Ud. está aquíInicio / CRÍTICA / Determinante lucimiento técnico

CRÍTICA / Determinante lucimiento técnico


Málaga. Teatro Cervantes. 14-IX-2017. Orquesta Filarmónica de Málaga. José Antonio López, barítono. Director: Manuel Hernández-Silva. Obras de Brahms, Mahler y Martinu.

José Antonio Cantón

Después de una versión de la Obertura para un Festival Académico op. 80 de Brahms destacable en sus últimos episodios, dos hechos han determinado el interés suscitado por el concierto con el que la OFM inauguraba su temporada 17/18 (cuarta bajo la dirección artística de su actual titular, el hispano-venezolano Manuel Hernández-Silva): por un lado la presencia del barítono José Antonio López que interpretó una de las más destacadas colecciones del género liederístico como es el ciclo de Canciones para un camarada errante de Gustav Mahler, y el estreno, en los atriles de los filarmónicos malagueños, de la Sinfonía nº 4 del compositor checo Bohuslav Martinu.

En el primer caso, cantante y director han querido seguir la estela de la buena interpretación que supuso la Tercera sinfonía del compositor bohemio en la clausura de la pasada temporada, una de las actuaciones históricas de la orquesta. Ambos han encontrado ese punto de acordada inflexión en el que la expresividad que encierran los versos surgía en todo momento con gran tensión, siendo fieles al sentir de soledad en el que se encuentra un joven abandonado por un amor no correspondido. Para alcanzar tal intención, José Antonio López utilizó todos sus recursos dramáticos de canto, interiorizando los sentimientos que contienen los textos, que fueron tratados con la exigente dicción que requiere la transmisión de su mensaje. Esta fue una de las cualidades que distinguieron su actuación. Otras tan necesarias como afinación, colocación y dominio del espectro dinámico vocales estuvieron a la altura del arte del lieder en Mahler, en la que semántica y música se funden en una unidad estética de complicado entendimiento y más difícil recreación. José Antonio López se ha adentrado en el tratamiento sinfónico del autor descubriendo la reciprocidad que ha de manifestarse entre voz y orquesta, y generar así ese diálogo de compleja y a la vez espontánea sensibilidad que pide el compositor. Sin duda, es de los escasos intérpretes patrios que pueden abordar este magistral ciclo de canciones con mayor solvencia estética, llegando a trascender los límites del canto. 

Hernández-Silva desentrañó los secretos sinfónicos de Martinu llegando hasta tal punto que su cinética en el pódium se convirtió en un elemento necesario para que el espectador implemente su percepción del sonido. Ya en el desconcertante primer movimiento se pudo apreciar su capacidad de traducción en un discurso atomizado en distintas células motívicas de difícil enlace. Su figura adquirió intenso poder plástico en el rítmico scherzo subsiguiente, serenándose en el lírico trío central, lo que supuso un sugestivo contraste antes del repetido galope con el que concluye el segundo movimiento. 

El mejor pulso del director apareció en el Largo. Sin él no hubiera podido transmitir el lirismo de sus compases de escogida multiplicidad temática, que le imprimen un carácter de exótica y atractiva belleza. En este sentido, Hernández-Silva, supo destacar en detalle el contraste entre los primeros atriles del cuarteto de cuerda con el resto de la sección, dejando siempre la sensación de un trabajo meditado y acordado con los músicos en sentido y efecto. La interpretación del cuarto fue una confirmación del sólido trabajo de preparación y ensayo realizado por director y orquesta en ésta muy interesante sinfonía de Martinu, que puede resumirse en el título de este comentario; determinante lucimiento técnico.