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CRÍTICA: Esa-Pekka Salonen y el Big Bang sonoro


Madrid. Auditorio Nacional. 24-II-2017. Ciclo Ibermúsica. Nigel Black, Katy Woolley, Richard Watkins, Michael Thompson, trompas. Philharmonia Orchestra. Coro de la Comunidad de Madrid. Director: Esa-Pekka Salonen. Obras de Stravinski, Davies y Ravel.

Daniel de la Puente

Solo la oportunidad de escuchar el estreno en España del Canto Fúnebre de Stravinski habría merecido un Auditorio lleno hasta la bandera, pero los abonados y espectadores habituales del ciclo de Ibermúsica, posiblemente el más elitista y escogido de los que se celebran en Madrid, decidieron saltarse la cita nocturna del viernes con Esa-Pekka Salonen y su Philharmonia Orchestra.

Los que sí acudieron, además, vivieron un inaudito retraso hasta que el concierto, por fin, dio comienzo a unas horas (las once menos cuarto) que a la propia orquesta había resultado extraña a tenor de un tuit publicado la misma mañana del viernes. Vicisitudes de la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional.

La Philarmonia comenzó entonces a desplegar la que sería una plétora de dinámicas, colores e intensidades extraordinarias, generadas y controladas desde el podio por un Esa-Pekka Salonen fuera de serie que administraba con inteligencia el itinerario a seguir en todo el concierto.

El Canto Fúnebre op. 5, memorial de Stravinski para Rimski-Korsakov que sacó a la luz Valeri Gergiev con la orquesta del Mariinski a finales del pasado año, se vivió con intensa continuidad y en un ambiente en el que la orquesta mantuvo siempre un pulso interno incansable sin renunciar a la niebla cromática que caracteriza a esta pieza.

La increíble precisión de los ataques y una afinación límpida hizo vivir estos doce minutos de música inédita con intensidad, y se empezaba a construir un sonido centrado y opulento que viviría sus momentos de más extraversión, desde el punto de vista orquestal, en el Concierto para cuatro trompas de Tansy Davies.

Este concierto pone a prueba la capacidad virtuosística de la orquesta con una completa explotación de sus recursos sonoros, si bien después de unos primeros minutos interesantes, la ausencia total de referencias estructurales en la música convierten la experiencia en una suma de efectos que terminan por aburrir pese a lo intachable de la ejecución.

El ballet o sinfonía coreográfica Daphnis y Chloé de Maurice Ravel trajo de nuevo al auditorio la continuidad discursiva que había caracterizado a la Philharmonia en la primera parte del concierto.

Y, de nuevo, surgió la figura del Esa-Pekka Salonen para conducir la energía de principio a fin de manera incansable. El maestro finlandés estuvo en contacto con el sonido y sus músicos a lo largo y ancho de todo el ballet. En particular, la gestión de las transiciones fue extremadamente valiente, lo que produjo una sensación de continuidad inexorable que se agradece entre tanta postura carente de poso en la dirección musical actual.

El Coro de la Comunidad de Madrid brilló en sus intervenciones y demostró que vuelve a estar a una grandísima altura musical. La afinación, cercana a la perfección, y un buen despliegue de colores en una obra sin texto compensaron con creces una menor solidez en las entradas, de gran dificultad dentro de la nebulosa impresionista plasmada por Ravel en la partitura.

La ampliación del Coro con el Joven Coro de la Comunidad dio el volumen necesario para compensar un sonido orquestal que va ganando intensidad a lo largo de toda la representación, aunque el color general se vería levemente desdibujado por el contraste entre las voces más hechas y la sonoridad más blanca de los jóvenes cantantes.

Con todos estos mimbres, siguió Esa-Pekka Salonen tramando un tejido sonoro lleno y espeso que mantuvo el centro de gravedad siempre a su frente, tanto en las secciones camerísticas como en los tutti de orquesta y coro. Hasta llegar a una Bacchanale final explosiva y culminante que convirtió a la velada en una experiencia completa y única.