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CRÍTICA / El Cuarteto Prazák; Parera Fons y el repertorio centroeuropeo (susurros, respiro)


Madrid. Auditorio del Centro de arte Reina Sofía. 22-X-2018. Series 20/21. Cuarteto Prazák. Obras de Viktor Ullmann, Alban Berg, Antoni Parera Fons y Alexander von Zemlinsky.

Santiago Martín Bermúdez

Después del espléndido concierto del miércoles 17 en el Liceo de cámara del CNDM, el Cuarteto Prazák ha vuelto a asombrarnos con un repertorio muy diferente. La gran novedad era la reposición del Tercer cuarteto de Antoni Parera Fons [en la foto], obra que ya tiene cuatro años. Y, como ahora veremos, añadió asombro al asombro.

La temprana obra de Alban Berg, el Cuarteto op. 3, de cuando había concluido su etapa como alumno de Schoenberg y Zemlinsky (estamos en 1910), es ya una muestra clara de la estética plenamente postwagneriana que se impone en Europa Central. No es una estética con rasgos plenamente definidos, y muchos menos aún con un cuerpo de doctrina (ya vendrá la doctrina con el maestro), sino una tendencia en la que el discurso permanece en el mundo de la tonalidad pero ésta ha sido vulnerada y convertida en algo más o menos la anfitriona de la casa-música. El cromatismo no es el rey, pero sí el nuevo diabolus in música. Ahora, los compositores proponen una verdad dramática apoyada en la fuerza de la disonancia sin que la estridencia sea más que una apoyatura, un rasgo expresivo en el mejor de los casos; como ocurría con la disonancia misma tiempo atrás. Esa tendencia tiene una estirpe muy ilustre, y no nace en Berg, claro que no, porque antes que el op. 3 de éste ya se habían compuesto y estrenado óperas como Salomé y Elektra, de Richard Strauss, entonces muy admirado por Berg; y tanto Zemlinsky, el primero de los cuatro vieneses (hace tiempo que sabemos que eran cuatro, no tres; cinco, si añadimos al padre, un tal Gustav Mahler, y con los cinco todo cobra un sentido mayor), como Richard Strauss) como Schreker o el joven y envidiado E.W. Korngold, entre otros, alzaron una suerte de lenguaje centroeuropeo en el que estaba permitida la transgresión y hasta la herejía, y que resulta muy reconocible de una obra a otra. Todavía cabía la pelea, pero no la exclusión. 

Sentimos el pálpito común de los cuartetos centroeuropeos que desgranó el  Cuarteto Pražák como hermosos, densos relatos de una geografía que pudo ser toda una civilización. Esa estética —si lo era— la destruyó por completo el III Reich, no hace falta decirlo, como destruyó esa civilización. Llevó a una muerte temprana a algunos (a Schreker, a Zemlinsky), asesinó a otros (Schuloff; y a todos los de Terezín, como Ullmann, Krása y Haas), exilió a tantos (desde Schoenberg hasta Korngold, pasando por Hindemith, que no por ello fue un héroe), premió a los acomodaticios (Egk, Orff), convivió con el molesto Richard Strauss, nada heroico pese al título de su poema sinfónico… pero de qué sirve el heroísmo, inerme ante el perro rabioso. Destruida esa tendencia tan rica de la Europa Central más creativa, sus ruinas pasaron a formar parte de las amplias ruinas europeas. Sobre ellas se edificó la oportuna y oportunista escuela de la autoproclamada vanguardia. Doble condena, pues, la de esta rica escuela (que no fue escuela), que revive a menudo en  conciertos y teatros de ópera. Dentro de esa recuperación permanente del repertorio vivo, vivísimo, más vivo que tantas propuestas posteriores y cercanas a nosotros, el Cuarteto Prazák ha paseado y registrado obras de músicos como Zemlinsky y Berg. Los viejos de la aldea global musical recordamos la recuperación fonográfica de Zemlinsky a finales de los setenta y, de repente, la aparición de una integral suya de Cuarteto de cuerda (LaSalle, D.G.); un fenómeno que ayudó a orientarse entre la bruma de las leyendas que ocuparon un tiempo el lugar del olvido. 

Ese clima se enseñoreó de la intimidad del auditorio del Centro de Arte Reina Sofía el pasado lunes, cuando el Cuarteto Prazák cantó, leyó y, sobre todo, respiró e hizo respirar, las propuestas de estos enormes compositores, desde la juventud sabia de Berg hasta la antesala de la muerte del Cuarteto op. 46 de Ullmann, compuesto en Terezín. Ullmann era de ascendencia judía, no era de religión judía, estaba integrado, pero eso importaba: yo digo quién es judío, proclamaba muchos años antes el antisemita Karl Lueger, alcalde de Viena, para hacer saltarlo por alto y hacer negocios con algunos; aquí era para lo contrario, nada se pasaba por algo, cualquier ancestro te condenaba. Esa fue la tragedia de todo un continente, y de personas concretas como Zemlinsky, cuyos cuatro cuartetos (y pico) son un monumento de la época, pero monumento transportable en la intimidad y en el susurro.

