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CRÍTICA / Heteróclita excelencia


Granada. Auditorio del Centro Cultural Manuel de Falla. 26-V-2018. Ivo Pogorelich, piano. Obras de Beethoven, Chopin, Clementi, Haydn, Liszt y Ravel.

José Antonio Cantón

Foto: José Antonio Albornoz

Si entendemos el arte de la música como la actividad con la que el hombre interpreta lo real o plasma lo imaginado con recursos sonoros, el serbio Ivo Pogorelich alcanza en sus versiones una importancia equivalente a la del compositor, partiendo de postulados más propios de la fenomenología del arte, que de aspectos técnicos, académicos o criterios sujetos al gusto tradicional.  Lo hace desde su extraña, inmensa y hasta abrumadora capacidad recreativa, que muestra a un pianista de raras convicciones estéticas. Desde una absoluta fidelidad a sí mismo, se sitúa en el más alto grado de la excelencia. 

Desde un primer instante, esta impronta se percibió en el sonido con el que afrontó la interpretación de la Sonatina nº 4 en Fa mayor op. 36 de Muzio Clementi. Retrotrajo (dentro de lo posible) la sonoridad del instrumento como si quisiera imitar la del piano-forte, y otorgó a la simplicidad de su contenido musical una categoría expresiva impensable en la mente de aquel mechanicus del teclado, como llegó a calificarlo su coetáneo Mozart. Para alcanzar esta pretensión, fue manifiesta la economía que mantuvo en la utilización del pedal, dispositivo que fue incorporando cada vez más a su actuación conforme iba adentrándose en nuevos campos estilísticos, hasta llegar a una absoluta sublimación en La Valse de Maurice Ravel, obra con la que cerró el recital.

En la Sonata en Re mayor Hob. XVI:37 de Joseph Haydn, Pogorelich transmitió una nueva sonoridad, más cercana a la de un clavecín enriquecido que a un piano propiamente dicho. Logró un alto grado de emoción en su interpretación del Presto final, al que dotó de gran vitalidad, sin dejar por ello de ser fiel a la austera expresividad de este autor; quien nunca fue un compositor para piano como lo fuera Beethoven, y no disponía de los recursos para diferenciar hasta tres modos de utilización del pedal (de resonancia, sordina y a una cuerda), como hiciera el maestro de Bonn. Previamente, ya había destacado su inquietante interpretación del Largo e sostenuto central, en el que demostró todo un prodigio de intelectiva pasión, y que sirvió de pequeño anticipo a la obra subsiguiente prevista en el programa.

Esta, la "Appassionatta" de Beethoven, era sin duda la más esperada por el público, y donde se ponía el foco de atención para valorar el arte de este pianista singular. Pogorelich empezó a jugar con la percepción armónica del oyente destacando la nota sensible de su tonalidad para justificar en todo momento la coherencia de pensamiento musical que encierra. Así, el pianista dejó de ser un mero cooperador necesario en el tránsito musical de la partitura al sonido, para convertirse en un verdadero "exégeta", desvelando y enriqueciendo la enorme belleza de esta sonata. Este planteamiento tuvo su momento culminante en el Presto final, coda que el pianista tradujo al límite de la transgresión, desplegando todo su potencial técnico con demoníaco frenesí. Este sentimiento iba a ser predominante en la segunda parte de su actuación, con la excepción de la Balada nº 3 en La bemol mayor op. 47 de Frédéric Chopin. Acentuó su inicio como si de un desestructurado ensueño se tratara, para terminar con un acalorado contraste de contracantos que hacía difícil identificar el  convencional discurso arremolinado de su final. 

Su paradójica interpretación, en la que se sucedieron momentos de oscilante encantamiento con otros de arraebatadora tensión, fue superada, si cabe, por los planteamientos que adoptó en los Estudios de ejecución transcendental nº. 5, 8 y 10, S139 de Franz Liszt. Estas tres piezas suponen verdaderos ejemplos del casi insuperable manierismo pianístico del que Liszt fue su máximo exponente, tanto desde el punto de vista programático como técnico. Pogorelich los abordó desde la recreación que se plantean los super-intérpretes como él, en la que materializa una diáfana separación del esquema tonal de las formas en su exposición, acentuando la adopción del tempo elegido, que en su caso siempre tendió a la ralentización rítmica, reescribiendo así la música en sus temas y motivos. De este modo, su interpretación fue una verdadera lección de fenomenología musical, desestructurando cualquier esquema previo que pueda tenerse de estas obras, equiparándose a las versiones de verdaderos maestros en la ejecución de esta colección de estudios como han sido y son Leopold Godowsky, Jorge Bolet, Marc-André Hamelin o más recientemente Daniil Trifonov, pero que, como sucede con el serbio, nunca llegaron a forzar la experiencia armónica que un avezado oyente pueda tener de estas obras.

El momento apoteósico del recital vino propiciado por el poema coreográfico La Valse de Maurice Ravel. El gran cola se transformó en una inmensa orquesta desde la fría precisión del prodigioso mecanismo de este pianista, que siempre tiende a aproximarse a la perfección expresiva, entendida ésta como ese estremecimiento que anima la vida. Con la presencia de Ivo Pogorelich por vez primera en su escenario el Auditorio Manuel de Falla ha aumentado la nómina de los grandes pianistas que han visitado este centro a lo largo de su historia, correspondiendo con su heteróclita excelencia a la enorme expectación generada, en sentido positivo o no tanto, en los profesionales y aficionados a la música para piano que asistieron a este recital.

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