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CRÍTICA / Festivo colofón en Canarias


Tenerife. Auditorio Adán Martín. 17-II-2018.- Filarmónica de Múnich. Javier Perianes, piano. Director: Pablo Heras-Casado. Obras de Haydn, Bartók y Dvorák.

Benjamín G. Rosado

Se agotó el papel en la taquilla para el concierto de clausura de la 34ª edición del Festival Internacional de Música de Canarias que dirige desde hace unos meses Jorge Perdigón. El Auditorio de Tenerife Adán Martín congregó a una multitud que no quiso perderse el mano a mano entre Pablo Heras-Casado y Javier Perianes. El programa que ofrecieron el director y el pianista venía precedido de una grabación bartókiana para Harmonia Mundi y de una gira ad hoc por España con los músicos de la Filarmónica de Múnich. El concierto coincidió con la última noche de carnaval, por lo que el ambiente festivo de las calles predispuso el ánimo para una velada mágica. 

Heras-Casado demostró solvencia y buenas maneras en su versión de la Sinfonía nº 50 de Haydn, llena de matices y pendiente en todo momento de la variedad tímbrica que exige esta original orquestación para dos oboes, fagot, dos trompas, dos trompeas, timbal y cuerdas. A pesar de que Haydn parece rendirse en esta sinfonía a los gustos conservadores de la Emperatriz María Teresa, el director granadino consiguió sacar petróleo de la bien engrasada maquinaria de la orquesta y hacer cantar a los filarmónicos por las páginas del Allegro di molto. Tampoco escatimó en efectos dramatúrgicos para la danza cortesana del Menuetto e Trio. Tras el efusivo Presto, que cierra la partitura, el público agasajó con aplausos a la sección de cuerdas (sobre todo al violonchelo) por su intervención en el Andante moderato.

Perianes sorprendió con lo que ya es habitual en él, ese perfecto equilibrio entre sentido estilístico y sensibilidad interpretativa que le permitió adentrarse en los pasajes más arrebatados del opus ultimum de Bartók. Ni la desilusión que le causó su exilio a los Estados Unidos ni su mala salud impidieron al compositor húngaro dedicar su último aliento al Concierto nº 3. Inacabado a falta de diecisiete compases, sirvió para asegurar el futuro de su mujer. Hubo miradas de complicidad entre el director y el solista, que no claudicó a las exigencias rítmicas de la partitura y sobrevivió al torrente orquestal. Tras los bravos, ofreció como propina una conmovedora lectura de la Mazurka op. 17 nº 4 de Chopin. 

Fiel a su estilo, Heras-Casado dirigió sin batuta una vigorosa y enérgica Séptima de Dvorák, que sirvió para el lucimiento de los metales muniqueses, que supieron recrear los ambientes sonoros próximos a Brahms y Wagner que tanto influyeron al compositor bohemio. La música fluyó con naturalidad, aunque la acústica de la sala a veces desmereciera el resultado. El director abordó el impetuoso Scherzo-Vivace con bravura, pero sin perder el sentido de las proporciones. Para Dvorák, el cuarto movimiento había de reflejar la capacidad del pueblo checo para resistir a la opresión. Tras el tenso tema inicial del clarinete y las trompas, la orquesta estalló en un sobrecogedor fortissimo que puso el broche de oro al festival y a la gira. 

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