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CRÍTICA / Desde Rusia con amor


Madrid. Auditorio Nacional. 22-V-2017. Ciclo Juventudes Musicales. Leticia Moreno, violín. Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. Director: Yuri Temirkanov. Obras de Glinka, Shostakovich y Chaikovski.

Joaquín Martín de Sagarmínaga

Concurren varias circunstancias para hacer de este un concierto inolvidable. Por un lado, después de tantos años, es el último que programa Juventudes Musicales, cuya actividad a partir del curso que viene se fusionará con la de Ibermúsica. Por otro, esta visita de Yuri Temirkanov tuvo en los atriles sólo música rusa, una especialidad en la que es maestro indiscutible. El curso que viene demostrará en Madrid la amplitud de su repertorio con un par de autores germanos, con los que el público le asocia menos. De forma injusta suele verse en él a un músico solvente pero poco inspirado, cuando en realidad es casi lo contrario, pues su rendimiento oscila bastante de un concierto a otro, según la inspiración del momento, bien entendido que nunca es nula, además de ser siempre un técnico superlativo. El propio Lorin Maazel, por cierto, era un director algo irregular y no obstante muchos lo considerábamos genial.       

En la obertura de Ruslán y Ludmila, obra lozana y colorista, se vio enseguida la correlación que existe entre cada gesto del director y su instantánea plasmación sonora, con esa izquierda que marca con vigor de karateca una entrada o moldea pasajes rítmicos de vértigo; también pudo degustarse la belleza belicosa o enamorada de los temas. En el Concierto para violín nº 1 de Shostakovich, menos asfixiante y tenebroso que en manos de Van Zweeden y Edo de Waart, por ejemplo, los rasgos de la versión se fundieron con los de la propia obra: riqueza de planos sonoros, vuelo lírico, incandescencia; Moreno cada día la toca con más expresión, graduando la cantidad de sonido o el terciopelo que ha de emplear, hilando fino. A estas alturas, Temirkanov debería cobrar un pequeño porcentaje de derechos de autor por todas las veces que ha hecho la Patética, llegando a dominarla por completo. Sin perder el brillo esencial ha remansado ciertos ímpetus y dulcificado los acentos desgarrados del Finale, pero sigue dando lecciones de dirección a más de un aclamado fantoche, apoyándose en una centuria admirable.