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CRÍTICA / Excelencias de la Sinfónica de Londres en Madrid


Madrid. Auditorio Nacional. 16-X-2018. Denis Kozhukhin, piano. London Symphony Orchestra. Director: Nikolaj Szeps-Znaider. Obras de Chaikovski y Smetana.

Madrid. Auditorio Nacional. 17-X-2018. London Symphony Orchestra. Christian Tetzlaff, violín. Director: Jaime Martín. Obras de Falla, Lalo y Stravinsky

Rafael Ortega Basagoiti

Volvía la Sinfónica de Londres por tercera vez en el plazo de un año a Madrid (eso sin contar las visitas que, también de la mano de Ibermúsica, ha girado a Barcelona, Valencia y Santander, dentro del mismo plazo). Si en octubre de 2017 tuvimos ocasión de disfrutar del muy veterano pero siempre interesante Haitink, y más tarde del singular Schumann de Gardiner, en esta ocasión se presentaban los británicos con dos directores menos habituales (de hecho el español Martín debutaba al frente de la formación londinense en el segundo de estos conciertos).

El primer programa estaba a cargo del violinista danés Nikolaj Szeps-Znaider, afortunado tañedor del Guarneri que fue de Fritz Kreisler y que tiene en préstamo del Banco Nacional de Dinamarca. Znaider, sin embargo, se prodiga más ahora como director que como violinista, y con la batuta ha sido principal director invitado del Mariinski desde 2010, algo que no es ninguna tontería, qué duda cabe. Znaider mantiene una estrecha relación con la orquesta británica, con la que ha llevado a cabo algunas grabaciones en la doble función de solista y director.

En este concierto madrileño afrontó el acompañamiento al ruso Kozhukhin (que el año pasado nos visitó junto a la otra gran orquesta de Londres, la Filarmónica, en este mismo ciclo) en el Primer Concierto de Chaikovski, y una selección de Mi patria de Smetana. El danés, de presencia física imponente, se antojó un director correcto en las formas, de gestualidad suficientemente clara aunque un tanto uniforme (incluido aquello de hacer lo mismo con las dos manos, eso de lo que tanto abominaba Richard Strauss). Una batuta más de buen oficio que especialmente sutil o inspiradora, pero dotada de indudable brío. Su acompañamiento a Kozhukhin fue correcto y atento, salvo algún pequeño desajuste en el segundo tiempo del Concierto de Chaikovski, y los cuatro poemas ofrecidos del ciclo de Smetana tuvieron más energía y brillantez (Sarka, aunque la dinámica en algún momento se antojó algo plana) que sutileza o inspiración (el conocidísimo Vltava, al que le faltó vuelo lírico en el hermoso y conocidísimo canto de la cuerda). Brillantez y vibración tuvo también la regalada Danza eslava de Dvorák.

La orquesta mostró en todo momento una respuesta superlativa en todas sus familias y en todos sus solistas. Extraordinaria la agilidad y flexibilidad mostrada en el arrebatado più vivo final de Blanik, un pasaje de los que pone a prueba a una formación. La estrella de ese concierto (en realidad de los dos), no obstante, fue el ruso Kozhukhin, autor de una versión trepidante, ejecutada con pasmosa facilidad y perfección, del brillante y siempre comprometido Primer Concierto de Chaikovski. Muy bonito y redondo el sonido, nunca hiriente en los fortissimi, mecanismo de agilidad envidiable, con el que articulaba de manera exquisita y despachaba los pasajes de octavas y acordes como si tal cosa, precioso el canto en el Andantino semplice central, planteado con sereno lirismo.

Cabe quizá pedirle algún recorte en el pedal de resonancia, pero en todo caso se habla de mínimas observaciones a una interpretación estupenda. Exquisita también la Romanza de Mendelssohn ofrecida como propina. Jaime Martín, por su parte, tiene también una presencia contundente en el podio. Lo es también su gestualidad, generalmente clara, solo de vez en cuando algo menos cuando domina la notoria efusividad con la que transmite sus ideas y sensaciones, algo que indudablemente arrastra también a la orquesta. Gobierna el cántabro con mano firme y criterio claro, con vibración y energía, y no cabe duda de que la formidable centuria británica le sigue con su proverbial flexibilidad.

Lo mejor de la noche fueron las dos Suites de El sombrero de Tres picos, donde se lucieron especialmente los magníficos solistas de viento de la orquesta (flauta, oboe, fagot… todos) y en las que destacó un luminoso, idiomático y trepidante final. Empezó con el adecuado misterio la Suite de El pájaro de fuego stravinskiano, en su no tan frecuente versión de 1945. El pp en la cuerda grave tuvo todo el misterio que uno espera de ese pasaje. Adecuadamente imponente la Danza infernal, y brillante final de la obra aunque personalmente hubiera preferido unos ataques menos secos en los acordes que preceden a los compases últimos de la obra. Antes, el alemán Tetzlaff nos ofreció su lectura de la Sinfonía española de Lalo, página de gran virtuosismo antes que especialmente cautivadora en el contenido.

Por desgracia, no encontró la partitura su mejor abogado en el alemán, cuya traducción adoleció de un volumen que pareció pequeño, con vibrato demasiado amplio en más de una ocasión, la entonación no siempre precisa y las florituras dibujadas con desigual acierto. Tampoco deslumbró la Gavotte en Rondeau de la Partita nº 3 de Bach regalada. Martín y la sinfónica londinense regalaron un elegante entreacto de Rosamunda, aunque, con toda la plantilla presente tras la obra de Stravinski, quizá otra propina con más participación hubiera parecido más apropiada que este Schubert para el que el contingente de cuerda se antojaba un punto excesivo. El balance general, no obstante, es el de dos conciertos de alto nivel de esta sensacional orquesta, que en cada visita confirma por qué está bien posicionada entre las mejores del mundo y proporcionó una inauguración de lujo al extraordinario ciclo de Ibermúsica.