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CRÍTICA / Entre alegría y tristeza (Orquesta de Córdoba con Raúl Jaurena)


Córdoba. Gran Teatro. 13-XII-2018. Orquesta de Córdoba. Raúl Jaurena, bandoneón. Director: Carlos Domínguez-Nieto. Obras de Piazzolla, Matos Rodríguez y Chaikovski.

José Antonio Cantón

Un programa de evidentes contrastes emocionales ha ocupado el cuarto concierto de la temporada de abono de la Orquesta de Córdoba dirigida por su titular. Una primera parte dedicada a música de los dos países ribereños del Rio de la Plata, para cuya interpretación se contaba con la presencia de un maestro del bandoneón como es el uruguayo Raúl Jaurena que visitaba España por vez primera en su carrera, hizo que gran parte del público entrara en una suerte de evocadoras sensaciones que le llevaron a un aplauso cerrado cuando concluyó el Concierto para bandoneón, "Aconcagua" de Astor Piazzolla, que abría la velada. 

En él y de inmediato se pudo percibir un alto grado de entendimiento entre director y solista, que se tradujo en un nivel de autenticidad estilística verdaderamente notable, de tal modo que la preciosista articulación concertante que propone el compositor se erigió en el vehículo sustancial del discurso de la obra, significativamente en el primer movimiento, un Allegro marcato de manifiesto refinamiento dramático en su parte central, en la que se puede encontrar lo mejor del sugestivo pensamiento musical de Piazzolla y que el maestro Jaurena supo reproducir con ese singular estilo que caracteriza y diferencia a los viscerales intérpretes de esta música hecha desde el corazón para el corazón. Este aspecto fue acentuado en esa especie de soliloquio en el que se sostiene el discurso del Moderato central, donde el solista echó el resto de su arte con tal sustancial lirismo que le permitía entregarse al público, director y orquesta en un plano de pura emoción, sutilmente concentrada y resumida en el mantenido acorde final del bandoneón y el arpa. El asincopado y cadencioso ritmo del Presto fue tratado por Domínguez-Nieto con precisa métrica, acentuando la tímbrica de la cuerda en plenitud sonora, que realzaba el canto del instrumento solista. El oyente se sintió envuelto por la música de manera subyugante en esa especie de trío central en el que se sustancia lo mejor de ese gran músico platense que fue Piazzolla hasta llegar a esos latigazos de la cuerda que quieren evocar el espíritu gaucho que encierran sus pentagramas. Hay que significar la excelente actuación de las dos percusionistas, Cristina Llorens y Carolina Alcaraz, y de la pianista Silvia Mkrtchian, al constituirse en imprescindibles elementos motrices de una excelente interpretación.

Después de unas palabras de agradecimiento y aclaración de Raúl Jaurena sobre la particular naturaleza mecánica y distribución escalar del bandoneón, llegó el delirio con la interpretación de una versión realizada por este intérprete del famoso tango uruguayo La Cumparsita, consiguiendo que todos los presentes nos sintiéramos conmovidos ante una recreación tan idiomática. El público se entregó a los músicos con una cerrada ovación acompañada de innumerables bravos que reflejaban un acorde y a la vez unánime estado de satisfacción.

Por conocida y situada en el repertorio orquestal habitual, la Sinfonía "Patética" no deja de ser para el amante de la música un ejemplo de este arte que, desde su natural abstracto, sobresale entre todas las disciplinas estéticas como la que puede generar en el oyente el más alto sentimiento de espiritualidad. Sólo se puede concebir su interpretación desde este planteamiento fenomenológico. Varios factores implementan su contenido, pudiéndose encontrar en cada uno de sus tiempos verdaderas joyas del pensamiento musical del último romanticismo. El maestro Carlos Domínguez-Nieto ha realizado un detallado análisis de ellos, planteando su interpretación como un arco dividido en cuatro partes de sucesiva y a la vez unitaria justificación. 

Entrando en el resultado conceptual, el director creó el clima dramático que requiere el primer movimiento atendiendo los detalles métricos y dinámicos que contiene con minuciosa atención. Dibujó con manifiesta elegancia el aire de vals del segundo, generando cierta distensión emocional después del sentimiento de anhelo implícito en el anterior tiempo con precisa marca de la irregularidad de su métrica. Cargó de impulsiva vitalidad el Allegro molto vivace con progresiva dinámica y decisiva rítmica, que propiciaba la percepción de los progresos técnicos de la orquesta, manifiestamente crecientes en sus últimos conciertos. De haberse permitido iniciar sin pausa a modo de attaca el cuarto movimiento, licencia que algunos directores utilizan como impacto emocional, hubiera removido la sensibilidad del oyente con ese continuado y desgarrador pálpito de tristeza al que lleva el Adagio lamentoso final, uno de los pasajes sinfónicos más singulares de la música romántica. Su desarrollo estuvo cargado con tal grado de estremecimiento que el oyente se veía obligado a un estado de máxima atención ante la convencida, comprometida y unívoca respuesta de la orquesta expresando la suma tristeza de su contenido.

El público arrancó pausadamente lo que habría de convertirse en unánime e intenso aplauso, impresionado ante tan cautivadora y a la vez dolorosa lectura, sintiéndose gozoso por haber sido testigo de un concierto en el que verdaderamente se hizo música. De eso se trata.

Foto: Paco Casado