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CRÍTICA / Intermitencias de genio


San Lorenzo de El Escorial. Teatro Auditorio. 20-VII-2017. Mozart, Las bodas de Fígaro. Lucas Meachem, Carmela Remigio, Katerina Tretyakova, Simón Orfila, Clara Mouriz, Marina Rodríguez Cusí, Valeriano Lanchas, Juan Antonio Sanabria, Gerardo López, Fernando Latorre, Belén Roig. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Directora musical: Yi Chen Lin. Director de escena: Giorgio Ferrara

Arturo Reverter

Esta obra de Mozart es una de las óperas más perfectas de la historia; por su equilibrio y simetría; por la calidad de sus melodías; por lo refinado y variado de sus armonías; por el colorido; por el tratamiento de las psicologías; por lo logrado de su atmósfera; por lo profundo de su descripción costumbrista y por lo sugerente de su no siempre velado erotismo. Un cuadro de una vitalidad, de una frescura y de un relieve sólo posible gracias a una pluma como la de su genial autor. Hacen falta muchas cosas, y todas de gran nivel, para dar una imagen veraz, auténtica, dramática y musical adecuada a la importancia de unos pentagramas semejantes.

Hubo cosas de valor indudable en este acercamiento escurialense, que viajará en unas semanas a la Quincena Donostiarra. No precisamente las derivadas de la puesta en escena, que nos pareció valetudinaria, tópica y poco estimulante. Se desarrolla en el mismo espacio escénico, mínimamente modificado a cada acto, con cortinas de otra época enmarcando el escenario, con una acción realista pero dejando a la imaginación del espectador muchos de los gestos escénicos. No hay guitarra con la que Susanna acompaña al paje Voi che sapete, no hay ventana por la que se arroja Cherubino, no hay puerta del vestidor, no hay vegetación en el jardín nocturno del cuarto acto, en el que se sucedieron graves defectos narrativos —por ejemplo, el intercambio de vestimenta entre la Condesa y Susanna— que no facilitaban precisamente la comprensión de una intriga a veces liosa.

El fandango del tercer acto está muy mal resuelto con cuatro bailarines que resultan postizos y los figurines, tan recargados como subidos de tono, son francamente feos e inadecuados. Responden sin duda a la desbocada fantasía de sus creadores, pero no funcionan. Los trajes del campesinado y de los moradores de Aguasclaras —de un morado estridente— son adefesios auténticos. Y los que viste el Conde son de un barroquismo casi insolente. Cherubino, no sabemos la razón, va ataviado con un gorro cónico y unos trajes chillones, con lentejuelas, propios de un payasete. 

Todo fue mucho mejor en lo musical, aunque no al nivel de excelencia. Buena labor desde el foso —con una orquesta de unos cuarenta músicos— de la joven directora taiwanesa Yi Chen Lin, que hiciera un excelente trabajo en el Teatro de la Zarzuela dos temporadas atrás con la Carmen de Bizet en español. Su dirección no fue especialmente imaginativa ni sugerente desde un punto de vista del color, pero, apoyándose en una muy profesional orquesta, un punto desabrida en ocasiones —en la propia obertura—, supo mantener unos tempi muy adecuados, acompañar con pulcritud, muy atenta a las respiraciones, y obtener algunos momentos de magnífica conjunción, así el nada fácil finale del segundo acto. No tapó a las voces y jugó con ellas. Y supo otorgar continuidad a los valiosos y explicativos recitativos, acentuados con ingenio.

El reparto, sin ser de campanillas, tuvo una meritoria altura. Hay que destacar a la pareja de criados. Tretyakova es una lírico-ligera de ricos armónicos, sensual colorido y acentos frescos y convincentes. Bordó, con filados de primera clase y reguladores magníficos, su siciliana, Vieni, non tardar, del último acto, tan mal resuelta por la dirección de escena. Y mantuvo la esperada movilidad y simpatía que demanda su parte. A Orfila lo hemos visto mejor que otras veces, con la voz de bajo-barítono —ya sabemos que no especialmente seductora— más asentada e igual, con el buen caudal que lo caracteriza y, en esta oportunidad, con acentos y contrastes dinámicos estupendos. Bien en sus dos arias, sobre todo la del cuarto acto, Aprite un poco gli occhi, donde acertó a mantener un fiato justo para hacer sin respirar las largas frases.

El Conde de Meachem rebosó —desde su metro noventa— autoridad y señorío. El barítono norteamericano posee una voz lírica bien provista, de buen volumen, y un arte de canto bien medido, pero emite el sonido de manera intermitente, por oleadas. A veces musita y casi no se le oye. Otras lanza un bufido inesperado. Pero el material es muy apreciable y la técnica muy cuidada. Introdujo unas nada convincentes variaciones en la repetición del allegro de su Hai gia vinta la causa. Carmela Remigio, una lírica de pequeño estuche y muy claro timbre, no tiene estatura, ni vocal ni física, para la Condesa. Acusa un vibrato poco atractivo y un fiato muy corto. Hizo alguna que otra frase con buen gusto y cantó muy bien, junto a Tretyakova, Canzonetta sull’aria.

No muy timbrada pero musical y entonada Clara Mouriz, que hizo, pese a la vestimenta, un Cherubino cálido y creíble, con buenas recreaciones de sus dos arias. Rodríguez Cusí concedió tanta mala uva como melifluidad a su Marcellina, aunque a su voz le falta un poco de peso para el papel. Muy atinado, y atildado, quizá en exceso relamido —pero eso es cosa de la regìa—, Sanabria como Basilio. Rotundo, algo confuso en su trabalenguas de su aria, Lanchas, bien Latorre como jardinero, suficiente Roig como Barbarina y gracioso como notario López, a quien, como es costumbre, hicieron tartamudear. No se cantaron, siguiendo una antigua tradición, las arias de Marcellina y Basilio del cuarto acto. Buen éxito final.