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CRÍTICA / El Trío Arbós: un experimento de ensueño


Madrid. Auditorio Nacional. 3-III-2018. Trío Arbós. Obras de Schumann y Rihm.

Michael Thallium 

El Rin, ese río al que tanta música había dedicado, lo ahoga. Aquella tarde lluviosa del 27 de febrero de 1854, Robert Schumann (1810-1856) decide acabar con su sufrimiento arrojándose desde un puente al río protagonista del segundo movimiento de su Tercera sinfonía. Su camisón, verde y floreado, ondula henchido por las gélidas aguas del Rin a su paso por Dusseldorf. Quizás esas aguas puedan apagar definitivamente los horripilantes sonidos que machacan su cabeza. Unos pescadores lo ven saltar. Acuden rápidamente a salvarlo ignorando que, al sacarlo del agua, no hacen más que devolverle el sufrimiento. Todo había empezado dos semanas antes. Primero fue un dolor de cabeza con aura, luego un la persistente que Schumann oía constantemente en su cabeza; todos los sonidos se convertían en música para él. Cree que los ángeles le dictan una melodía y sobre ese "tema angelical" escribe cinco variaciones, Las Geistervariationen, que dedica a su mujer, la genial Clara Schumann (1819-1896). Pero, ¡ay!, los ángeles se tornan demonios, seres supraterrenales, tigres y hienas. Cuando los pescadores lo sacan del agua, lo llevan en volandas a su casa. Es carnaval. La gente se burla de él... Dos años más tarde, Schumann muere consumido por la locura y la sífilis en Endenich. Clara dedicó el resto de su vida a difundir la obra de su marido.

Tienen que pasar más de 160 años para que el Trío Arbós se arroje al agua de los conciertos organizados por la UAM en el Auditorio Nacional de Madrid con un experimento único en el mundo: interpretar el Trío op. 63 de Schumann intercalando sus movimientos con las Escenas extrañas (Fremde Szenen) del compositor alemán Wolfgang Rihm (1952). ¡Menuda locura! Sin embargo, el experimento que aconteció el 3 de marzo de 2018, mereció la pena. La obra de Rihm es una declaración de amor a Schumann. La intercalación de ambas obras me sumergió en esa evocadora imagen de Schumann ahogando su sufrimiento en el Rin. Schumann, el ángel; Rihm, el fantasma. El Trío Arbós resolvió genialmente esa angustia al regalar al público un arreglo para trío de Ensueño, esa hermosísima pieza de Escenas de niños que Schumann compuso en 1838, ignorante de su funesto destino. Ese Ensueño restauró la paz e inocencia infantiles. Alguien del público hasta meditó con esa propina. La locura solo fue un sueño, un mal sueño. El Trío Arbós nos llevó de vuelta a casa.

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