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CRÍTICA: El asombroso Daniel Kharitonov


Madrid. Teatros del Canal. 14-2-2014. Ciclo de Jóvenes intérpretes de la Fundación Scherzo. Daniel Kharitonov, piano. Obras de Chopin, Liszt y Rachmáninov.

Santiago Martín Bermúdez

¿Será posible que todavía podamos asombrarnos? Lo es. Lo fue ayer, una vez más. El ruso Daniel Kharitonov (o Jarítonov, como pronunciaríamos nosotros), un joven que aún no ha cumplido los diecinueve años, dio en el Canal -en nuestro ciclo de Jóvenes intérpretes (Fundación Scherzo)- uno de esos recitales que electrizan al público y se quedan en la memoria. Fue el virtuosismo y la agilidad, la técnica y el sentido, todo en un concierto que fue de menos a más, en un crecimiento desde el más íntimo Chopin hasta el más espectacular Liszt apoyado en Rachmáninov, con una Sonata final de éste de la que algo diremos ahora mismo.

Kharitonov escogió tres compositores que fueron virtuosos del piano. Empezó con Chopin, y en uno de los Estudios, nos hizo temer que aquello iba a ser "muy escolar", sobre todo en determinado momento en que pareció algo mecánica la manera de desgranar el ostinato de la mano izquierda. Pero poco a poco, y culminando en la Primera Balada, el joven virtuoso puso las cosas en su sitio, como diciendo: qué se creía usted… Chopin, gran virtuoso del piano, no hizo carrera por motivos de salud. Hay que aclarar esto último, o corre uno el peligro de que cualquier paleto te "corrija" y te enteres al cabo de los años.

El Tercer Estudio Paganini y, sobre todo, la introspectiva y muy conocida Consolación nº 3, abrieron la segunda parte y el pequeño (o grande) recital Liszt, con una Segunda Rapsodia húngara, corregida y aumentada en progresiones y cromatismos por Rachmáninov, que llenó de energía, de electricidad la Sala Roja de los Teatros del Canal. Si nos parecía asombroso el jugar de manos (que no "juego de manos") en la Balada, en la Rapsodia ya no alcanzábamos a ver las manos, con esa maestría en las celeridades, pero en especial en las notas a contratiempo. Con esto, ya estaba presente Rachmáninov, en homenaje y uso de su admirado antecesor Ferenc Liszt.

Y siguió Rachmáninov hasta el final, de nuevo con una obra breve como introducción, esa forma, ese género en que el maestro ruso destacó por su excelencia, el Preludio (en este caso, op. 23 nº 10) para llegar a la Sonata corregida en 1931 (primera versión, 1913), donde se diría que el compositor deseaba desmentir las acusaciones de músico demasiado tradicional, el sambenito de reaccionario: atención a esos momentos realmente debussyanos del Non Allegro. Con esto, Kharitonov se metió al público en el bolsillo, pero aún nos reservaba una sorpresa. Se esperaba una propina, un bis, es lo habitual. Pero que, no contento con lo había desplegado hasta ese final, tocase la secuencia de síncopas y (de nuevo) propuestas a contratiempo de la Séptima Sonata de Prokófiev (tercer y último movimiento, Precipitato) fue el colmo, en especial porque adoptó un tempo muy acorde con el "título" o indicación: fue una carrera que daba la impresión de "sin aliento".

Daniel Kharitonov tiene, sin duda, un excelente porvenir, y una madurez que conquistar, pero lo que de veras tiene es un presente indiscutible. Su recital del día de San Valentín fue de un nivel difícil de alcanzar y de una vitalidad más allá de lo ágil o el virtuosismo técnico.