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CRÍTICA / Flórez: como Pedro por su casa


Madrid. Auditorio Nacional. 23.V.2018. Juan Diego Flórez, tenor, Vincenzo Scalera, piano. Obras de Mozart, Gluck, Donizetti, Fauré, Gounod, Massenet y Verdi

Joaquín Martín de Sagarmínaga

Juan Diego Flórez, con la reiteración de las golondrinas en primavera o las muletillas de los políticos, no ha faltado este mayo a su cita anual con la afición al canto y curiosos, organizada por Juventudes Musicales de Madrid, casi siempre en forma de recital para solista y piano, este año en colaboración con Ibermúsica. 

Flórez, en origen de voz muy clara, ligera y puntiaguda arriba, no tenía entonces, ni en el fondo hoy, una paleta muy variada en colorido, pero sí de base pareja y dúctil, sinónimo del trabajo técnico bien encaminado. Como Alfredo Kraus, su modelo más plausible y aplaudible, el tenor peruano se ha ido adentrando en los predios del lírico-ligero de un modo natural, como un saludable andariego de la lírica, y sin forzar los límites propios, pues su práctica es la del noble arte de la esgrima, caracterizado por la ausencia de mandobles inútiles. Por eso hace un lustro como mínimo que ya no extraña el mayor caño del medium, cada vez menos relativo, y hasta una mayor audibilidad del grave, manteniendo los excepcionales agudos y las guirnaldas de coloratura, que es por lo que le pagan. Claro está que también se valora mucho su legato límpido como agua de pila bautismal, ya que todo canto que prescinde del mismo deviene rufianesco. 

La colaboración con Ibermúsica no modifica en nada el espectáculo ofrecido por un tenor valiente, y al tiempo cauto, que ha medido y graduado cada paso de su trayectoria. En ella no hay equivocaciones flagrantes. Otra cosa es que algunos discutan sus Puritanos, que poseen gallardía y méritos de sobra, o su puntual Guillaume Tell, de trazo muy esencial y a la francesa, pero alejado de la entidad vocal y el heroísmo que la asentada tradición, más que la filología, asocia al personaje de Arnold. Un jugoso camino, del que informa con fidelidad su discografía oficial, sin contar la actividad de los piratas de tierra firme, que le graban todo lo que se pone a tiro, hurtando sus gadgets con habilidad trilera a ojos de los acomodadores. Del aludido show suelen formar parte algunas bromas recurrentes, como las referidas a la sequedad del clima madrileño y la necesidad de aerosoles para la voz -en realidad, simple agua- que, para quienes le queremos, acaban teniendo incluso cierta gracia argumental, motivadora de carcajadas no enlatadas. 

El nuevo recital fue análogo a lo aludido. Canto magnífico, paseos kilométricos por el escenario, como si la escena tirara de él, simpatía y entrega hasta el derroche, pláticas humorísticas dirigidas al público, taconazos que remataban los agudos sostenidos y un aviso en serio sobre la fragilidad de la laringe del cantante y las variables del canto. Con el apoyo respiratorio siempre bien dosificado, en La flauta mágica alternó voz plena y mezza voce, ensanchando los confines dinámicos y logrando cierta variedad. En la pizpireta Rita de Donizetti su jovialidad cantarina recordó la vis cómica de una parte sustancial de su repertorio primigenio. La mélodie faureana Après un rêve permeó una nostalgia que tuvo la ligazón del cello en los fraseos pero apenas su rico claroscuro; cuando no se usan refuerzos de gola, lo que es positivo, es más difícil sombrear algunas palabras. En Manon, en fin, mostró cuando fue necesario una fiereza de acentos que dejaron entrever empeños menos ligeros, de anchura mayor.    

Entonces se ausentó unos minutos tras el aviso aludido: estaba débil, no se encontraba bien, pero iba a continuar. El anuncio provocó la reacción de simpatía habitual en tales casos. Viéndose arropado, certificó: "con un público así, se puede". Confesaré que sólo tenía consignada en mis notas una leve mengua de elasticidad con respecto al último recital y algún filado más apagado cuando lo apuró mucho. Lo demás, como siempre. Después aún cantó un Parmi veder le lacrime con la dicción pura de siempre y más melancólica que nunca. Y una novedad de lírico pleno, la cavatina de Ernani, acompañada de una cabaletta de acentuación salvaje, rematada por uno de los grandes agudos de la noche. Se le agradece que chapuce en aguas nuevas. 

Vincenzo Scalera exprimió su gran oficio al piano. Con sencillez, sin recabar protagonismo -Fauré incluso lo exigía más-, se plegó con humor a cada una de las rupturas de tono y jugueteos del recital. A solo, solo tocó un vals de Donizetti que transmitía el encanto de una vieja ejecución de pianola. Con todo, el público al final lo jubiló, pidiendo la guitarra y canciones limeñas. El cantante, cómo no, concedió varias, tras fingir que se hacía de rogar. El público le aplaudía, casi todo en pie. Con Teresa Berganza, presente en la sala, se fundió en un abrazo luminoso.

Mi última imagen es la de una compatriota que le arrojó una rosa antes de que cantara la postrera Granada, de nuevo con Scalera. Enarboló la flor y, mientras desgranaba las estrofas, la hizo girar como si fuera un lazo de rodeo. Para entonces el público deliraba, sin que ningún psicólogo pueda certificar que tales delirios perjudiquen la salud. Los dueños de los gadgets ya ni siquiera disimulaban que lo estaban grabando todo.