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CRÍTICA / Impecable dirección


Granada. Auditorio Manuel de Falla. 23-II-2018. Eduardo Fernández, piano. Orquesta Ciudad de Granada (OCG). Director: Antoni Ros-Marbá. Obras de Rachmaninov y Sibelius.

José Antonio Cantón

Una de las citas estelares de la presente temporada de conciertos de la OCG ha sido la protagonizada por el maestro Antoni Ros-Marbá, que después de algún tiempo volvía a Granada para recordar la época de los primeros años de la formación granadina en los que su maestría contribuyó, implementando a Josep Pons, segundo titular de la orquesta, a la solidificación de su estructura clásica, que la llevó a convertirse en una de las que mejor traducía el rico repertorio sinfónico de la Primera Escuela de Viena en el panorama orquestal español, cualidad que sigue manteniendo después de más de cinco lustros.

Tres circunstancias daban carácter singular al concierto; la primera, que la orquesta quiso hacer al maestro la un sentido homenaje, la segunda, que dirigía por vez primera en su carrera la Tercera sinfonía de Jean Sibelius y, la tercera, la actuación de Eduardo Fernández, último intérprete ganador del Premio "El Ojo Crítico" de Radio Nacional de Música Clásica-2016, afrontando una de las obras más complejas y difíciles del repertorio concertante de todos los tiempos como es el Tercer concierto para piano y orquesta Sergei Rachmaninov. 

Nada mejor que para reflejar el estado emocional de Antoni Ros-Marbá que interpretar el conocido Vals triste del mencionado compositor finés que, ante la delicada a la vez que dramática interpretación de la orquesta, no pudo por menos que llevar al maestro a recuerdos muy personales, dado el reciente fallecimiento de su esposa, que podían verse reflejados en las sutilezas de sus gestos indicando el más mínimo detalle del patetismo que Sibelius quiso transmitir en esta pieza que, junto a su famoso cuadro sinfónico Finlandia, naturalmente aceptado como segundo himno nacional del hermoso país escandinavo, identifican escasamente la grandeza creativa de este gran compositor, que comparte rango con los más grandes sinfonistas de la historia. 

Después le siguió una rampante interpretación del mencionado concierto para piano en el que se ha apreciado una muy temprana aproximación por parte de Eduardo Fernández a la envergadura de esta obra, de la que sólo pudo salir, más irregularmente que de otro modo, con la inestimable ayuda de Ros-Marbá, en su constante y modulado control del complejo diálogo entre solista y orquesta. El sentido conceptual y solución técnica con los que afrontó la terrorífica cadencia del primer movimiento, especialmente por la exagerada como innecesaria cinesis de pedal, fue un claro exponente de que este intérprete no tiene la aptitud pertinente para afrontar la interpretación de esta obra casi inaccesible para la gran mayoría de los pianistas, lo que da que pensar sobre el asesoramiento académico que ha podido recibir a este respecto. Un relajante bis como fue una de las conocidas transcripciones que para teclado existen de "La muerte de Orfeo" de la ópera Orfeo y Euridice de Christoph Willibald Gluck -son conocidas la de Giovanni Sgambati y la escrita por Alexander Siloti, a las que se ha unido recientemente una preciosa de la pianista pequinesa Yuja Wang-, sirvió para amortiguar la enorme tensión a la que se había visto sometido a lo largo de más de cuarenta y cinco minutos.

El momento culminante del concierto se produjo con la Tercera sinfonía de Sibelius que, pese a ser la premiere en su interpretación por parte de Ros-Marbá, surgía de su batuta con tanta determinación formal y sentido estilístico como la que irradian algunos grandes colegas escandinavos como Esa-Pekka Salonen,  Paavo Berglund y la siempre emocionante Susanna Mälkki, que se adentran con tal grado de fidelidad en la voz del compositor que convierten sus interpretaciones en verdaderas referencias. Ros-Marbá, en un arrebato de mantenida emoción ha logrado que la orquesta se transfigure en su sonido, dando la sensación al oyente de ser un instrumento más amplio en su cuerda dentro de la dimensión de una plantilla orquestal mozartiana, carácter éste que hace de esta sinfonía una obra maestra, por evolucionado, de reconvertido clasicismo. De certera y expresiva recreación hay que calificar la actuación de la sección de viento-madera en el Andantino central, pudiéndose percibir cómo sus distintos componentes reflejaban y superponían entre sí las inspiradas variaciones que lo integran con cristalinos efectos sonoros.

Desde una vitalidad envidiable (Hospitalet de Llobregat, 1937), Antoni Ros-Marbá desentrañó el tiempo Finale, diferenciando sus dos secciones temáticas, haciendo que la segunda progresara con tal dinamismo en su obstinado melodismo rítmico que desembocó en uno de los momentos más felices y hermosos que yo le haya podido escuchar a la sección de metales de la OCG, provocando el deseo en el oyente que siguiera su intervención ante la inesperada, por abrupta, terminación de este movimiento.

Una vez más se ha podido constatar cómo la Orquesta Ciudad de Granada se transforma sacando lo mejor de su saber y entender cuando está ante un músico con la madurez y claridad de ideas como las que ostenta Antoni Ros-Marbá, indiscutible figura de la dirección musical en España durante los últimos sesenta años. 

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