El susurro, la respiración… Hay que repetir estos conceptos; conceptos, no simples términos, porque estremece la respiración de todo el op. 46 de Ullmann, y en especial el Largo, como nos hiere el Allegro final; hace falta una gran capacidad de sugerencia, de matiz, de conquista de las gamas más bajas para representar ese drama. Y desde el principio del recital, tal fue la virtud y ese fue el acierto del Cuarteto Prazák. No tendría que habernos sorprendido después del Mozart futurista del miércoles 17. Pero, qué quieres, hay bellezas que sorprenden aunque las conozcas de antemano. Y, precisamente, este Cuarteto era la obra menos conocida del recital, aparte (claro) del Cuarteto de Parera, que pertenece a otras fechas y geografías. Es la obra de Ullmann, lo sabemos, una composición en el camino hacia la muerte. 

El Berg juvenil es ya el Berg de plena madurez que dará mucho años más tarde el Concierto para violín o Lulu, con ese sentido dramático, teatral, expresivo, que nunca abandonará porque estaba demasiado dentro de él. El Prazák ahondó en la vena de tonalidad desmentida o tonalidad esquiva que es marca de los dos discípulos vieneses desde el principio, si bien el discurso de Webern tenderá a la síntesis extrema y el de Berg se permitirá los avances del progreso dramático (dijera lo que dijera Schoenberg cuando le reprochó —será posible— escasa capacidad de desarrollo). El Cuarteto Pražák tiene grabado este Berg, junto con la insuperable Suite Lírica y el op. 28 de Webern; lo reseñábamos aquí hace años. Sería uno incapaz de decir si la lectura en vivo del lunes pasado se diferencia demasiado de aquella del registro algo lejano. Ciertos niveles de capacidad expresiva en eso que hemos llamado susurro y respiración son tan altos que no se pueden calibrar desde aquí abajo. Además, la presencia y la personalidad de estos cuatro músicos impiden que plantearlo sea justo, ni siquiera pertinente. 

Al final, con Zemlinsky llegó la luz del apoteosis y la culminación de suspiro y respiro. Debió de ser en el momento Andante del tercer movimiento cuando la suspensión del sonido sugería el débil jadeo de la fatiga en la existencia. O algo por el estilo, discúlpenme usted, porque lo que compone Zemlinsky este año 1924, tan cerca de su Sinfonía Lírica, en plena actividad en el Teatro alemán de Praga, es la introspección por excelencia. Es una época en la que el cielo finge empezar a despejarse. 

Y dejamos para el final, claro está, ese plato fuerte que muchos sabían que lo era, y que ha sido una sorpresa para buena parte del respetable público que llenaba este otro auditorio pese al reclamo irresistible que tenía lugar en el otro. No sería justo ni limpio desentrañar con una sola escucha el Cuarteto nº 3 de Antoni Parera Fons, subtitulado "Mediterránea". Este mallorquín de Manacor, compositor que domina el difícil arte de escribir para la voz, oculta un cantábile a la menor ocasión. Se puede decir que solo canta, como en el primer movimiento, pero no se puede negar que canta cuando baila en el segundo. O que reprime un canto en el tercer movimiento, Reflexió, título que indica que es el momento de introspecciones, y en el que advertimos un episodio o una idea que se repite y que no es lírica, que tampoco es la desolación de los paisajes a la manera de Shostakóvich; no me atrevo a decir qué sea eso, ni el compositor soltaba prenda en este sentido cuando se lo pregunté. Pero ahí estaba la culminación del Cuarteto. Si tampoco era depresión, qué era. Un éxtasis, quién sabe. Lo extático no precisa transfiguraciones ni ascensiones en cuerpo y alma. El alma solo es de Dios, ya lo sabemos, pero el tránsito no es solo muerte, es también transformación del espíritu. Por eso es una reflexión. Y, para celebrarlo (y aliviarlo), qué menos que una agitada danza final. El canto y la danza tan habituales en la estética de Parera Fons para agitar el alma, confortar el alma… y para darle voz al alma silenciosa que contempla el enigma que se propaga entre la aldea y el universo. El CNDM ha encargado a Parera Fons un nuevo cuarteto. Será el cuarto. Somos muchos los que lo esperamos con impaciencia. 

Entre los asombros, no es menor el de la identidad que le han dado a este Cuarteto de Parera los componentes del Pražák. Lo integraron de manera natural en una estética ajena como si fuera uno de los creadores o consecuencias, no importa, de aquel movimiento aplastado por las sinrazones de la historia. Parera despierta esas sensaciones. Hace tiempo que llegó el tiempo en que no se puede invocar el tiempo para silenciar las poéticas y las voces. En efecto, una obra maestra como el Tercer cuarteto de Parera no se habría podido componer en los tiempos felizmente lejanos del terrorismo de Darmstadt (concepto que no es mío, sino de Dutilleux y otras víctimas de esos agentes con licencia para matar).

Circula por esos mercados la integral de los Cuartetos de Beethoven del Cuarteto Prazák. Tal vez tengamos oportunidad de referirnos a este ciclo, del sello Praga, el habitual de esta formación checa. Algunas muestras ya se comentaron. Falta el todo.