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CRÍTICA / Flores y clarines


Madrid. Capilla del Palacio Real. 17-XI-2018. Clarines de batalla. Obras recopiladas por Martín y Coll

Eduardo Torrico

Si hacemos alusión musical al Palacio Real de Madrid, inmediatamente nos viene a la cabeza su colección de Stradivarius (el famoso Cuarteto Palatino y el no tan famoso violonchelo de 1700, único de estos cinco instrumento que se conserva en el estado natural en que salió del taller cremonés, sin bárbaras reformas decimonónicas). Pero el Palacio Real tiene otra joya no tan conocida: el órgano de la capilla. No ha pasado por las peripecias de sus vecinos, pero tampoco se ha librado de ellas. Fue encargado en 1756 al organero Leonardo Fernández Dávila, quien empezó a construirlo de acuerdo con las técnicas española e italiana de la época.

En 1759 ya lo tenía listo, pero… había un problema: la capilla donde tenía que sonar no existía. Más bien, estaba en fase de edificación. El órgano de Fernández Dávila tuvo que ser almacenado hasta 1771. Cuando empezó a montarse, el organero murió, aunque tuvo todavía tiempo para recomendar quién tenía que ser la persona que pusiera punto final a su proyecto: Jorge Bosch. A este reputado organero mallorquín no debió de gustarle lo que había hecho Fernández Dávila, porque decidió rediseñarlo, haciendo un híbrido que no tenía nada que ver con los modelos habituales de la época (se dejó influir por el tratado de Dom Bèdos de Celles, por lo que a las características hispana e italiana unió la francesa), además de añadir numerosos registros que no había previsto Fernández Dávila. En 1778 el órgano estaba terminado y podía por fin sonar. 

Apenas hay testimonios de si se usaba mucho o poco, de si gustaba o no que sonara a los sucesivos inquilinos regios del Palacio (parece que más bien no, pues salvo Felipe V y Fernando VI no han sido los borbones muy amigos de la música en particular ni de la cultura en general). Como suele suceder con un órgano que no se toca, este se va deteriorando progresivamente. El del Palacio Real de Madrid no se libró del deterioro, agravado por la humedad (más alta en esa zona que en otras zonas de la ciudad, debido a la cercanía del Manzanares), por las ratas y por la carcoma que atacó a las maderas nobles con que está construido. En la década de los 90 del pasado siglo se le encomendó una reforma al organero alemán Gerhard Grezing, constructor del órgano sinfónico del Auditorio Nacional. Grezing recolocó y afinó los 3.224 tubos de estaño y plomo, a la vez que saneó las maderas y sustituyó los fuelles. Tras 18.000 horas de trabajo y casi 50 millones de pesetas invertidos, entre piezas y mano de obra, el órgano de la capilla volvió a sonar el 15 de noviembre de 1994, con un concierto a cargo de la mítica (ya entonces lo era; ahora lo es mucho más) Montserrat Torrent. 

En estos últimos 24 años, el órgano de Fernández Dávila y de Bosch no ha sonado mucho. Patrimonio Nacional siempre ha considerado que las cosas de sus palacios y monasterios están para verse, pero no para tocarse (en una doble acepción de la palabra: ejercitar el sentido del tacto y hacer sonar según arte cualquier instrumento). Por fortuna, en los últimos años Patrimonio se ha abierto —relativamente— a la modernidad y eso ha supuesto que tanto los instrumentos de cuerda de su colección como el órgano se utilicen en algún que otro concierto. Gracias a ello, el pasado sábado dio comienzo un ciclo de cuatro conciertos con el órgano como protagonista. El primero estuvo a cargo de Clarines de batalla, grupo integrado por el trompetista Vicente Alcaide, por el percusionista Álvaro Garrido y por el organista Abraham Martínez.

