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CRÍTICA / Exigencia, rigor, belleza


Madrid. Auditorio Nacional. 24-IV-2018. XXIII Ciclo de Grandes Intérpretes Fundación Scherzo. Dezsö Ranki, piano. Obras de Mozart, Schumann y Brahms.

Rafael Ortega Basagoiti

No es especialmente popular, fuera del ámbito de los profesionales y más introducidos en el mundo del piano, el nombre del húngaro Dezsö Ranki (1951). Lo son en mucha mayor medida sus coetáneos y compañeros de clase András Schiff y el ya desaparecido Zoltan Kocsis. Quien esto firma le escuchó por primera vez hace varias décadas un disco de dúo de pianistas, precisamente con Kocsis, en el que ambos hacían de forma tan primorosa como vibrante la Sonata K. 448 de Mozart. Siempre que he tenido ocasión de escucharle posteriormente me ha producido una impresión estupenda, de pianista técnicamente sobresaliente y con criterio musical y artístico de enorme solidez y fundamento. Pero la influencia del marketing es evidente, nos guste o no. Y Ranki no tiene el marketing, y por tanto ‘el nombre’ de los precitados, aunque en mi opinión es quizá el mejor del trío. A esta desgraciadamente masiva influencia de la comunicación comercial habrá que atribuir la lamentablemente escuálida presencia de público en un recital que resultó de altísimo nivel y que sin la menor duda se encuentra entre los mejores en lo que llevamos del Ciclo de Grandes Intérpretes de este año. Peor para quienes no acudieron, desde luego.

Ranki se presentaba con un programa exigente y sin concesiones, con dos partituras complejas y comprometidas donde las haya en el plato fuerte del programa: la Humoreske de Schumann y las Variaciones op. 24 de Brahms. El húngaro confirmó su sólido criterio constructor, una matización y un respeto por la partitura exquisitos y una sonoridad muy cuidada, en la que quizá cabe el único reproche algún exceso de pedal izquierdo en la gama por debajo del mezzoforte, que inevitablemente oscurece algo el color. La Sonata K. 570 de Mozart tuvo, especialmente en el Allegro inicial, más de elegancia que de contrastes o chispa, aunque esta apareció en buena medida en el excelente Allegreto final, lleno de luminosa vitalidad. Lució buen cantable el Adagio, de cuidadísimo matiz e intimista aproximación, tal vez un punto ligero el tempo para la indicación adagio (en general no es el húngaro excesivamente amigo de los tempi morosos).

Creo que más de uno compartirá mi opinión de que, entre las muchas páginas complejas en la obra para piano de Schumann, la Humoreske se sitúa bien arriba en la lista de las que son especialmente difíciles de desentrañar. Tal vez por ello es una partitura mucho menos frecuente en los programas que el Carnaval, la Fantasía op. 17 o los Estudios sinfónicos, por no hablar de las muy populares Escenas de niños o Escenas del bosque. La Humoreske tiene una estructura poco clara, como bien señala Arturo Reverter en sus notas, pero es de una singular riqueza en el contraste, tan abrupto como continuo, de atmósferas, desde la trepidación a la íntima y lírica reflexión, una suerte de fantasía en permanente variación del clima y el estado de ánimo. Partitura, en fin, que exige lo mejor del intérprete para dar fluidez y consistencia al cambiante discurso, y del público, porque tampoco para el oyente es fácil de aprehender el discurso de torrencial y un punto desorientador ritmo de cambios. No es casualidad que Ranki ganara en su día el Concurso Schumann en la ciudad natal del compositor. Su Humoreske fue ejemplar: vibrante e inquieto el Hastig, elegante y sensible el Einfach und zart, espléndido el Innig, con especial mención para la brillantez en su sección rápida. Magnífica interpretación y sobresaliente ejecución de una obra bellísima.

La segunda parte traía otro miura que tampoco abunda en los programas y que también pone a prueba al intérprete. Las monumentales Variaciones y fuga sobre un tema de Haendel op. 24 de Brahms. Lució Ranki su gama expresiva, desde la expresividad de las variaciones 3 o 12 a la rotundidad de la 4, la agitada brillantez de las 14 y 15, la electrizante vibración e intensidad de la 25 o la grandeza de la tremenda fuga final, admirablemente construida. Una versión sobresaliente para culminar un magnífico recital de un pianista de esos a los que da gusto escuchar porque nunca (al menos a quien esto firma) defrauda. Exigencia, rigor, belleza. Tuvimos de todo ello.