Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Embarullado exotismo

CRÍTICA / Embarullado exotismo


Madrid. Auditorio Nacional de Música. 5-VI-18. Elena de la Merced, María Luisa Corbacho, Josep Miquel Ramón. Sebastián Mariné, Andrey Yaroshinshy, Sergio Espejo y Jesús Campo, piano. Neopercusión. Coro Nacional de España. Director: Miguel Ángel García Cañamero. Obras de Stravinsky y Prokofiev

Daniel de la Puente 

Se acerca el final de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España y uno de los asuntos pendientes en la programación era este singular programa "satélite" dedicado a dos de los grandes exponentes de la música rusa, Igor Stravinsky y Sergei Prokofiev, en un formato inusual con solistas vocales, gran coro, grupo de percusión y cuatro pianos que llenaban el escenario de la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional. En la selección de piezas adaptadas para dos pianos de El pájaro de fuego que abrió el concierto ya se empezaron a percibir claramente las luces y las sombras que marcarían una velada que había despertado gran expectación. 

Con Sebastián Mariné y Andrey Yaroshinsky al piano en esta primera intervención, quedó claro que iba a ser muy complicado delinear con la claridad y exactitud los complejos ritmos y texturas de Stravinsky y conjugarlos con un buen sonido, a pesar de la extraordinaria destreza técnica y musicalidad que desplegaron ambos intérpretes y posteriormente Jesús Campo con el cuerpo pianístico al completo. Miguel Ángel García Cañamero, desde el podio, estuvo siempre exacto y clarísimo en las indicaciones relacionadas con el apartado rítmico, pero encontró dificultades para dominar la enorme masa sonora producida por cuatro pianos, ocho percusionistas, hasta cinco cantantes solistas y un coro compuesto por más de ochenta voces.

Fue difícil tanto en la pequeña muestra pianística que inició el concierto, como en Las bodas, ya con toda la compañía en el escenario, discernir dinámicas más allá del fuerte o el fortísimo, que unidas al entramado rítmico de Stravinsky dificultaron la construcción de un mínimo discurso musical. No ayudó nada el descuidado balance entre los diversos actores de Las bodas: los solistas estuvieron continuamente tapados por el poderío sonoro de los cuatro pianos y el coro, afanado en cantar con exactitud la compleja rítmica de la pieza pero olvidando al tiempo empatizar con unos cantantes que rozaron el grito (más allá de lo necesario por la propia retórica) durante buena parte de sus intervenciones.

Alexander Nevsky se ofreció en una versión del propio García Cañamero para cuatro pianos y percusión, y dejó clara de nuevo la dificultad de trazar el discurso sobre una textura que por momentos no fue suficiente para sostener algunas  secciones, y que obligó a llevar unos tiempos exageradamente rápidos. La mezzosoprano María Luisa Corbacho, inaudible en la primera parte del concierto, dejó igualmente una extraña sensación en su breve e intensa intervención de El campo de la muerte. Aunque su voz fue homogénea en todo el registro y la musicalidad clara, la sensación de congestión que desprendió en todo momento hizo que no se viviera una experiencia cómoda. Sensación agridulce, pues, para una velada en la que se echó en falta más equilibro, contraste dinámica y sosiego rítmico.