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CRÍTICA/ El Canto de Goerne


Madrid. Teatro de la Zarzuela. 08-V-2018. XXIV Ciclo de Lied. Schubert, Schwanengesang. Matthias Goerne, barítono. Alexander Schmalcz. 

Michael Thallium

"La suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa". Ese es el teorema de Pitágoras. Pitágoras era, entre otras muchas cosas, griego. Los griegos eran mitólogos. Su dios Apolo era el patrón de la música y la poesía. Apolo cabalgaba sobre un ave nívea a él consagrada llamada cisne. Al cisne se le atribuía un bello canto que emitía justo antes de morir. Si ese canto era realmente bello o no es algo que ignoramos, porque lo cierto es que los cisnes cantores emiten un graznido de trompeta de feria muy poco melodioso. El asunto es que esa frase, “el canto del cisne”, se convirtió en una metáfora que perdura aún en nuestros días para designar la última obra de un artista antes de morir. Por eso, tras la muerte de Franz Schubert a los 31 años de edad en 1828, su hermano Ferdinand y el editor Tobias Haslinger (1787-1842) dieron ese título póstumo a la selección de canciones —que ellos mismos hicieron— basadas en siete poemas de Ludwig Rellstab (1799-1860) y seis de Heinrich Heine (1797-1856). Posteriormente, quizás por ser la última canción escrita por Schubert, agregaron Die Taubenpost, con texto del poeta Johann Gabriel Seidl (1804-1875), aunque Schubert no tenía intención de incluirla en ningún ciclo. De hecho, el barítono alemán Matthias Goerne la interpreta, acertadamente, como propina cuando canta este ciclo. ¡Y cómo lo canta!

El Canto del cisne comenzaba en el Teatro de la Zarzuela con una notable ausencia, la del pianista austriaco Markus Hinterhäuser, quien tuvo que cancelar el recital por enfermedad. Si bien es cierto que me hubiera encantado ver a Hinterhäuser acompañando a Goerne en este último ciclo para así cerrar la famosa tríada de ciclos schubertianos que ambos habían emprendido este año en Madrid —anteriormente habían interpretado La bella molinera y Viaje de invierno—, no es menos cierto que Alexander Schmalcz lo reemplazó con solvencia. No era tampoco la primera vez que Schmalcz y Goerne, a quienes une la amistad personal de años, actuaban juntos —para quienes deseen escucharlos en acción, recomiendo Nacht und Träume, del sello Harmonia Mundi— y la velada transcurrió sin sorpresas y yendo de menos a más.

La interpretación de Goerne fue magnífica y aplaudidísima, aunque durante la primera mitad del recital, en las canciones con textos de Rellstab, estuvo a punto de rompérsele la voz en algún momento, y también tuvo algún que otro lapsus con los textos —por ejemplo, en In der Ferne— que muy probablemente pasaran inadvertidos a quienes no hablen alemán. Sin embargo, Goerne resolvió esos 'problemillas técnicos' con genial maestría, alcanzando momentos brillantísimos en Ständchen, Herbst —canción que Goerne incluye muy legítimamente en este ciclo— y Abschied. En las canciones con textos de Heine, Goerne lo bordó con su increíble voz de oro, llena de matices, preciosísimos sottovoces y potentísimos fortes, pasando de unos a otros con una facilidad pasmosa. El ciclo culminó con Der Doppelgänger en una interpretación tan íntima como espectacular. El barítono alemán se subió al ave nívea de su voz consagrando el más bello y sin par de los cantos: el canto del Goerne. 

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