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CRÍTICA / Del tálamo al harakiri


Madrid. Teatro Real. 30.VI.2017. Puccini, Madama Butterfly. Ermonela Jaho, Enkelejda Shkosa, Jorge de León, Francisco Vas. Director musical: Marco Armiliato. Director de escena: Mario Gas

Joaquín Martín de Sagarmínaga

El montaje de Mario Gas sobre la incombustible Madama Butterfly de Puccini contempla tres planos siempre a la vista del espectador. El primero es el de la propia acción del libreto, aquí situada en el Japón de los primeros años 30; al propio tiempo en la casa de Cio-Cio-San, con el puerto de Nagasaki al fondo —un hábitat que según avanza la acción irá siendo vampirizado por lo occidental—, se está filmando una película silente; además, vamos viendo en tiempo real lo filmado, ¡obviando el proceso de revelado! Tales imágenes, al estar tan cerca de los sobretítulos, distraen nuestra atención mucho más que las múltiples cámaras que ruedan, movidas con eficiencia. Apenas dos de tales propuestas quizá habrían concentrado mejor las peripecias y tendríamos algo con un vago perfume al distanciado film de época que realizó Karel Reisz, sólo que quien allí era un elegante teniente francés es aquí otro teniente, en este caso un apuesto American chulation

Pero es cierto, hay un mimo algo preciosista en todo cuanto atañe a las decisiones de la puesta en escena, y cabe señalar también que el espectáculo, en algún caso de palmaria belleza, no es desdeñable en unos tiempos en que si te descuidas un poco te han colado una estética fea y "todovalista". Ello no es poca base para entenderse con Gas, que jamás perturba las efusiones del canto y de la orquesta, bañadas por unas luces cambiantes y ataviadas con el espléndido vestuario —sobre todo los kimonos— de la célebre figurinista Franca Squarciapino, que atiende hasta la última raya de unas medias lejanas. 

También el director musical Marco Armiliato supo dar respiro a los cantantes, acompañarlos. Conocedor del estilo posromántico y el verismo, acaso le falte una vibración del todo genuina en algunos instantes, si bien no fue uno el bello intermezzo de la obra, que quizá por su final cortado a pico no figura en las salas de conciertos en pie de igualdad con los de Cavalleria y Lescaut, por ejemplo. No ha zambullido ni de lejos a la orquesta en la profunda inmersión tímbrica que a través de grandes desvelos realizó Puccini con santa paciencia de alquimista, entre otras cosas para transportar al oyente a lugares recónditos de un exotismo poco o nada anecdótico, pero en todo caso la batuta intuyó los efluvios impresionistas de determinadas armonías, o puntuales muestras de escritura puntillista y, en suma, no sólo ofreció una ópera de firme osamenta, sino que también atendió a algunas sutiles terminaciones nerviosas que estimulan la propia emoción o a esos vasos comunicantes que alimentan toda obra compleja. 

El montaje atiende a varios conflictos fundamentales, como el choque de civilizaciones entre Oriente y Occidente y la extrema orfandad femenina en derechos e independencia. Presenta a un Pinkerton ufano y excitado, que enfatiza su casorio con una geisha para 999 años al uso japonés, pero pudiendo revocarlo todos los meses. Jorge de León exhibió generosidad en el agudo, dotado de pegada indudable —una de sus armas, junto al grato color de base—, unida a acentos un tanto rudos, aquí o allá un poco convencionales. Practicante del "a buenas horas, mangas verdes" el oficial sólo adquirirá llorosa conciencia del valor de lo que ha perdido tras el sacrificio y muerte de Butterfly. El compasivo cónsul de Ódena se expresó con voz madura y gallarda, algo fatigada a veces, complementada con unas buenas dotes de actor. Enkelejda Shkosa es albanesa, como la propia protagonista, y la casualidad hizo paisanas a Suzuki y Cio-Cio-San -aunque fuera en otro arcano país-; es también una mezzo de canto eficaz y acentos convincentes; más que forzarlos, falsea un poco el color de algunos graves, pero tiene una voz teatral y su currículo documenta empeños mayores. 

Ermonela Jaho fue con pocas dudas la gran protagonista de la función, así como quien cosechó los mayores aplausos del público, que agradeció con emoción visible cuando salió a saludar. Como intérprete mantuvo una compostura ejemplar, no perdiendo en los mayores infortunios la enorme dignidad que caracteriza al personaje. Más afortunada que como Desdémona verdiana —su Otello abrió esta temporada y la cierra su Butterfly— y bastante ducha en el llamado canto de conversación, Cio-Cio-San fue creciendo desde la frágil timidez del inicio hasta los momentos en que el drama se expande a través de incontables frases de slancio, con un Un bel dì vedremo valiente y respetuoso con los signos dinámicos. Para ello puso en juego todos sus recursos estilísticos y actorales, que no son pocos, no pudiendo evitar empero ciertas fijezas, tiranteces y algún final de frase sin controlar del todo un vibrato insistente, mas a la postre, al llegar la desgarradora escena final pagó el sobresfuerzo de haber cantado con tanta entrega.