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CRÍTICA / Gran maestro, limitado instrumento


Granada. Palacio de Carlos V. 23-VI-2013. LXVI Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Orquesta y Coro del Teatro de San Carlos de Nápoles. Julianna Di Giacomo (soprano), Lilly Jorstad (mezzosoprano), Robert Dean Smith (tenor) y Wilhelm Schwinghammer (bajo). Director: Zubin Mehta. Obras de Beethoven.

José Antonio Cantón

El concierto inaugural de la sexagésima sexta edición del Festival de Granada ha contado con una de las figuras de la dirección musical más relevantes habidas en los últimos sesenta años: el maestro indio Zubin Mehta. El anuncio de su actuación generó una extraordinaria expectación entre los aficionados, simplementada por la trascendencia de la Novena sinfonía de Beethoven, obra singularísima de la historia del arte y referente absoluto del pensamiento musical moderno.

Para mí significó una experiencia irrepetible, y de inolvidable recuerdo, contemplar por vez primera a Zubin Mehta en este festival el 28 de junio de 1968, haciendo una magistral recreación de la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninov, concertando con nuestro gran pianista vasco Joaquín Achúcarro. En esa interpretación fui impactado por su elocuente personalidad artística favorecida por una arrebatadora capacidad de transmisión.Tenía treinta y dos años. En esta ocasión, el incontenible brío de entonces se ha concentrado en una serena y admirable autoritas, cualidad que le ha llevado a convertirse en la única atracción de este concierto, con el permiso de Beethoven.

Mehta ofreció todo un análisis cinético de cómo hay que construir esta, también llamada, Sinfonía "Coral". Dibujó con su batuta en el espacio todos los detalles de su discurso, hecho que quedó menoscabado por el resultado sonoro que, desde el primer momento de su ejecución, ofreció el instrumento orquestal, lógicamente más habituado a su función en el foso que a las exigencias, en este caso máximas, de un concierto sinfónico de tan gran envergadura estética. La finura y empaste que requieren la indecisión e incertidumbre contenidas en los primeros compases, quedaron de inmediato diluidas, contradictoriamente, ante las certeras indicaciones del director, hecho que produce cierto malestar en un atento oyente, que espera siempre una elemental concordancia entre la plasticidad del gesto y el resultado sonoro. Se veía pero no se escuchaba. Esta situación se mantuvo durante todo el primer movimiento, sin producirse en momento alguno el menor atisbo de recuperación y enmienda. El trallazo emocional que supone el Scherzo subsiguiente quedó truncado por una percusión desacertada, con unos timbales de hosca sonoridad provocada por el desigual temperamento del medio y bajo, sobre todo este último, con un timbre alla tamborrada. De este modo, un perspicaz melómano quedaba insatisfecho ante uno de los agresivos efectos sustanciales de este movimiento, que le da cierto aire diabólico a su mensaje, antes de su melodioso y a la vez misterioso trío que, a su vez, discurrió de manera anodina.

Zubin Mehta, desde su saber teorético y práctico, siguió en el Adagio plasmando el contenido sentimiento humano que en él quiere expresar Beethoven con alto grado de transfiguración poética. La respuesta sonora de la orquesta a tan destilado estímulo no solo no se producía, sino que se manifestaba de manera deslavazada y carente de la necesaria expresión contemplativa, como si los músicos estuvieran desubicados (de su foso) no llegando a oírse entre sí, cualidad fundamental de todo instrumento orquestal. Las variaciones en las que se estructura este movimiento quedaron mezcladas en un totum revolutum de cansina sensación para el escuchante.

Este podía albergar la esperanza de una milagrosa recuperación de la sinfonía en su movimiento final, pasaje universal de la música que trasciende los propios límites de este arte. El secreto de tal dimensión radica en el impulso vocal que contiene, rasgo que singulariza a la Novena por antonomasia, al desligarla Beethoven completamente del estilo operístico y del oratorio, fundiéndola con la poética de Schiller, que le sirve para estimular la nueva creatividad y sentido sinfónico románticos. La orquesta se esforzó en los momentos de acompañamiento, que es lo suyo, quedando al descubierto sus carencias en otros como en la marcha jenízara, o en el fugado que le sigue, interpretado con unos desajustes que me hacen pensar hasta qué grado los músicos son conscientes de la estructura, contraste y razón del estilo contrapuntístico que contiene. Los solistas cumplieron en conjunto, salvo el bajo, que no llegó en momento alguno a estabilizar, afinar e impostar adecuadamente. Mehta seguía dando una lección de cómo hay que analizar desde la batuta esta obra pero que, por desigual balance, escasa coherencia tímbrica en las distintas familias instrumentales, desequilibrada cohesión rítmica de conjunto y una masa coral propensa a la estridencia, inconveniencias acústicas aparte, no fue más allá de una limitada interpretación, sin alcanzar el nivel medio deseado y esperado en un festival de la historia y categoría del granadino que, con este concierto, se pone a sí mismo la trampa cuando aparezcan en sus escenarios orquestas como las que se anuncian para esta edición. Con todo, gran éxito de público. Bravi. Tutti contenti

Seguimos y seguiremos admirando a Zubin Mehta, que se convirtió en la única estrella de una velada sinfónica que estuvo dedicada a la memoria del musicógrafo y erudito crítico madrileño recientemente desaparecido José Luis Pérez de Arteaga, que tantas veces loó el arte de este gran director de Bombay en sus triunfales actuaciones con los filarmónicos vieneses en el famoso Concierto de Año Nuevo que cada primero de enero tiene lugar en la gran sala dorada del Singverein de Viena.