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CRÍTICA: En el nombre del Padre


Madrid. Iglesia de San Marcos. 6-III-2017. La Guirlande. Obras de Johann Sebastian Bach.

Eduardo Torrico

No hay ni ha habido nunca nada perfecto. Seguramente lo que más cerca ha estado de la perfección es la música de Johann Sebastian Bach. Por eso es siempre un placer escucharla. Y, por mucho que digan que la música de Bach lo aguanta todo —algo que es muy cierto—, tanto mayor placer se obtiene con ella cuanto más certera sea la interpretación. El Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid brindó anoche una magnífica oportunidad de disfrutar con Bach y con su música. Fue en la preciosa iglesia de San Marcos que diseñara Ventura Rodríguez en 1749 y que se halla situada en el centro de la ciudad (en plena Plaza de España), razón por la que seguramente es una desconocida para la mayoría de los madrileños.

La Guirlande es un joven conjunto de cámara que debe su nombre a esa obra de Jean Philippe Rameau. Su núcleo son el flautista Luis
Martínez —que ejerce de director artístico— y el clavecinista Alfonso Sebastián, a los cuales se une la violonchelista Ester Domingo (los tres, zaragozanos). En esta ocasión contaron con la colaboración de una violinista excepcional, la australiana Lathika Vithanage, a la que descubrí hace unos meses gracias a un formidable disco aparecido en el sello Brilliant (con piezas de compositores ingleses del XVII) con su grupo, Il Caleidoscopio, del que también forma parte la violagambista almeriense Noelia Reverte Reche).

Bajo el título recurrente de “En el nombre del Padre”, el programa incluía dos sonata en trío (BWV 1038 y BWV 1079, esta última, perteneciente a la Ofrenda musical), una sonata para violín y clave obligado (BWV 1017) y otra sonata para flauta travesera (BWV 1034), además del Preludio, Fuga y Allegro para clave BWV 998. Todas ellas, obviamente, de Johann Sebastian Bach.

Vithanage impresionó por su dominio técnico y por su elegancia en el tocar, acompañada siempre de una amplia sonrisa que denotaba lo mucho que
estaba disfrutando —también ella— con la música y con la interpretación —la suya y la de sus compañeros—. La emisión del traverso de Martínez fue nítida y cálida, muy cálida, sobre todo en ese apabullante Andante de la Sonata BWV 1034. Domingo estuvo espléndida tanto en la labor de continuo como en las partes principales que otorga la sonata de la Ofrenda a los cuatro intérpretes. Y Sebastián supo extraerle toda la sustancia al bello sonido al clave Grimaldi (excepcional copia de Rafael Marijuán) frente al que se sentaba y en el que se marcó una antológica versión del Preludio, Fuga y Allegro (obra única en la producción bachiana precisamente por esa adenda del Allegro).

Cuando uno termina de escuchar a Bach en manos tan cualificadas tiene la sensación de reconciliarse con el mundo. Ojalá fuera algo más que una sensación.