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CRÍTICA: Generosos regalos de Isabelle Faust


Madrid. Auditorio Nacional. 16-2-2017. Isabelle Faust, violín. Alexander Melnikov, piano. Obras de Szymanowski, Fauré, Françaix y Antheil.

Santiago Martín Bermúdez

Cinco obras poco habituales han sido el gran regalo de Isabelle Faust, acompañada por Alexander Melnikov, en su concierto del Liceo de Cámara del CDNM. Las dos sonatas de Fauré no son una rareza, pero no abundan en nuestras veladas tanto como las de los grandes clásicos. Hay que presentar la una y la otra como en este caso, en el mismo programa, una en cada parte, la primera de un hombre de treinta años, plenamente diatónica, tras la derrota de Sedán y en busca del sonido francés, que no tiene por qué ser folclórico; la segunda es de un hombre en la recta final de su larga vida (aunque aún le queda cuerda), que se ha alineado con los jóvenes menos convencionales (Debussy y Ravel, que ya no eran jóvenes cuando Fauré compuso esta otra sonata), una obra en la que el cromatismo es fundamental.

En el concierto, el contraste de la Primera sonata venía muy marcado porque acabábamos de escucharles una modélica interpretación de Mitos, de Szymanowski, esos movimientos ampliamente cromáticos de vocación pagana (Aretusa, Narciso, Dríadas) que son una obra maestra del camerismo del siglo XX. La Segunda sonata la ofrecían entre el clasicismo de apariencia leve de Françaix, en una obra juvenil (Sonatina) que demuestra ya la sabiduría de este músico cuya estatura es superior a su presencia en libros, conciertos y memorias; y la vanguardista y bastante gamberra Sonata (1923) del americano George Antheil, que tenía entonces veintidós años y epataba a los europeos como era costumbre entonces. Atención, los epataba, no los chantajeaba al modo vanguardista: si esto no te gusta, es que no entiendes nada. No. Antheil y aquella generación iban por otro lado. Querían ser originales, a menudo lo eran; destacar, y lo conseguían; aportar algo nuevo, y eso lo hicieron un día sí y otro no.

Un concierto como éste, con obras nunca oídas (o casi) como las de Antheil y Françaix, y otras oídas más bien poco, ya merece la pena. Pero si el violín lo empuña una de las grandes damas del violín de hoy, como Ia alemana Isabelle Faust, el concierto promete ser un acontecimiento. Y lo fue. La expectación de un público tan minoritario como fervoroso llenó la sala de cámara y aclamó a Faust y a Melnikov. Tuvo éste su momento más espectacular con Antheil, en un solo que era cadencia o carrera de coches, no sé muy bien; y su momento más curioso en la misma obra, cuando acompañó con un tamborín la línea de Isabelle. Y, de propina, un delicioso momento de la Sonata de Schumann. En veladas como ésta se suele destacar tal o cual momento. La verdad es que no me es posible, porque lo que oía me parecía, en ese instante, que era lo más importante: la raveliano-vanguardista Fuente de Aretusa, los hermosos Andantes de los dos Fauré, o la vivacidad de las variaciones de Françaix, por no abrazar por completo la causa de la Sonata de Antheil, descarada, burlona, bromista, un saludable finale, por decirlo así. Bueno, el finale fue Schumann. Una hermosura, en su conjunto. Isabelle Faust desgrana siempre la línea justa, y se siente a gusto en las sonoridades modernas, sin que le asusten las plenitudes tonales de los antiguos. Hay que agradecer estos regalos. Gracias, Alexander Markovich. Gracias, Isabelle. 

Un concierto como este, con obras nunca oídas (o casi) como las de Antheil y Françaix, y otras oídas más bien poco, ya merece la pena. Pero si el violín lo empuña una de las grandes damas del violín de hoy, como la alemana Isabelle Faust, el concierto promete ser un acontecimiento. Y lo fue. La expectación de un público tan minoritario como fervoroso llenó la sala de cámara y aclamó a Faust y a Melnikov. Tuvo este su momento más espectacular con Antheil, en un solo que era cadencia o carrera de coches, no sé muy bien; y su momento más curioso en la misma obra, cuando acompañó con un tamborín la línea de Isabelle. Y, de propina, un delicioso momento de la Sonata de Schumann.

En veladas como esta se suele destacar tal o cual momento. La verdad es que no me es posible, porque lo que oía me parecía, en ese instante, que era lo más importante: la raveliano-vanguardista Fuente de Aretusa, los hermosos Andantes de los dos Fauré, o la vivacidad de las variaciones de Françaix, por no abrazar por completo la causa de la Sonata de Antheil, descarada, burlona, bromista, un saludable finale, por decirlo así. Bueno, el finale fue Schumann. Una hermosura, en su conjunto. Isabelle Faust desgrana siempre la línea justa, y se siente a gusto en las sonoridades modernas, sin que le asusten las plenitudes tonales de los antiguos. Hay que agradecer estos regalos. Gracias, Alexander. Gracias, Isabelle.