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CRÍTICA: Espléndida "Ofrenda musical"


Madrid. Auditorio Nacional. Lina Tur Bonet, violín. Alexis Kossenko, flauta travesera. Marco Testori, violonchelo. Kenneth Weiss, clave. Bach, Das Musikalische Opfer, BWV 1079. 

Eduardo Torrico

Hay quien sostiene que la Ofrenda musical es la primera obra del siglo XXI. O, al menos, la primera obra de música contemporánea. O moderna, como prefieran. Lo cierto es que tiene poco de barroca, a pesar de que fuera compuesta en 1747. Es tan abstracta, tan atemporal y tan intelectural que no guarda parangón posible con ninguna otra del mismo periodo. Ni siquiera con otra de la producción de Johann Sebastian Bach, aunque El arte de la fuga, en ese sentido, también sea una composición transgresora.

Más allá de la anécdota sobre los motivos que impulsaron a Bach a escribir algo tan abstruso (la improvisación de una fuga sobre un tema de Federico II de Prusia, durante un viaje a Potsdam para visitar a su hijo Carl Philipp Emanuel), lo cierto es que nos encontramos ante una música que no deja a nadie indiferente. Por su complejidad, por su intemporalidad, por su unicidad o por lo que sea. Hace falta intérpretes muy duchos, auténticos virtuosos, para que no se evapore nada de su esencia. Y los cuatro que se dieron cita anoche en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional lo son. Por eso pudimos vivir una lectura de muchos quilates, espléndida, soberbia… Si alguien no salió satisfecho, no fue, desde luego, por el quehacer de los músicos; sería, en todo caso, por las peculiaridades de esta música, no apta —digámoslo sin ambages— para todos los paladares.

Los cuatro intérpretes aparecían en el programa de mano con idénticos alardes tipográficos. Es justo, porque cada uno de los cuatro desempeña el mismo protagonismo. No hay uno que, en el reparto de notas, se lleve la mejor parte. Todo está milimétricamente compartido, quizá como consecuencia del universo matemático y geométrico en el que transita la música Bach.

Al contrario de otras interpretaciones más habituales, Tur, Koosenko, Testori y Weiss optaron por ordenar las piezas de la Ofrenda según las partes que constituyen el discurso de Quintiliano sobre la retórica: exordium, narratio, partitio, confirmatio, refutatio y peroratio. Comenzó Weiss con el Ricercare à 3 para clave, continuaron con el Canon perpetuus super thema regium (el de Federico de Prusia), con los diversos cánones sobre este tema, con la Fuga canonica in Epidiapente, con el Ricercare à 6 para clave, con dos nuevos cánones, con la Sonata en trío y, finalmente, con el Canone perpetuo (per justi inervali).

Todo fue ejecutado con escrupulosa precisión, como habría exigido el mismísimo Bach, hasta dar rienda suelta a la imaginación en la vibrante lectura de la sonata. Los encendidos aplausos del público incitaron a una propina quizá atípica: lejos de buscar el efecto, como se suele perseguir con los bises, el cuarteto se marcó íntegra otra sonata en trío, la BWV 1038.

Interpretación magnífica la de esta BWV 1038, como no podía ser de otra forma, y una inesperada lección musicológia para los que amamos la música de Bach: se trata, en efecto, de una obra de Bach (la autoría está —o estaba— en cuestión), y se trata, al mismo tiempo, de la única obra que el Kantor compuso en scordatura (Sol-Re-Sol-Re), algo que sirvió para comprobar, una vez, más la tremenda habilidad de Lina Tur Bonet en este arte (la scordatura, por descontado, es un arte). Por si había alguna duda de cuanto afirmo, Kossenko llegó a Madrid con una copia bajo el brazo de la partitura manuscrita de Bach. Ya no hay lugar posible a la discusión.