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CRÍTICA / Festival de Granada: una orquesta para el siglo XXI


Granada. Palacio de Carlos V. 22-VI-2018. LXVII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Les Siècles. Director: Pablo Heras-Casado. Obras de Debussy.

José Antonio Cantón

La visita por vez primera a España de la atractiva orquesta francesa Les Siècles ha servido para inaugurar la sexagésima séptima edición del Festival de Granada, actuando bajo la dirección musical del granadino Pablo Heras-Casado y con la interpretación de un programa monográfico homenaje a la figura de Claude Debussy del que se cumplía el centenario de su muerte en París el pasado 25 de marzo. La velada sinfónica prometía por el lugar —posiblemente el más singular del festival—, por el contenido, la música de una de las grandes figuras de la creación musical, además de por los protagonistas: Una de las formaciones con mayor proyección del país galo por su versatilidad desde la selectividad de sus componentes, que iba estuvo conducida por uno de los intérpretes que más expectación generan actualmente en España que, a la sazón, se estrenaba como principal gestor del festival granadino. 

El famoso Preludio a la siesta de un fauno abría el programa dejando una delicada impresión en el oyente, que podía calibrar hasta qué punto la orquesta destilaba el mejor sentido "debussyano" ya desde el cromatismo con el que la flauta irrumpía en la obra, hecho que imprimió el alambicado carácter impresionista que iba a mantenerse a lo largo de su ejecución. Los sonidos que pide esta magistral invención fluían con sinuosas ondulaciones expresivas en esta formación orquestal envolviendo al flautado canto en una rica mixtura tímbrica colectiva de sugestivo efecto para el oyente.

Tan agradable sensación impresionista inicial quedó en cierto modo truncada por la Primera suite de orquesta L.50 de marcados acentos posrománticos. Esta obra ha sido rescatada recientemente por François-Xavier Roth, fundador y titular artístico de Les Siècles, dentro de esa labor culturalmente encomiable de estar atento a dar vida a obras estimables que han quedado olvidadas, como es el caso que nos ocupa. Es necesario indicar que su cuarto episodio, Sueño, es una académica orquestación de limitado mérito perteneciente a Philip Manoury, que no aporta demasiado a esta suite de indudable interés musicológico, que se presentaba por vez primera en España.

Fue en la segunda parte cuando el concierto adquirió cierta enjundia dada la importancia estética de las obras que contenía. La orquesta empezó a aportar su bagaje estilístico con seria capacidad expresiva en esa sublime España imaginada que significa Iberia, supremo vértice de todo el repertorio musical foráneo dedicado a nuestra patria. Su evocación se materializó en sonidos de manera elegante en su primer tema a través del exquisito toque de un clarinetista que entiende lo que significa su intervención en la intrincada y a la vez diáfana mente musical del compositor. A partir de ese momento el entreverado aire de sevillana surgía cíclicamente como elemento impulsor del primer movimiento titulado Por las calles y los caminos, admirablemente asumido por la totalidad de la orquesta, que se manifestó con imaginativa y serena morbidez en el nocturnal segundo episodio, Los perfumes de la noche, creando esa plasticidad sonora de un incipiente amanecer a su conclusión. Sin duda uno de los momentos más determinantes de esta interpretación, que terminaba con Una mañana de un día de fiesta, pasaje en el que la expansiva cinética de Pablo Heras-Casado tuvo mejor acomodo, produciéndose así el más ajustado equilibrio interactivo de la velada.

Hubiera sido deseable que tal grado de balance entre director y orquesta se hubiera dado en los tres maravillosos esbozos sinfónicos que contiene El mar, obra paradigmática del impresionismo musical, en la que se refleja el poderío creativo del autor en toda su plenitud. La orquesta parecía como si propiciara al director el camino a seguir ante la dificultad del discurso, que pretende describir el tránsito de una mañana, del alba al medio día, con unas alternantes fijaciones tonales que requieren mano sutil y etéreo sentido de conducción, sólo imaginable desde una economía de gesto a la que Heras-Casado se resiste. Éste se percibía más integrado en la tensión que exige el turbulento final, Diálogo del viento y el mar, después de un segundo episodio, Juego de olas, que no terminó de prender en un escuchante atento que puede anhelar determinado grado de plasticidad musical en su lectura.

Les Siècles extendieron sus señas de identidad en un muy interesante bis interpretando la rítmica Farandole, último número de la segunda suite de La Arlesiana de Georges Bizet en la que esta orquesta, pensada desde los transmodernos derroteros estéticos que pide la interpretación musical en el siglo XXI, dejó un apunte de su rica personalidad centrada, entre otras inquietudes, en la búsqueda de esa vitalidad particular de la música de cada época. Podía entenderse como un anticipo de su segunda intervención en el Festival, cita que ha generado una notable expectación.

(Foto: José Albornoz)