Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / En la cumbre boccheriniana

CRÍTICA / En la cumbre boccheriniana


Madrid. Auditorio Nacional. 10-X-2018. Boccherini, Quinteto de cuerdas en Si bemol mayor op. 39 nº 1, G 337 / Stabat Mater. Núria Rial, soprano. La Ritirata. Violonchelo y director: Josetxu Obregón.

Eduardo Torrico

No fue Luigi Boccherini un compositor que se sintiera especialmente atraído por la música vocal. O tal vez no se dieron las circunstancias necesarias para que se dedicara a ella con más ahínco. Su producción se reduce a una ópera, una zarzuela, tres oratorios, tres cantatas, quince arias académicas, tres dúos académicos, algunas arias de escena aisladas y una docena de obras sacras entre las que destaca, por encima de todas, un Stabat Mater. Si lo comparamos con su producción camerística y orquestal, apenas una gota de agua en un inmenso océano. Se sabe que el compositor luqués tenía un especial cariño por ese Stabat Mater, al punto de que nueve años después de su estreno, que tuvo lugar en 1781, lo arregló: a la única voz original de soprano, le añadió las de alto y tenor, y el quinteto de cuerdas primigenio lo convirtió en una orquesta de cámara. 

No se puede decir que el Stabat Mater sea una obra poco programada, aunque tampoco es que sea demasiado frecuente en las salas de conciertos. Ni en de grabación. Y, desde luego, lo que no hay es muchas oportunidades de escucharlo en la versión para soprano y quinteto, de una intimidad y de un recogimiento turbadores, y que gana por abrumadora goleada en trasparencia a la otra versión, más grandilocuente, pero menos impactante. El patetismo extremo está presente en los once movimientos de esta sublime obra, especialmente si quienes la abordan son buenos intérpretes y, más aún, conocen todos los recovecos de la música de Boccherini, que no son pocos.  

Creo no exagerar si digo que hoy por hoy hay pocos intérpretes que conozcan tan bien la música de Boccherini como el violonchelista Josetxu Obregón. Ya el nombre de su grupo, La Ritirata, es toda la una declaración de intenciones. En su trayectoria, no demasiado larga todavía pero si incuestionablemente exitosa, destacan los proyectos dedicados al más castizo de los músicos del XVIII. Creo, asimismo, que tampoco exagero si digo que con este Stabat Mater La Ritirata ha ascendido a la más alta cumbre boccheriniana. Y ello se debe en gran medida a la colaboración (la primera que realiza con el grupo, aunque haya coincidido frecuentemente en otros con Obregón; sobre todo, en L'Arpeggiata) de la soprano Núria Rial, felizmente retornada a España después de dos largas décadas de residencia en Suiza y Alemania.

La voz de Núria Rial es un privilegio único. Pero es que, además, la manresana sabe explotarla al máximo con una técnica excelente, con una distinción aristocrática y con una prosodia fuera de lo común. Cuando ella canta, el auditorio se ve envuelto en un halo mágico, constatable con el sepulcral silencio que mantiene el público. Hay hechizo, hay duende… Fue este uno de esos conciertos que el que ha tenido la fortuna de presenciarlo tarda mucho en olvidar (si es que alguna vez lo olvida). Nunca hay nada perfecto en una interpretación musical, pero aquí sí se rozó la perfección.

Injusto sería no destacar con letras de oro la labor del quinteto que acompañó a Rial, empezando por el propio Obregón en su doble faceta de violonchelista y de director. Rebuscar elogios se hace innecesario cuando quien toca es Hiro Kurosaki, uno de los violinistas barrocos más laureados de nuestros días, quien estuvo magníficamente secundado por Pablo Prieto como segundo violín y por Daniel Lorenzo como viola. En las cuerdas graves, acompañado al violonchelo, sobresalió Ismael Campañero, ese prodigioso contrabajista de 19 años que nunca deja de asombrar. La interpretación de todos ellos en el quinteto que precedió al Stabat Mater fue sencillamente antológica.