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CRÍTICA: Del arte en la sabiduría


Madrid. Auditorio Nacional. 17-II-2017. Joaquín Achúcarro, piano. Obras de Brahms, Chopin, Falla, Rachmaninov, Granados y Albéniz.

Daniel de la Puente

El primer sonido que se escuchó en el concierto de Joaquín Achúcarro (Bilbao, 1932) no fue el del piano, sino el de su voz. En una clase magistral de apenas unos instantes, el pianista presentó con ternura el tema de la Décima variación op. 39 de Johannes Brahms, dedicada explícitamente por el compositor de Hamburgo a Clara Schumann, un amor siempre platónico que queda suspendido en el aire con el ensueño de la Undécima. Fue el comienzo de un recital incansable marcado por la sabiduría de una leyenda del piano que conoce exactamente sus posibilidades bien pasados los ochenta y que, sin alardes gratuitos en una técnica perfectamente dominada, fue un prodigio de interpretación y cualidades musicales.

Entre los constantes ruidos de toses, envoltorios plásticos, móviles y público retrasado, el concierto se abrió con cierta frialdad con estas Variaciones de Brahms en las que sí se empezó a gestar un ambiente musical de quietud que hacía predecir que la niebla y los colores tenues predominarían en toda la velada. Este contexto se confirmó con las Fantasías y Nocturnos de Chopin, música bien conocida y en la que Achúcarro decidió ofrecer versiones alejadas del exhibicionismo fácil que caracteriza a algunos de los más mediáticos virtuosos de la actualidad. El piano sonó como una auténtica orquesta centroeuropea: oscuro y sólido, y su capacidad para extraer los temas y melodías en cualquier registro fue, sencillamente, sobresaliente.

La segunda parte del concierto se abrió con la Andaluza de Manuel de Falla, y con ella un nuevo toque y un nuevo color, alejado del ambiente que se había generado en la primera parte, y con un brillo punzante que volvió a sacar a la luz una madurez interpretativa al alcance de pocos. Los preludios de Rachmaninov y El amor y la muerte de Granados fueron la cumbre del concierto. Volviendo al ambiente de quietud instaurado en Chopin, Achúcarro fue de nuevo el director de una orquesta de un solo hombre: con grandes líneas melódicas perfectamente distinguibles, claridad en las modulaciones y una capacidad infinita para sacar al público de ella pintando los colores necesarios con los destellos adecuados. El Puerto y El Albaicín de Albéniz y el regreso de Achúcarro a la claridad marcaron el principio del final de un recital que se cerró con cinco bises, incluido un delicadísimo nocturno para la mano izquierda de Scriabin. En los últimos bises, nadie tosió ni abrió ningún caramelo... Entonces disfrutamos aún más del arte en la sabiduría y en la quietud de Joaquín Achúcarro.