primera de sus tres piezas. Un pausado y medido ritmo dio sentido emocional a la cadenciosa Copla antes de ofrecer toda una exhibición de virtuosismo en la Fiesta final, transmitiendo al público la inmensa alegría de su contenido desde sus intensos rasgueos iniciales.

El momento culminante del recital vino propiciado por la serie completa de las Danzas rituales y Festivas de Leo Brouwer, sin duda el más grande compositor para guitarra vivo, y uno de los absolutos referentes de la historia de este instrumento. Gallén afrontó la primera, Danza de los altos cerros, desde el singular estilo impresionista que pide el autor, aprovechando los sutiles y variados recursos tímbricos de la guitarra. Trascendió el contenido popular del baile folclórico, llevando su expresión a un nivel culto de enorme fantasía musical como el que alcanza Ravel en su inefable La Valse. Después de transitar por distintos paisajes sonoros llegó la interpretación del Tango Matrero en el que el guitarrista dejó claro por qué es uno de los grandes intérpretes de la música de Brouwer, sabiendo conjugar su lenguaje con una maestría sin parangón. Este hecho fue confirmado por el propio compositor que estaba en la sala cuando al sonar el último acorde se le pudo escuchar, "este hombre es un genio". Ambos se fundieron en un abrazo que rubricaba la singularidad de este recital, que pasará a la historia del festival como una velada inolvidable de música con mayúsculas.

Ante el cerrado e interminable aplauso del muy entendido público cordobés, el concertista ofreció una exquisita versión de Mañana de carnaval del compositor brasileño Luiz Bonfá, escrita por el tañedor húngaro de ascendencia romaní Ferenc Snétberger, que sirvió para dulcificar las intensas emociones que durante más de hora y media, sin mediar descanso, transmitió este prodigio de la guitarra. Ricardo Gallén, sin afectación alguna, tocó siempre para sí mismo antes que para el oyente, imponiéndose así una muy alta exigencia en su búsqueda de una auténtica creación. Su elección como el profesor más joven del claustro de la Hochschule für Musik Fran Liszt Weimar, una de las instituciones de la cultura y formación musicales más importantes del mundo, avala la singular autoridad y exclusiva aristocracia estética de su tañer.