Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / El camino interior de José Hernández Pastor

CRÍTICA / El camino interior de José Hernández Pastor


Madrid. Iglesia Evangélica Alemana. 9-VI-2018. El canto de Polifemo. José Hernández Pastor, voz a capella. Música contemplativa occidental.

Ernesto Calabuig

No se entra ni se sale de un concierto de José Hernández Pastor a la manera acostumbrada en tantos espectáculos de fin de semana. No se juegan aquí las cartas en el terreno de la simple belleza formal, la apreciación y valoración técnica del virtuoso o el simple entretenimiento. Las dos ocasiones en las que quien escribe estas líneas ha podido asistir a escucharlo (semanas atrás en el convento barroco de Las Góngoras, en el madrileño barrio de Chueca, y el sábado en la Iglesia Evangélica Alemana del Paseo de la Castellana) ha tenido la sensación de haber pasado por una experiencia transformadora y única. Escuchar a Hernández Pastor es todo menos un trámite neutro o anodino. No miente el programa de mano al señalar que se pretende "provocar una vivencia en el asistente". No hay aquí publicidad engañosa: Hernández Pastor produce efectos. Puede que uno asocie el canto gregoriano a la innegable belleza de un entonado coro de monjes y quizá por eso sorprenda aún más todo lo que puede hacer un solo cantante con su voz prodigiosa mientras, apareciendo y desapareciendo, se desplaza por todos los recovecos, corredores y ángulos de la iglesia, proyectando su canto en las bóvedas, columnas, altares… pero, sobre todo, en el corazón de los espectadores.

Muy acertado que el concierto lleve por título "En alas del Espíritu. Música contemplativa occidental", pues justo así, transportado sobre esas alas, se va sintiendo el público en sus bancos y asientos, un público que gradualmente parece olvidarse de sí, ceder y sentir el deseo de bajar la cabeza y la mirada, cerrar los ojos para permitir que la voz y el poderoso recitativo sanen heridas que nos acompañan a diario y tal vez desde muy antiguo. "Piensa que cuando Pepe canta, medita", me advierte Paco Martínez Quirce, el gran impulsor de la asociación El Canto de Polifemo, el héroe cotidiano que tiene el atrevimiento de poner en pie, cada vez, esta y otras maravillas, en un asombroso ciclo musical que poco a poco se ensancha, se agranda y va cogiendo poso y cuerpo. Me hace este comentario tras el concierto y pienso que todo cuadra y que aquí nada es casual, tampoco que el nombre de la iglesia evangélica sea en alemán Friedenskirche: la iglesia de la paz, una edificación de tiempos del káiser Guillermo II, que se define en los folletos como un oasis en pleno centro de Madrid.

A tono con el oasis y con la paz, ocurre que el intérprete José Hernández Pastor, este hombre corpulento, de gran estatura, fortaleza y presencia física, es capaz de emitir una voz delicada y prodigiosa, llena de matices, tal vez porque no ha elegido el combate, la violencia o el alarde físico, sino precisamente la paz, transmitir calma y reposo entre quienes lo escuchan, pues también a la tranquilidad y al "consuelo en el llanto" se referirá uno de los textos latinos que entona, textos que nos hablan de una luz que es Luz, del agua purificadora de la sabiduría, del alma que esforzada asciende montes, caminos y Cielos de gloria donde la verdad se contempla, de mantener el corazón confiado, anhelante y elevado a Dios, de nacimientos y renacimientos, de visiones y emocionantes aleluyas… Recorre el intérprete los rincones de la iglesia navegando a favor de la buena acústica y, justo a su espalda, desde el paseo de la Castellana se filtra el estruendo de una motocicleta a todo gas que ya no consigue desconcentrarlo, como tampoco el chirrido o el golpe inoportuno de alguna puerta. Ya había advertido el organizador que este hombre ascético, de barba y melena larga, vestido de riguroso y luminoso blanco, al tiempo que canta, medita. Su trance se dirime en una esfera más allá de las interrupciones y las contingencias humanas. Por ello canta "Mi corazón medita siempre en ti".

En su deambular, desgrana uno de los textos desde un púlpito presidido por un tapiz con fondo verde que nos recuerda en alemán, en letras doradas: Gott ist das Brot des Lebens (Dios es el pan de la vida). El rugido ya lejano y diluido de la motocicleta, refuerza y subraya el gran logro de José Hernández Pastor –algo que trasciende su increíble dominio técnico-: hacer un corte en la velocidad y agitación de nuestro mundo, esa ralentización que, como se dijo, nos encamina a cerrar los ojos, a bajar la mirada y la cabeza. Nos hace conscientes de nuestra dificultad y casi imposibilidad diaria de quedarnos quietos, guardar silencio y dirigir la mirada hacia ese interior que hace mucho dejamos de buscar pero que aún sigue aguardando para conectarnos con lugares elevados y hermosos. La pureza de la voz, la belleza de los textos medievales, nos recuerdan y advierten, en el siglo XXI, que podríamos y deberíamos ser otros y de otra manera, si fuésemos capaces de ir contracorriente y cortar la vorágine salvaje este mundo de locos. Si entre los cerrados aplausos el cantor levanta el libro de partituras en todo lo alto, es porque las palabras que contiene resumen el núcleo de todo lo importante y porque él se siente un mero transmisor de aquello espiritual y divino que nos supera y nos trasciende.