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CRÍTICA / Demasiado pollo para tan poco arroz


Madrid. Auditorio Nacional. 25-III-2018. The King's Consort. Director: Robert King. Obras de Haendel y Rameau.

Eduardo Torrico

Me imagino que se debe a las peripecias vividas por Robert King [en la foto] en los últimos años (tan bien conocidas por el mundillo de la música antigua que me evito la farragosa tarea de tener que reflejarlas aquí), pero da un poco de pena comprobar los nombres que figuran en el actual elenco de The King's Consort. Quitando a los violinistas William Thorp y Rebecca Miles, ya no queda ninguno de aquellos músicos señeros que colaboraban habitual y estrechamente con King, y que convirtieron a The King's Consort en una formación mítica. Y, claro, con tanto cambio para mal, la orquesta se resiente: de ser una de las punteras dentro del movimiento historicista ha pasado a ser una más, transitando sin pena ni gloria, según se pudo comprobar anoche en el Auditorio Nacional de Madrid. 

Afrontaban un programa con obras de Haendel (las archiconocidas Water Music y Music for the Royal Fireworks) y fragmentos de la suite orquestal de Les Boréades de Rameau. No nos andemos con ambages: regular en la Water Music que abría el concierto (la cosa empezó mal, con unos oboes —¡seis, ni más ni menos!— que parecían acatarrados, aunque luego se produjo una notoria mejora), rematadamente mal en Les Boréades (las extrañas indicaciones de King contribuyeron a aumentar la sensación de caos que parecía reinar en la orquesta) y bien en los Fireworks, que encandilaron al público (aunque en eso de encadilar, ya se sabe, tiene mucho que ver la percusión, estruendosa en este caso: timbales y dos tambores, acompañados por tres trompetas naturales y otras tantas trombas igual de estruendosas).

Volvemos a lo de siempre: lo que a las formaciones barrocas españolas se les niega por sistema, a algunos privilegiados grupos extranjeros se les concede sin demasiados problemas: además de todos los vientos (añadan tres fagotes) y de la percusión ya reseñados, The King's Consort vino a Madrid con nueve violines, tres violas, dos violonchelos, un contrabajo (el siempre excelente Roberto Fernández de Larrinoa) y dos claves. Pero no siempre de la cantidad sale la calidad, y este concierto vino a corroborarlo.

Hubo muy pocos detalles que realmente fueran dignos de ser resaltados. Y muy poca imaginación. Si acaso, el buen hacer de las trompas (sin necesidad de recurrir a los tramposos agujeros o a hacer uso del puño). Pero todo en un perfil tan plano que hasta la bellísima Entrée de Polymnie (por cierto, no anunciada en el programa de mano) fue una absoluta insulsez. Para este viaje no habían hecho falta estas alforjas. O, como dicen en mi pueblo (que es Madrid), demasiado pollo para tan poco arroz. 

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