Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Diálogos fructíferos

CRÍTICA / Diálogos fructíferos


Festival de Stresa (Italia). 1/3-IX-2017. Conciertos de Teodoro Anzellotti (fisarmónica), Accademia del Piacere y Arcángel y Sinfónica de Londres con Gianandrea Noseda. 

Arturo Reverter

Este bien urdido Festival que cuenta ya con 53 años de antigüedad y que dirigen Gianandrea Noseda, con Carmelo di Gennaro como segundo de abordo, se desarrolla en un maravilloso paraje a orillas del Lago Maggiore y con Stresa como centro de operaciones. Favorecido por esa privilegiada ubicación, busca la presencia de artistas hispanos y se sitúa en marcos históricos,  como el Castillo Rocca Borromeo, importante y austera construcción del siglo XIII, enclavado en la localidad de Angera. Allí tuvo lugar el insólito concierto de Teodoro Anzellotti, un artífice de la fisarmónica, hermano del acordeón provisto de pequeños botones, que abarcan la interválica equivalente a la del piano moderno. Serio, estatuario, de expresión facial inexcrutable, el artista supo crear, en sentido inverso, un clima espiritual acogedor, efusivo, de una calidez singular, sorprendentemente unido al adusto marco de la sala de justicia, iluminada con antiguas y borrosas pinturas medievales. 

Empezamos por el dolorido y concentrado Tombeau a la muerte de Monsieur Blancheroche de Froberger y seguimos por seis Piezas para clavecín de Rameau, que tuvieron la solicitada gracia descriptiva; después, los disonantes claroscuros de Slow motion de Hosokawa, el toque popular de Reprise de Schöllhor, los refinados ecos de Le rappel des oiseaux de Dayer y el gracioso Tambourin de Vassena, composiciones éstas dedicadas al propio Anzellotti. La última parte quedó reservada a los resplandores y claroscuros, a las súbitas aceleraciones de esa improvisación que es Chanson, Sequenza nº. XIII de Berio (1995), también escrita para el instrumentista de Apulia. El recital se cerró con un bis del mismo Berio, Altro, tras unas bien acentuadas, secas y cortantes 6 Danzas rumanas de Bartok.

De muy distinto signo fue, como cabía esperar, el sustancioso concierto de Arcángel y la Accademia del Piacere en el moderno auditorio de Verbania. En él, a lo largo de un programa que ya se ha tenido ocasión de escuchar en otros escenarios desde hace unos años, se consigue establecer, logrando un todo conjunto, lazos entre músicas coloniales de ida y vuelta y el flamenco, como frutos resultantes de los cruces entre culturas y géneros diversos, pero en el fondo emparentados. Así asistimos a la convivencia y a la fusión de guarachas y guajiras con tanguillos de Cádiz, seguirillas, jácaras, folías y bulerías. Todo sutilmente entremezclado y servido por intérpretes muy dotados, como el  cantaor onubense, capaz de extraer lo más jondo de sus largos y agudos melismas, realizados a plena y a media voz, envueltos en el duende y el misterio que la ocasión demandaba y conectados de manera muy natural a las músicas de otro signo en un fructífero intercambio, en busca de la unidad superior, de líneas y colores, con la base bien trabada de los instrumentos barrocos (guitarra, tres violas de gamba, un violón), tocando en sustancial tacto de codos con la guitarra flamenca de Miguel Angel Cortés y las virtuosas percusiones de Agustin Diassera. Junto a ellos la luz penetrante de la voz de ave de la soprano Mariví Blasco -muy hermosos sus dúos con Arcángel- y la participación de la austera y dramática bailaora Patricia Guerrero, que destiló algunas notas coreográficas muy actuales. Fahmi Alqhai supo aunar, concertar y ritmar todo el complejo mestizaje. 

Tuvo nivel el concierto de la Sinfónica de Londres -siempre conjuntada, maleable, equilibrada, de espectro sonoro tan depurado-, dirigida con su proverbial entrega e intensidad, su elegante y movediza gestualidad, por el apasionado, y también preciso, Gianandrea Noseda. Firme, compacto, tan vigoroso como flexible, fue el acompañamiento a una encendida, temperamental, desbordante y, no obstante, minuciosa en las frases más delicadas, Khatia Buniatishvili, poderosa, contundente, infalible, que supo decir con propiedad las extensas cantinelas del Concierto nº 2 de Rachmaninov y que dio como bis una muy personal, de tempi algo atropellados, versión de la Segunda Rapsodia húngara de Liszt. 

La sesión se cerró con una recreación de prodigiosos fulgores y turbulentos desarrollos de la Sinfonía nº 4 de Chaikovski, en la que Noseda, convaleciente de una operación de cadera, supo también desplegar su reconocido instinto musical para lograr momentos de exquisita expresividad, como el que pide el delicado tema danzable del primer movimiento, elegantemente delineado, o la resolución casi etérea del final del Andantino, provista del necesario sabor nostálgico. El Scherzo fue ejecutado con el solicitado sentido del humor y el Finale con el fuego y la prontitud requeridos, bien que no pudieran evitarse pasajeros confusionismos de planos y evidentes borrosidades. Tampoco ayudó la acústica de la un tanto destartalada sala del Palacio de Convenciones de Stresa.