Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Hermosa tragedia sinfónica

CRÍTICA / Hermosa tragedia sinfónica


Granada. Palacio de Carlos V. 02-VII-2917. LXVI Festival Internacional de Música y Danza de Granada. London Symphony Orchestra. Director: Simon Rattle. Obra de Mahler.

Jose Antonio Cantón

Hay conciertos que trascienden los propios límites de la disciplina musical y se sitúan más allá de cualquier tipo de percepción sensorial, al proyectarse y conectar directamente con el alma del ser humano. Es el caso que nos ocupa. Compositor, director y orquesta se han hecho una sola realidad física y espiritual con tal grado de unívoco sentir que parece hasta sobrenatural que pueda darse en una interpretación orquestal. La Sexta sinfonía predispone a que se produzca tal milagro por las connotaciones existenciales que contienen sus pentagramas de evidente naturaleza extra-musical, que reflejan la variada polaridad psicológica del compositor. Como ningún otro, Mahler supo convertir en música las experiencias de su vida entendida esta a modo "nietzschiano", aceptándola como le fue sobrevenida, dándole un irresignado sí a sus aspectos más dolorosos y crueles, para poder rebelarse contra ella como un imposible superhombre ansioso de plena libertad vital.

Rattle con su orquesta ha hecho un análisis cuasi-metafísico de esta sinfonía, desde un mantenido gesto compulsivo, muy coherente hasta en los momentos más líricos y de tenue dinámica, muy acorde con los cambios emocionales de Mahler, que con gran frecuencia pasaba de momentos eufóricos a la más profunda melancolía. Es así como ha entendido el Allegro energico inicial, en el que ha acentuado los cambios tonales como cauce de su exigente alternante expresividad. Para tal intención y mejor resultado ha contado con la ayuda de Gordan Nikolic, uno de los mejores concertinos del mundo, al que ha convertido en una especie de batuta auxiliar que arrastraba a la orquesta más allá del ámbito de la sección de los primeros violines, ayudándose así el maestro de la enorme vitalidad y virtuosismo de este gran violinista serbio como pudo demostrar en los solos que le son encomendados en esta obra.

El Andante moderato ha ocupado el segundo lugar, a diferencia del orden aparecido en la primera versión editada de la sinfonía en la que ocupaba el tercero, detrás del Scherzo, cambio que Mahler adoptó ya en su segunda interpretación de esta obra que tuvo lugar en Múnich en el mes de noviembre de 1906. Rattle se adentró en este movimiento con un supremo sentido lírico contagiando a sus sinfónicos de esa serenidad emocional que quiso en él expresar el compositor, donde el sonido de los orníticos trinos y el gangoso acampanado de los cencerros, bien proyectado evocando la naturaleza, supuso un curioso, inesperado y sorprendente contraste para gran parte del auditorio.

Rattle asumió el carácter lúgubre del Scherzo hasta en su Trio, adoptando una expresividad masiva y ampulosa que realzaba ese carácter de danza de la muerte que se ha querido ver en este movimiento. Supo desgranar con gran maestría su inestabilidad rítmica y descompuestos contrapuntos, sirviéndose de la perfecta ejecución de la sección de percusión, todo un ejemplo de cómo hay que llevar e impulsar la métrica y el ritmo en una orquesta. Como anécdota hay que alabar con qué sentido estilístico el maestro supo expresar los dos guiños que quiso hacer Mahler a su colega y amigo Richard Strauss en el trío central, lo que me lleva a desear escuchar en vivo a Rattle dirigiendo cualquiera de los grandes poemas sinfónicos del gran músico bávaro.

Sobreponiéndose a la complicada acústica carolina, atacó (attacca) directamente el movimiento final como queriendo sumergirse de inmediato en el carácter cuasi-apocalíptico de este moderado y enérgico Allegro, provocando una sobrecogedora entrada de la sección de metal que se expresaba con un sonido marcadamente hostil. Este aspecto se confirmó en la majestuosidad del coral subsiguiente, que lleva a pensar cómo dominaba Mahler esta sección instrumental, solamente equiparable con la singular magnificencia que como insuperable orquestador tenía Richard Strauss, otro prodigio del sinfonismo romántico tardío. Dos espectaculares golpes de martillo dieron entrada al amplio discurso conclusivo de la sinfonía en el que Rattle llegó a un estado de absoluto delirio emocional, siempre implementado por un dominio técnico que lo ha llevado a ser una de las grandes batutas de los últimos cinco lustros, en el que cinesis y el sónico arte de las musas se convierten en una sola realidad estética sobrepasando cualquier expectativa imaginable.

Noche grande del Festival, que evocaba las jornadas gloriosas de su historia en las que llegó a ser considerado seriamente como uno de los artísticamente más sólidos de Europa, realidad que llevaba a los aficionados a peregrinar a sus escenarios, que siguen manteniéndose incomparables.