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CRÍTICA / Esplendorosa dirección de Gergiev


Granada. Palacio de Carlos V. 30-VI-2018. LXVII Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Director: Valery Gergiev. Obras de Glinka y Rimski-Korsakov.

José Antonio Cantón

Se habían cumplido veintiséis años y tres días de la primera visita de la Orquesta del Teatro Mariinsky dirigida por su titular Valery Gergiev al Festival de Granada (en su cuadragésima primera edición) en la que quedó ya patente la proyección de la que habría de ser una imparable y extraordinaria  carrera. Esta ha venido a confirmarse con creces al convertirse actualmente en uno de los grandes directores generales artísticos de música, ballet y ópera, como alma mater de un nuevo y enorme complejo teatral en San Petersburgo desde la inauguración en 2013 del Teatro Mariinsky II y el nuevo auditorio, que permite la programación de cientos de espectáculos de máxima calidad al año, infraestructuras que convierten a la antigua capital imperial zarista en una de los centros musicales más importantes del mundo.

La regular vinculación artística del maestro Gergiev con instituciones de tanto prestigio como el Metropolitan de Nueva York, la Orquesta Sinfónica de Londres —de la que ha sido titular hasta el pasado año—, igual cargo que ostenta en la Orquesta Filarmónica de Munich, —formación que liderara hasta su muerte el mítico Celibidache—, y su etapa con la Orquesta Filarmónica de Rotterdam le han llevado a ser acreedor del título de Artista Mundial como Embajador Honorario y de Buena Voluntad de la UNESCO. Estos datos son una muestra de la importancia artística de este músico que puede considerarse en alguna medida continuador de dos legendarias figuras rusas del pódium como fue Yevgeny Mravinsky y es, felizmente entre nosotros, Yuri Temirkánov, ambos jefes indiscutibles y absolutos de la imponente Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. Estos datos nos sirven para valorar la dimensión artística de Gergiev y la trascendencia que significa su actuación en la presente edición del Festival.

La impresión que tuve de su primera visita a Granada, el 27 de junio de 1992, fue la de un director hierático en su cinesis y tenso en su comunicación. Nunca había presenciado una forma tan robótica de dirigir que, paradójicamente, no afectó en momento alguno al resultado musical de su irreprochable interpretación de los famosos Cuadros de una exposición de Mussorgsky/Ravel y la del Capricho español de Rimski-Korsakov, obra que ha repetido en esta ocasión. 

El concierto se ha abierto con dos oberturas españolas de Glinka, su popular Jota aragonesa y Recuerdo de una noche de verano en Madrid, fruto y resultado ambas de los viajes que el compositor ruso hizo a España a mediados del siglo XIX, que tanto le marcaron. La primera fue expuesta con ese brío y esa intensidad que caracteriza al maestro Gergiev, muy lejos del efecto que me produjo hace más de cinco lustros. En la segunda, transmitió su aire de seguidilla con fineza en su Allegro, a cargo de la excelente sección de madera que aligeraba su discurso, y transmitió con sosegado impulso ese episodio intermedio que funciona como balanceante fiel de esta obra; me refiero al pasaje titulado Punto moruno que dejó una impronta orientalista en el oyente.

Como continuación a las fantasías hispanas de Glinka, la actuación iba a entrar en otra riqueza estética con la interpretación del ya mencionado esplendente Capricho español. Gergiev condujo con acelerado estrépito y acentuada alegría el primer episodio, estimuló con destacado sentido lírico a los instrumentos de madera en el variado andante, derrochó energía en el canto calé central después de repetir la Alborada en la que apareció el consumado arte de la concertino, que habría de tener un protagonismo destacado en la segunda parte del concierto. Finalmente intensificó su característico tembloroso pulso, que le permite hasta duplicar la subdivisión del compás, en el fandango con el que concluye esta obra, en la que Rimski-Korsakov demuestra su enorme capacidad de instrumentación que le ha llevado a ser considerado como uno de los grandes orquestadores de la historia junto a figuras como Beethoven, Berlioz, Mahler, Ravel, Strauss y su muy aventajado alumno Igor Stravinski, que aparecería al final del concierto en una singular estampa de ballet.

Fue en la suite sinfónica Scherezade op. 35 donde terminó de apreciarse la bondad artística tanto del director como de la orquesta, dada la natural lectura de que hicieron gala. Como si tuviera unos hilos que le conectaran con cada instrumento de la orquesta, Gergiev hizo que esta obra respirara con autenticidad estilística desde su particular y apasionado toque escénico, que llevó a que pudiera admirarse su dominio de ese tan "celibidacheano" espacio eufónico, distinguir la función de sus dos hemisferios corporales y anticipar la métrica y su consecuente ritmo desde un natural, espontáneo e instintivo sentido de anacrusa. Su construcción del ambivalente contenido de festiva alegría y trágico drama que encierra el último tiempo de esta obra estuvo plagada de esa lírica maestría que irradia desde el foso cuando este maestro dirige ópera. Como apaciguador contraste, la intervención de la concertino, dotada de la impronta y las hechuras de una consumada solista, significó un toque de distinción a una interpretación muy cuidada en la forma, precisa en la acción y verdaderamente bella en emoción.

De los dos bises que brindó correspondiendo al entusiasmo del público manifestado en una ovación que continuó en cerrado aplauso, llamó mucho mi atención el detalle con que dirigió parte de la penúltima escena como enlace de la última del ballet El pájaro de fuego de Igor Stravinsky, provocando el máximo esplendor sonoro en su orquesta, que funciona como una magistral y prodigiosa máquina de hacer música.

(Foto: José Albornoz)