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CRÍTICA / Excesos y carencias


Madrid. Auditorio Nacional. 22-V-2018. XXIII Ciclo de Grandes Intérpretes. Yuja Wang, piano. Obras de Rachmaninov, Scriabin, Ligeti y Prokofiev.

Rafael Ortega Basagoiti

Venía la joven y explosiva (en todos los sentidos) china Yuja Wang precedida de la consabida maquinaria del marketing exagerado de nuestros días, con los predecibles "una de las mejores pianistas del mundo" y cosas por el estilo. Y hay que decir que el exceso de márketing no fue sino el primero de una velada presidida en buena parte por los excesos. Wang es una mujer, como ella misma señala, fuerte, muy segura de si misma, y con una presencia y trayectoria de arrollador y no siempre bien manejado temperamento.

Apareció en escena con un largo y ceñidísimo vestido morado generoso en transparencias, para cambiarlo en la segunda parte por uno dorado, igual de ceñido pero mucho más sucinto, de brevísima minifalda, y unos tacones casi incompatibles con el mantenimiento de la verticalidad, a fuer que inhumanos para el manejo de los pedales. Tras esta declaración de intenciones escénicas con la que los jurados de Maestros de la costura hubieran tenido materia sobrada para comentar durante largo rato, la china abrió el recital con una selección de Preludios y Estudios de Rachmaninov que evidenció buena parte de lo que íbamos a ver a continuación. Wang tiene una facilidad insultante para tocar el piano. Sus dedos se mueven con agilidad inverosímil y no parece haber pirotecnia pianística que se le resista. Lamentablemente, en su lectura de Rachmaninov lo que está detrás de las notas no afloró o lo hizo al revés de lo que el compositor marca en la partitura.

Emborronamientos (además de la velocidad, una tendencia a pedal generoso) y matices por completo revertidos (más de un pp transformado en ff como si tal cosa), pero sobre todo, falta de un discurso musical sólido, de una expresión convincente de ese tardorromanticismo tan propio del músico ruso y que aquí, por desgracia, estuvo notoriamente ausente. La cosa mejoró bastante en una más cuidada, aunque de nuevo un poco epidérmica, lectura de la intrigante, enigmática y a menudo ambigua Décima sonata de Scriabin, expuesta al menos con mayor atención a la variedad de matiz, aunque no especialmente fina en cuanto al color. Al fin y al cabo, la aproximación de Wang, que parece vivir en permanente exceso de tensión y aceleración, es proclive al endurecimiento del sonido y poco inclinada a la profundización, la serenidad o la reflexión.

En el último tercio de la primera parte, los Estudios ofrecidos de Ligeti (con la partitura un Ipad) tuvieron desde luego, alto voltaje rítmico y temperamental, además de la ya mencionada perfección mecánica. Lecturas espectaculares, desde luego, aunque la grabación de Aimard demuestra que se puede ir más allá del impacto pirotécnico. La Octava sonata de Prokofiev se movió en parámetros parecidos, con un segundo tiempo en general bastante afortunado y un final presidido de nuevo por la insultante facilidad mecánica de Wang. Versión notable, sí, pero que no termina de conseguir el desgarro que Richter o Gilels consiguieron en esta obra. La opinión del firmante no es óbice para reconocer que, metidos en el show, el triunfo fue espectacular, apoteósico.

El público, completamente entregado, consiguió que la china diera seis propinas, que a quien esto firma no le cambiaron la sensación. El fragmento de la Fantasía sobre Carmen de Horowitz o ese horror (lo siento pero a mí como música es lo que me parece) que construyó el admirable Volodos sobre la Marcha turca de Mozart fueron ocasiones para apreciar este torrente de energía que se mueve por el teclado con insultante facilidad. Más madera para el espectáculo, porque en estas dos páginas música hay más bien poca. La Romanza de Mendelssohn y la transcripción lisztiana de Margarita en la rueca de Schubert evidenciaron, en cambio, que cuando la música va de otra cosa, se aleja del show para penetrar en el mundo del canto lírico, de la efusión romántica, de la delicadeza y la emoción… a Wang le falta un buen trecho para alcanzar una altura que se acerque a la perfección de sus dedos. Y de hecho, incluso en Prokofiev, otra de las propinas evidenció esa carencia: el Precipitato de la Séptima sonata, escuchado hace bien poco, también como propina, a Bronfman en su visita con la Gewandhaus, fue en manos del ruso, con similares cotas de perfección mecánica, mucho más crudo en ese desgarrado carácter de aquella Sonata escrita en pleno horror de la segunda conflagración mundial.

En aquel Prokofiev había desgarro, crudeza, dolor. En este de Wang, primó otra vez la deslumbrante agilidad. Wang lo tiene todo para devenir una gran pianista. Por el momento, creo que hay en ella demasiado exceso, desde lo escénico a lo sonoro. Y también algunas carencias importantes: el sonido, el matiz, el sentido último de la música como expresión más allá del espectáculo. El martes, hubo mucho de lo segundo, pero me temo que poco de lo primero. Si alcanza el deseable equilibrio, sin duda estaremos ante una enorme pianista. Bien es cierto que, inaugurada ya la treintena, y por encima de la seguridad en si misma que muestra, debe trabajar con calma para limar los excesos y cubrir las carencias. Y debe hacerlo ya, o será demasiado tarde.

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