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CRÍTICA / Domingo después de las 3.900


Madrid. Teatro Real. 17-VII-2017. Verdi, Macbeth. Plácido Domingo, Anna Pirozzi, lldebrando D'Arcangelo, Brian Jagde. Director: James Conlon

Fernando Fraga

Casi coincidiendo con la aparición videográfica de su Macbeth captado en Los Ángeles en 2016, Domingo ha vuelto a cumplir su permanente cita madrileña con esta tan grandiosa partitura verdiana, oportunidad para llegar a su función número 3.900. La lectura se ha ofrecido semi-escenificada, con los suficientes aderezos (coronas, puñales, espadas…) para quizás facilitar el olvido de las anteriores funciones de esta ópera soportadas en el Real, a cargo del caprichoso, ególatra y disparatado Dmitri Tcherniakov. Unos pocos elementos de atrezo, el tímido pero suficiente uso de la iluminación, un rápido aporte videográfico, la Lady cambiando de vestido de una escena a otra (con diferentes colores en plan de sencilla simbología), el movimiento actoral y hasta el recurso de convocar la presencia del infante Fleanzio, sirvieron para crear la ilusión de que la velada intentaba ser algo más que una fría e insuficiente función concertística.  

Domingo se sirvió de sus recursos que conoce y domina conforme a su experiencia, dando algunos síntomas de cansancio y puntuales limitaciones en el fiatom debilidades intermitentes de inmediato superadas gracias a la fuerza de voluntad y la entrega que le caracterizan, pasando de los momentos de fuerza a los de intimidad con los modales del gran cantante e intérprete que se conoce. El fraseo fue detallado e incisivo, la personificación clara y conveniente, encontrando los mayores aciertos en la segunda escena con  las brujas y en su momento solista. Fue evidente además, su inteligente identificación con el personaje, tal fue su exhibición como actor dentro de las limitaciones de la propuesta. El fenómeno Domingo aún sigue en pie.

Tras la donizettiana Elisabetta del Roberto Devereux de 2015, Anna Pirozzi regresaba al Real. Soprano lirico spinto volcada últimamente a las partes más onerosas de esta tipología vocal, siempre dentro del repertorio italiano (va a debutar próximamente Turandot), fue una Lady Macbeth de medios suficientes, evidentes intenciones y resultados en general muy notables. Su mejor arma fueron los agudos, precisos y potentes, emitidos con comodidad y sabiamente proyectados, con unas notas graves siempre audibles a partir de su sólido apoyo central. Los pasajes de coloratura fueron fácilmente solventados, pues supo aligerar los medios para que ello fuera posible (en el brindis por ejemplo), sacando adelante muy bien Una macchia é qui tuttora a pesar del agudo final, respetada la escritura verdiana pero con la nota aguda en piano un tanto debilitada inesperadamente. En el plano dramático, una Lady Macbeth sutilmente malvada más que enérgicamente agresiva.

D’Arcangelo hizo todas sus frases con la noble y solemne redacción que así permite destacarlas el compositor y cantó con musicalidad e intenciones su preciosa aria. También hizo una notable lectura de su página solista el tenor Brian Jagde, surgido de los premios Operalia, aunque la planteó tendiendo más al empuje que a la introspección, aunque dejara ocasionalmente también algún detallado matiz. 

Cumplió Auram Hernández como Malcolm, un poco apurado en la nota alta que tiene en su frase de mayor compromiso. Nada en contra de la labor de Fernando Radó (Médico) y Raquel Lojendio (Dama). David Sánchez apechugó con el Sirviente, el Heraldo y el Sicario y las tres apariciones fueron cubiertas con la dignidad requerida por miembros del coro. 

Conlon realizó una labor encomiable porque la orquesta sonó empastada, rica y colorida sin enturbiar jamás la labor de los solistas en una la lectura desde cualquier punto a juzgarse impoluta. El coro, que es la presencia más importante tras la labor exigida a la ambiciosa pareja, estuvo formidable. 

Un dato más que privilegió la velada. Se ofreció la partitura muy al completo: La lady repitió la cabaletta, se escuchó el ballet del acto III y Domingo interpretó el Mal per me (otro gran momento suyo) el cantable final perteneciente a la edición florentina de la ópera, la original de 1847. Bueno, poniéndose uno quisquilloso se comieron dos mínimas frases al final del acto III cuando aparece de improviso Lady Macbeth: La Regina (que tendría que decir el Heraldo, o sea, David Sánchez según el programa) y Che? a cargo de Macbeth.