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CRÍTICA / En el silencio más atronador


Madrid. Iglesia de la Encarnación. 6-III-2018. Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid. Morales, Lamentaciones. Utopia.

Eduardo Torrico

El Libro de Lamentaciones revela la patética condición de Judá después de la conquista y destrucción babilónica de Jerusalén, ocurrida en el siglo VI a. C. como consecuencia de los pecados del pueblo judío y de su indiferencia ante a las advertencias proféticas. Atribuidas las Lamentaciones a uno de los profetas, Jeremías, parece que este buen señor no tuvo nada que ver con ellas. Sea como fuere, el mundo cristiano siempre las tomó en consideración y a principios del siglo XVI quedaron incorporadas al repertorio musical sacro de la Europa renacentista.

Impresas por el veneciano Petrucci en 1605, a partir de ese momento sirvieron para que numerosos compositores edificaran sobre estos textos algunos de los monumentos sonoros más impresionantes de la historia. Desde Josquin Des Prez hasta Victoria, pasando por Agricola, De la Rue, Isaac, Festa, Lassus o Palestrina. El sevillano Cristóbal de Morales (1550-1553) fue una más de los que se sirvieron de ellas. Suyas se conservan siete, que pronto se extendieron —impresas o manuscritas— por Europa e, incluso, por los territorios novohispanos.

A pesar de la perturbadora belleza de las mismas, las Lamentaciones de Morales siguen siendo una rareza dentro del cerrado universo de la polifonía renacentista de nuestros días. Lo demuestra el hecho de que no se hayan grabado íntegramente hasta hace solo dos años. Los encargados de esa grabación han sido los miembros de Utopia, grupo flamenco fundado en 2015 y que ha llevado ahora cinco de las siete Lamentaciones que se conservan de Morales al Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid (FIAS), junto a tres piezas del Passionarium Toletanum de 1516, que probablemente Morales empleó como base melódica del cantus firmus en tres lamentaciones. El programa se ha completado con obras para laúd solo de Capirola, Des Prez, Fuenllana, De Milán y Hans Neudsiedler, interpretadas por Jan Van Outryve, flamenco como todos los integrantes de Utopia, aunque residente en Murcia desde hace años (no tantos años como el bajo Bart Vandewege, que lleva mucho más tiempo viviendo entre nosotros).

Además de Vandewege, componen Utopia la soprano Griet De Geyter, el contratenor Bart Uvyn, el tenor Adriaan De Koster y el barítono Lieven Termont. No es casualidad que se hayan interesado en Morales, pues en él se percibe más que en ningún otro compositor meridional la influencia de los flamencos Josquin y De la Rue, coetáneos del sevillano. 

El concierto de Utopia no podría haber encontrado mejor acomodo que la iglesia de la Encarnación, comenzada a edificar en 1611 bajo los auspicios de Margarita de Austria, esposa de Felipe III. Hubo antes otra Margarita de Austria, hija natural de Carlos I y hermanastra de Felipe II, que gobernó con mano de hierro los Países Bajos desde 1559, solo seis años después de la muerte de Morales. Gran amante de las artes, bajo su mandato la música gozó en aquellos territorios de un época floreciente. Conocía bien la obra de Morales y seguramente escuchó sus Lamentaciones en algún oficio de Semana Santa. Al final, la historia viene a ser la pescadilla que se muerde la cola: Margarita de Austria, Morales, España, Flandes, la música de allá y de acá... Hoy nos parecen cosas muy distintas y alejadas entre sí, pero entonces no lo eran tanto.

Comienza a ser habitual que el silencio atronador (claro ejemplo al que siempre se recurre para explicar lo que es un oxímoron) se produzca en los conciertos de música antigua que se celebran dentro del FIAS. Pero en ningún otro se ha dado un silencio tan atronador como en esta ocasión. Imponía el marco, pero imponía aún más la abrumadora figura de Morales, empeñando en recordarnos a cada instante con su música la fragilidad humana y el inevitable final que nos aguarda. E imponían, asimismo, las apabullantes lecturas de Utopia, paradigma de afinación suprema. Habrá quien pueda reprochar a su interpretación una cierta falta de ese ardor sureño que los grupos españoles (los más jóvenes, sobre todo) le ponen a la polifonía renacentista; y más, siendo como es Morales un músico español. Pero no olvidemos lo ya antes reflejado, es decir, el influjo flamenco que siempre hubo en Morales, a pesar de sus diez años de estancia en Roma como cantante en el coro papal de Pablo III.

Fue, en suma, un concierto de esos que tardan mucho tiempo en evaporarse de la memoria —si es que alguna vez llegan a evaporarse del todo— de quienes tienen el privilegio y la dicha de asistir a ellos. Fue la certidumbre de la grandiosidad de Morales. Y fue, también, la constatación de que Utopia no es una formación más, sino una formación llamada tal vez a recoger el testigo de la mítica Capilla Flamenca, desaparecida en 2014 tras el fallecimiento de su fundador y director, Dirk Snellings. Viene por tanto Utopia a llenar un vacío que algunos se nos hacía ya insoportable.

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