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CRÍTICA: Inspirado pianista


Alicante. Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA). 13-II-2017. Camerata Salzburg. Rafal Blechacz piano. Concertino y director: Gregory Ahss. Obras de Franz Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y Antonin Dvorák.

José Antonio Cantón

Desde su fundación en 1952, la Camerata de Salzburgo ha sido una de las formaciones orquestales de su clase más distinguidas en Europa. Depositaria de la mejor tradición estilística clásica, especialmente en su larga etapa con el violinista Sándor Végh como director titular, se presentaba en el ADDA con un programa en el que destacaba el Concierto para piano y orquesta nº 9, K.271 "Jeunehomme" de Mozart, todo un ejemplo de auténtica concertación, entendida ésta como la competencia de dos principios musicales y sonoros en plano de igualdad. Para su interpretación se contó con la actuación de uno de los pianistas de mayor proyección artística a nivel internacional como es el polaco Rafal Blechacz, ganador del famoso Concurso Internacional de Piano Federico Chopin de Varsovia, cuyo gran premio y totalidad de galardones adicionales obtuvo en su edición del año 2005.

Su versión fue fiel a la intención que Mozart dio a esta obra, en la que se situó más allá del estilo galante pulsando el instrumento con claridad de articulación, equilibrado balance dinámico y contrastada expresión, ante una orquesta que hacía fluir su discurso con una coherente conjunción en las cinco voces de su cuerda, seduciendo constantemente al pianista y así crear un diálogo que tuvo su máxima intensidad emocional en el Andantino central de modo especial en la cadencia, donde Blechacz se encontró más inspirado. Ante unos aplausos que reconocían su valía, interpretó el Scherzo de la Segunda sonata para piano, Op.2/2 de Beethoven con gran elegancia.

El concierto se inició con la Sinfonía nº 52 en Do menor, Hob. 1:52 de Haydn, que la orquesta tradujo desde la solvente dirección de su concertino, el violinista israelí Gregory Ahss. Éste transmitió mayor tensión en la Serenata para cuerda en mi mayor, Op.22 de Antonin Dvorák, con la que el compositor demostró su un gran dominio de la melodía. Supo destacar la gracia del primer movimiento, la melancolía del vals que le sigue así como la cantinela del tercer tiempo. Tanto en el larghetto como en el final la interpretación fue ganando enteros, apareciendo una gran flexibilidad en la orquesta, destacando las violas con su particular carácter tímbrico, que volvió a manifestarse con singular belleza en el bis con el que concluyó la velada, el vals de la Serenata para cuerdas en Do mayor, Op. 48 de Tchaikovsky, página de atrayente canto en su preciso tratamiento instrumental.