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CRÍTICA / Del canto, la luz y el dolor


Madrid. Auditorio Nacional. 23-I-2018. XXIII Ciclo de Grandes Intérpretes. Mitsuko Uchida, piano. Obras de Schubert.

Rafael Ortega Basagoiti

La veterana japonesa Uchida no se prodiga mucho en nuestro país, y su visita al Ciclo de Grandes Intérpretes es por ello motivo de mayor interés, por cuanto además la suya es una trayectoria de enjundia y relativamente atípica entre los artistas de origen oriental. Instalada en Viena desde su primera adolescencia y naturalizada británica más tarde, la escuela pianística de Uchida es genuinamente vienesa, con maestros como Hauser primero, y sobre todo Kempff y Askenase, más tarde.

Todo ello proporciona una buena explicación para lo que encontramos: una artista concentrada (ni las abruptas toses ni el estentóreo sonido de una de las puertas manejada con torpeza por alguien que abandonó prematuramente el auditorio la distrajeron lo más mínimo), sin aparato artificial, de criterio sólido y profundamente musical, que se sitúa en las antípodas de la pirotecnia espectacular pero vacua, a la que nos tienen bastante acostumbrados muchas jóvenes estrellas de origen oriental que, por resumir, son de los que "las dan todas" pero sin contenido. Con esa base, Uchida siempre se ha distinguido por un planteamiento elegante, sensible, cuidado en el cantable, el sonido y el matiz, fraseando con sentido y poco amigo de sorpresas destinadas a epatar al personal. Tiene también alguna resonancia británica en su tendencia a la contención, que inclina su Mozart más hacia el refinamiento que al de una vibrante chispa o unos contrastes abruptos en el estilo más radical de un Harnoncourt.

Los ingredientes precitados parecen sin duda idóneos para el Schubert de las Sonatas, quizá no tanto para el de páginas (por demás menos frecuentes en el catálogo del vienés) más tempestuosas como la Wanderer, donde uno confía más en la trepidante vibración de un Pollini o, sobre todo, un Richter. Pero en esta ocasión, el monográfico Schubert comprendía las Sonatas D 958, 664 y 894. Y el resultado respondió básicamente al perfil apuntado. De estas tres, la D 958, primera de la triada final del ciclo que culmina en la crepuscular y demoledora D 960, es quizá la que demanda un planteamiento más rotundo, de mayor intensidad dramática. Y quizá por esa relativa tendencia a la contención, la traducción quedó algo corta de tensión en los movimientos extremos, siendo el expresivo cantable del adagio y el elegante y muy vienés minueto lo mejor de la versión.

La más ligera y luminosa D 664 obtuvo, con las mismas virtudes mencionadas, pero sometida a menos demanda de tensión, un resultado mucho más notable, especialmente en el exquisito segundo tiempo. Pero fue la densa, profunda y reflexiva D. 894 la que marcó lo mejor de la velada. Obra llena de introspección, de descarnado desgarro que demanda de intérprete y oyente una intensa y larga concentración, sobre todo en el primer movimiento, obtuvo de la mano de Uchida una serena hondura expresiva que hubieran aplaudido traductores schubertianos de primera, desde su propio maestro Kempff a ese gran reivindicador de esta partitura llamado Sviatoslav Richter.

Cuidado el sonido, delicadísimos matices, exquisito cantable (una maravilla el Trio del Minueto de esta Sonata) y con sobresaliente clima evocador en el rondó final, esa sorprendente mezcla de luminoso desenfado y sutil melancolía llena de belleza. Una versión de primera, fiel exponente de todo el canto, la luz y el dolor que contiene esta música. El éxito fue muy grande aunque Uchida optó por no conceder propinas. Hizo bien. Después de todo, cualquier cosa parece superflua después de esta obra extraordinaria.