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CRÍTICA / El Haendel más doméstico


Aranjuez. Capilla del Palacio Real. 20-V-2017.  Marta Infante, mezzosoprano. Ars Atlántica. Director: Manuel Vilas. Haendel: arias de Rinaldo.

Eduardo Torrico

El 24 de febrero de 1711, Haendel estrena en el Queen’s Theatre de Haymarket su primera ópera en Inglaterra, Rinaldo, seguramente persuadido por un joven empresario —que, además, también esboza el libreto­— llamado Aaron Hill, un chiflado por cuya insensata cabeza pasa la idea de que los ingleses acaben enamorándose de la ópera seria italiana. El éxito de la empresa es brutal: quince representaciones hasta el mes de junio y un sinfín de reposiciones (hasta cincuenta y tres) en los años inmediatamente posteriores.

El triunfo de Haendel no pasa inadvertido a ojos de un personaje amoral y sin escrúpulos, una especie de pirata de agua dulce llamado John Walsh, cuya ocupación oficial es la de editor de partituras. Ante la gran demanda de música por parte de la burguesía londinense para tocar en sus casas, a Walsh se le ocurre poner a la venta una adaptación de las arias y los dúos de Rinaldo, al objeto de que puedan ser interpretados por un solo cantante acompañado de un instrumento melódico (violín o flauta de pico) y bajo continuo. No está claro si Walsh le pide permiso a Haendel para estos arreglos. No está claro quién hace los arreglos (hay quien sugiere que es el propio Haendel y hay quien dice que es Walsh, lo cierto es que ahí nace una relación comercial entre ambos que, con el correr del tiempo, sería extremadamente tormentosa). Walsh se forra y Haendel apenas ve un puñado de guineas. Pero espabila y en el futuro ya no será tan fácil dársela con queso.

Son treinta y tres los números que aparecen en esa partitura adaptada, la cual se vende como churros, hasta el punto de que no hay un solo lugar en aquel Londres en el que no se escuche a todas horas la música de Rinaldo. Lo sorprendente es que en nuestros días, ni siquiera pese al formidable impuso recuperador del movimiento historicista, esta partitura adaptada de Rinaldo sigue sistemáticamente olvidada. El contratenor Xavier Sabata recuperó varias arias en noviembre de 2015, durante un recital que, organizado por el Teatro Real, ofreció en el madrileño Auditorio Sony de la Fundación Albéniz (lo acompañaban el violinista Simos Papanas y el clavecinista Markellos Chryssicos). Pero ahí quedó la cosa,

El arpista Manuel Vilas ha tenido ahora la feliz ocurrencia de repescar a este Haendel doméstico. Lo ha hecho en el Festival de Música Antigua de Aranjuez. Nueve arias de Rinaldo cantadas, más la obertura al clave y otra aria al violín, junto con otro arreglo para viola da gamba de la famosa Lascia ch’io pianga, esta no realizada ni por Haendel ni por Walsh, sino por quien la ha interpretado en la capilla del Palacio del Real Sitio, Sara Ruiz.

El recital tuvo un nivel desaforado, no solo por esta extraordinaria música haendeliana, sino por el lustre que le supo dar Marta Infante, pletórica en las arias de bravura y conmovedora en las patéticas. No menos mérito tuvieron los compañeros de travesía de la mezzoprano ilerdense: los ya mencionados Manuel Vilas y Sara Ruiz, el violinista Mauro Lopes Ferreira y el clavecinista Alfonso Sebastián.

Escuchando estas arias, es imposible evitar que nuestra imaginación retroceda hasta el Londres de los primeros años del siglo XVIII y trate de recrear cómo sería una de aquellas veladas musicales en alguna casa importante del Strand o de Whitehall. Todos los miembros de aquellas familias tocaban al menos un instrumento musical, y lo hacían seguramente todas las tardes. Pero Inglaterra no era una excepción: los alemanes, los holandeses y tantos otros europeos del centro y del norte se reunían al calor de la lumbre para hacer música. En España, quizá por eso del permanente buen tiempo, a esas mismas horas la gente se estaría poniendo ciega de vino en alguna posada de mala muerte, mientras batía palmas al compás de una guitarra. Quizá en ello encontremos la respuesta de por qué los españoles seguimos teniendo tan poco apego a la música considerada culta.