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CRÍTICA / De la danza a la evocación


Madrid. Auditorio Nacional. 23-III-2018. Clara Mouritz, mezzosoprano. Eduardo Raimundo, clarinete bajo. OCNE. Director: Juanjo Mena. Obras de Bernstein, Paús y Montsalvatge.

Arturo Reverter

Un concierto planteado con rigor, sentido de la proporción, muy coherente desde un punto de vista estético. Por un Leonard Bernstein, ecléctico, soberano orquestador, dominador de los aires danzables. Por otro, el cadencioso y antillano Xavier Montsalvatge, de ritmos suaves y balanceantes. Y en tercer lugar, Ramón Paús, con una obra de encargo en la que se aprecia una innata capacidad para la atmosférica coloración dentro de un lenguaje hasta cierto punto tradicional, bien manejado, con gusto y refinamiento.

La partitura del compositor castellonense es buen ejemplo de su reflexivo pensamiento y de su cuidada gramática. Se trata de un Concierto para clarinete bajo y orquesta (nº 1), que  lleva como título De las ciudades ajenas, aquellas que, en sus propias palabras, ha habitado, con referencia también a las estéticas que ha practicado o visitado y con las que ya no comulga. Se evidencia aquí, una vez más, el toque sutil, la llamada a la confesión interior del músico. Paús nos ofrece una nueva prueba de su proverbial solidez, de su limpieza de trazo, del latido constante que anima desde dentro sus pentagramas, envueltos en ocasiones en unos singulares claroscuros, de los que suelen derivar episodios de hermoso lirismo, retratos a veces de maneras de ver la vida, destilaciones refinadas de una ideación tan severa como efusiva. 

Apuntes de un suave expresionismo, reflejos de corte impresionista, exquisita utilización de los timbres, líneas claras y precisas, ataques de rara refulgencia, acordes climáticos, exposición sin tapujos de temas e ideas melódicas de elegante trazo. Paús sigue una estética muy suya, personal, si atender a ningún tipo de corrientes de antes o de ahora. La obra comienza con una extensa y ondulante cadencia del solista, que va del pianísimo al forte y viceversa y que enlaza con una melodía sugerente y tendida en la cuerda. Van surgiendo ideas, motivos, derivados, entrelazados en un discurso continuo que sufre altibajos y transcurre a través de coloraciones diversas y en donde van surgiendo accidentes, alternancias expresivas. No hay repeticiones en sentido estricto y el solista es prácticamente omnipresente. Cambian los compases y el ternario se adueña de la situación. Hay varias cadencias. En la primera se explotan los tono graves. La orquesta comenta más que dialoga. Un solo de trompeta (estupendo Adán Delgado) marca el rumbo, y el movimiento, Largo, enfila el abrupto e inesperado cierre.

El segundo y último movimiento se define como Andante, aunque se inicia con acordes raudos, secos y apremiantes, seguidos de una intervención de la marimba, muy activa junto con las demás láminas, que preceden a la exposición de un tema fugitivo y ágil y a una espejeante intervención de la violas en un subrayado al diseño melismático del clarinete. Las alternativas se suceden en un imparable discurso, que, más allá de poseer un sentido estructural definido, nos proporciona el disfrute que origina la música bien hecha, bien trabada, tan elocuente como estimulante a lo largo de una línea en la que aparecen rasgos jazzísticos. Un solo de trompa (bien Epelde) nos mantiene avizor.

Los cantos suaves, cada vez más sigilosos, de la cuerda, que intercambia sus ideas con el solista, dan paso a algunas muestras de virtuosismo de éste, que ha de realizar auténticas diabluras y penetrar, ocasionalmente, con el apoyo del tutti, en algunas secuencias de corte abiertamente postromántico, que nos conducen a un final en fortísimo. Paús recibió junto a director y solista aplausos cerrados y merecidos del público. No hay duda de que Raimundo tocó como los ángeles en su clarinete bajo, marcó todos los estados de ánimo indicados y cubrió las máximas exigencias en todos los planos, intensidades y efectos, haciendo gala de un virtuosismo a prueba de bomba, ejecutando trinos, saltos de octava, descensos a las profundidades y malabarismos de todo tipo. Magnífico solista para una obra bien hecha que se escucha con gusto y se sigue, a lo largo de una buena media hora, sin pestañear.

Tampoco pestañeamos ante la fluencia imparable de la espléndida música de Bernstein, un gran compositor (además de director y pianista) del que habla largo y tendido encomiásticamente García del Busto en sus excelentes notas al programa. Juanjo Mena, que acompañó de manera muy atenta a Raimundo, marcó estupendamente los ritmos, variados y reconocibles, de las dos partituras de Bernstein situadas en los atriles. Del Divertimento para orquesta, estructurado en ocho partes, destacamos la acertada acentuación de cada una de ellas, la forma de establecer el aspecto agógico: vals, mazurka, samba, blues… Cada una con su aire. Los tres flautistas, Álvaro Octavio Díaz, Juana Guillén y Laura Lorenzo tocaron muy bien.

Colorido, tímbrica exultante, sentido de lo danzable, con una visión menos graciosa y elástica de lo deseable, general conjunción y vigor caracterizaron la fulgurante interpretación de las Danzas de West side Story. Los nueve números discurrieron con el impulso y la energía demandados hasta llegar al poético final. Los solistas cantaron con propiedad los temas más líricos. Lirismo hubo también en la interpretación de la mezzo Clara Mouriitz de las Cinco canciones negras de Montsalvatge, bien asistida desde el podio. La delicuescente orquestación nos llegó nítidamente y ensambló adecuadamente con la delgada voz de la cantante, de timbre más próximo al de una soprano. Al instrumento, manejado con estupenda técnica, le faltan los armónicos, el ropaje sensual ideales para recrear las maravillosas páginas, que piden también un volumen algo mayor. De todas formas, Mouritz, puso de manifiesto buen gusto, sentido del portamento y del rubato e hizo gala de una expresividad y una gracia muy particulares.

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