Clarines de batalla ofreció una selección del programa de su reciente —y magnífico— CD dedicado a Antonio Martín y Coll, fraile franciscano catalán (de Reus, para más señas) que no ha pasado a la posteridad por sus dotes de compositor ni de organista, sino por las de recopilador. Martín y Coll reunió en cinco volúmenes cientos de obras para teclado, los cuales se conservan en la Biblioteca Nacional. Por ignorancia, por dejadez o porque no le interesaba que se supiera, el sacerdote no dejó constancia de la autoría de esas piezas, por lo que siempre se ha dicho que la mayor parte de ellas eran anónimas. Sin embargo, en los últimos años, gracias al impulso recuperador del movimiento historicista, se ha podido certificar que varias de ellas pertenecen a Haendel, Corelli, Frescobaldi, Gaultier, Aguilar de Heredia y, por supuesto, Cabezón y Cabanilles. Las elegidas por Clarines de batalla para este concierto pertenecen a dos de esos volúmenes: Flores de música, obras y versos de varios organistas (1706) y Huerto ameno de varias flores de música recogidas de varios organistas (1709). 

El órgano del Palacio Real tiene último problema: su ubicación. Está como arrinconado, lo cual impide que su sonido se expanda en toda su intensidad y en todo su esplendor. Aún así, suena potente gracias a la buena reverberación de la capilla. En esta ocasión, el público fue situado en la parte baja, de espaldas a los tres intérpretes (que, obviamente, estaban juntos) y de cara al altar. Pero así es como se supone que se ha escuchado siempre (salvo el rey y la reina, cuyos sitiales se ubican lateralmente). Esta circunstancia hizo que, por momentos, la trompeta sonara más fuerte que el órgano. Incluso, la percusión, también alguna vez tapó el sonido del órgano. 

Por fortuna, los tres intérpretes salvaron todos los escollos con maestría, para brindar una brillante interpretación de las delicadas y deliciosas "flores" que reunió Martín y Coll. Algunas de las modulaciones de Alcaide dejaron pasmado al auditorio. Estamos ante un trompetista magnífico, lo cual es una excelente noticia si tenemos en cuenta escasez de buenos trompetistas naturales que hay en España.

El dúo órgano-trompeta fue muy habitual a lo largo de dos siglos: desde finales del XVI hasta finales del  XVIII. Y lo fue porque la segunda combina de forma soberbia con varios de los registros del primero (no olvidemos que uno de esos registros es el de clarín, nombre con el que también se conocía antaño a la trompeta natural). El repertorio no es, ni mucho menos, reducido y cabe, asimismo, la posiblidad del arreglo (como sucedió en este programa, pues las obras que lo integraban fueron compuestas para ser tocadas solo al órgano). Sin embargo, hoy en día escasean los conciertos y los registros discográficos para órgano y trompeta, sin que se llegue a entender muy bién el porqué de tal escasez.

Clarines de batalla es un grupo de formación reciente y que viene a cubrir un importante hueco que había en en el actual panorama de la música antigua en España. La decisión de incluir percusión en su orgánico es de lo más plausible, pues supone un notable enriquecimiento tímbrico, sobre todo, si se hace con el buen tino que siempre ha caracterizado a Álvaro Garrido a lo largo de su trayectoria. 

Si Alcaide y Garrido estuvieron a un nivel altísimo en este concierto palaciego, cabe decir lo mismo de Martínez, tanto en las obras colectivas como en sus intervenciones a solo; especialmente, en una magnífica Chacona de más que probable origen francés, algunos de cuyos pasajes evocaban, no obstante, el denso contrapunto del norte de Alemania (en concreto, Buxtehude).

Fue un conciderto de lo más disfrutable, algo que pudo constatarse en el rostro de los asistantes y que quedó aún más patente con los calurosos aplausos finales. Que concurran una música tan magnífica, una interpretación tan solvente, un enclave histórico y un instrumento tan singular como el órgano del Palacio Real es algo que no se da todos los días, así que uno no puede más que sentirse un privilegiado por haber podido ser testigo de ello.