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CRÍTICA: Esencia de perfume monteverdiano


San Lorenzo de El Escorial. Real Coliseo de Carlos III. 26-II-2017. Flavio Ferri-Benedetti, contratenor. Manuel Minguillón, archilaúd. Obras de Monteverdi.

Eduardo Torrico

La esencia de perfume es una alternativa popular a los perfumes de diseño creados por las grandes firmas. Al contrario de lo que sucede con estos, la esencia de perfume no viene lujosamente empaquetada, no se vende en los principales centros comerciales y no es objeto de impactantes campañas comerciales. Pero tarda más en evaporarse, por lo que, al contacto con el cuerpo, su efecto es más eficaz. Y, claro, es también más asequible al bolsillo del consumidor.

En este Año Monteverdi (se conmemora el 450 aniversario del nacimiento del compositor de Cremona) se está vendiendo con alharaca mucho perfume de diseño. Son conciertos en los que no se escatima en gastos y que se celebran en las salas más lujosas. Pero también hay algo de esencia de perfume, en pequeño formato, que, por desgracia, pasa más inadvertida. Este último domingo tuvimos algo de esa esencia de perfume que se queda impregnada al cuerpo durante mucho tiempo y que tarda aún más en desaparecer de la memoria.

Solo una voz y solo un instrumento. Nada más. La voz del contratenor Flavio Ferri-Benedetti y el archilaúd de Manuel Minguillón. En el coqueto Real Coliseo de Carlos III, de San Lorenzo de El Escorial. Y con un programa elaborado con algunas de las páginas más célebres de Monteverdi: Dal mio permesso amato y Ecco l’altra palude (de L’Orfeo); Quel guardo sdegnosetto; Di misera Regina (de Il ritorno d’Ulisse in patria); el desgarrador Lamento d’Arianna y el chaconero Voglio di vita uscir, entreverado con piezas instrumentales de Giossepe Antonio Doni y de Alessandro Piccinini. Piezas, las vocales, originalmente compuestas para voces femeninas (Penélope, La Música, Arianna…), algo a lo que en su tiempo no se le daba la absurda trascendencia que se le da ahora: había mujeres que cantaban papeles de hombres y había hombres que cantataban papeles de mujeres… Dependía todo de lo que ese día se tuviera a mano.

Fue un auténtico tour de force para Ferri-Benedetti, al que también, en su desempeño canoro, se le puede aplicar el símil de la esencia de perfume: es menos conocido que otros colegas suyos, pero bastante mejor que casi todos ellos. Tiene una voz realmente bella (algo que no siempre se da en un contratenor), posee una técnica prodigiosa (son muy pocos los que le pueden superar o, al menos, igualar en este apartado) y desarrolla un sentido de la teatralidad —vocal y escénica— que contribuye a que el espectáculo sea realmente eso, espectáculo. Y, sobre todo, conoce a la perfección el material musical con el que trata: Monteverdi fue el padre de la seconda patrica y la seconda pratica exigía aquello de “prima le parole, e poi la musica”, por lo que tanto Ferri-Benedetti como Minguillón pusieron su talento al servicio del texto (Ferri-Benedetti cuenta con una ventaja: es italiano y se entiende todo lo que dice, cosa que no se da con frecuencia en muchos cantantes, incluidos no pocos italianos).

Con todo el público puesto en pie, Ferri-Benedetti y Minguillón regalaron una hermosa propina (Sì dolce è'l tormento, una de las más bellas canciones jamás escritas) y un bis inesperado: un arreglo barroco de My Funny Valentine, escrita por Richards Rodgers y Lorenz Hart en 1937 para el musical Babes in Arms. Eso es lo que precisamente pretendía Monteverdi: sorprender y emocionar. Y eso es lo que consiguieron Ferri-Benedetti y Minguillón.