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CRÍTICA / Doble triunfo del brillo y la expresión en la "Lucía" del Real


Madrid. Teatro Real. 23-VI-2018 y 1-VII-2018. Donizetti, Lucia di Lammermoor. Venera Gimadieva-Lisette Oropesa, Ismael Jordi-Javier Camarena, Artur Rucinski-Simone Piazzola, Marko Mimica-Roberto Tagliavini, Yijie Shi. Director musical: Daniel Oren. Director de escena: David Alden.

Fernando Fraga

Afirmar que Oropesa estuvo a la altura de tan exigidísimo personaje, vocal y expresivamente, es quedarse corto. No solo se paseó sin el más mínimo desfallecimiento y con sorprendente facilidad por toda la onerosa tesitura, creó además una Lucia frágil, femenina, muy bien definida página a página en un crescendo de enorme eficacia dramática y, para colmo, sumando a tan consistente actuación  una equivalente belleza visual. Dentro del mejor estilo belcantístico para más concreción y disfrute. Oropesa, en fin, supo aprovechar las partes de brillo vocal y los momentos dramáticos que el personaje permite, en una suma infalible e intercomunicativa entre exhibición instrumental y capacidad expresiva, tal como era de esperar, sin sorpresas, tras su previa Gilda verdiana en 2015.

Afectuoso y apasionado, como debe ser y como necesita que sea traducido, fue el generosísimo Edgardo de Camarena, la réplica ideal para el trabajo de la soprano ya desde el dúo del primer acto donde ambos, para colmo, sacaron adelante sin desmayo, inspiradísimos, la hermosa parte pese a la torpe y exagerada dirección impuesta por el montaje. Y con la escena final, su gran momento, en línea de canto y matices añadiendo alguna nota aguda gratuita e impactante, siempre atentísimo a los matices, redondeó el tenor mexicano su apasionada y memorable ejecución, la propia sin más del personaje. Esta primera pareja, pese a su brillantez, no ofuscó demasiado a la segunda. Asimismo excitante actriz, la Gimadieva de instrumento más cercano a lo lírico que a lo ligero, destacó en los momentos de canto spianato o andantes, resolviendo sin evidentes dificultades los de coloratura con firmes agudos (unos más que otros) y siempre muy intensa, concentrada, directa en la expresión.

El canto elegante de sinuoso fraseo, de Jordi situó su Edgardo a la altura que le corresponde, con una escena de la muerte asimismo muy bien traducida como punto culminante de su loable prestación. La marcada rudeza y agresividad de Enrico le convino mejor, por medios de superior empuje instrumental, a Rucinski que a Piazzola; aquél más sonoro que éste, algo corto de volumen a veces pero los dos generosos de registro y entrega. La nobleza de canto que normalmente corresponde a Raimondo estuvo suficientemente expuesta por Tagliavini y Mimika quienes, cuando fue necesario, supieron cambiar de talante para que el un tanto venal capellán adquiriera su completo significado. Shi, a pesar de una caracterización que le asemejaba a un coloreado Harpo de los hermanos Marx, fue un sposino de enorme estatura aunque normalmente suele distribuirse a una voz menos tirando a ligera como es la suya, con una actividad constante como contraltino rossiniano; impecables Marina Pinchuk (Alisa) y Alejandro del Cerro (Normanno).

El coro destacó en todas sus intervenciones, como de costumbre. Alden continúa con ese mal endémico del cambio de tiempo (época de la composición de la obra) y de espacio, un lugar cerrado y opresivo con poco contacto con el exterior, limitado de  colores (negros,  grises o casualmente blancos así como el previsible rojo para la escena puntual)  en vestuario (Brigitte Reiffenstuel) y decorados (Charles Edwards) de inevitable monotonía pero bien eficaces para rápidos cambios de escena.  Una Escocia (sí, el tenor lleva la faldita a cuadros), con momentos de acertada iluminación (Adam Silverman), que permitía evocar el mundo literario de Dickens (Lucia parecía por momentos la pequeña Dorrit y Normanno podía ser un personaje de Dombey e hijo) o el más siniestro de Matthew Lewis y Wilkie Collins. Alden puso una atención especial a la caracterización de personajes aunque con tendencia, incomodando por ello a menudo la labor del cantante, a llevarlos al exceso sobre todo en el caso de Enrico, a quien sitúa como principal detonante de la trama. Una acción reflejada con una violencia y una sexualidad (no faltó tampoco el ya bien socorrido recurso al alcohol) un tanto innecesarias o fuera de contexto.

Tan gratuito realismo llega a chocar con el rabioso clima romántico que impregna la obra cuya narración finalmente queda un tanto complicada o difuminada por esa relectura argumental, fruto por otro lado de un sólido trabajo escénico (en especial con el coro aunque con algo de tendencia de nuevo a propasarse) pero a partir de ese discutible punto de partida. Un marcaje de actores que, sin duda, afectó a la dirección de orquesta con tempi tendentes a la lentitud, pero sin perjudicar la excelente labor de Oren, director-concertador de extraordinaria capacidad y experiencia, que hizo una lectura tanto al servicio del compositor como al del lucimiento canoro  ofreciendo la partitura sin los cortes no sólo de las dos escenas tradicionalmente ignoradas sino de muchos compases que se  evitaban por resultar algo repetitivos o poco importantes. Para la escena de la locura, recurrió a la armónica de cristal (Sascha Reckert o Philipp Marguerre) que Donizetti había previsto en su estreno napolitano para dar mayor énfasis a la alienación de la protagonista, luego sustituida por la más común flauta. Sin duda la primera vez que se utiliza en nuestro país.