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CRÍTICA: De cómo conseguir que Monteverdi resulte anodino


Madrid. Auditorio Nacional. 12-I-2017. Monteverdi, Selva morale e spirituale. Coro y Orquesta Balthasar-Neumann. Director: Pablo Heras-Casado.

Eduardo Torrico

Selva morale e spirituale no es una obra, sino una antología que recoge todas las obras de carácter litúrgico que Claudio Monteverdi compuso desde 1610, fecha de estreno de las Vespro della Beata Vergine, hasta 1640, fecha en que envía esta colección al editor para que su publicación. La extensión de la Selva morale es tal y son tan diversas entre sí estas obras y tan diferente la instrumentación de las mismas que rara vez se interpreta en concierto —siquiera de manera parcial— y por tal motivo tampoco son muchas las grabaciones que de ella se han realizado (en realidad, la única integral es la que acometieran Cantus Cöll y Concerto Palatino en el año 2000).

El mediático y poliédrico Pablo Heras-Casado, que se declara un apasionado de la Selva morale desde que era joven, se ha atrevido con algo próximo a una integral. Ha estado la pasada semana de gira por España y este mismo año, en que se conmemora el 450º aniversario del nacimiento de Monteverdi, ofrecerá una segunda entrega. El director granadino, al frente de los prestigiosos Coro y Orquesta Balthasar-Neumann, apeló en una alocución introductoria al carácter mediterráneo de la música de Monteverdi. ¿Pero se plasmó luego esa mediterraneidad sobre el escenario?

Dado que no son posibles las comparaciones con otras interpretaciones en directo, porque, como explicaba, no se hacen, hay que acudir a las grabaciones para establecer referencias. Se ha hecho la Selva morale con un enfoque centro-nórdico (la mencionada de Konrad Junghänel con Cantus Cöll y Concerto Palatino, la de Harry Christophers o la legendaria —por ser la primera, año 1965— de Michael Corboz) y se ha hecho con un enfoque mediterráneo (Claudio Cavina, François Lassarre y Gabriel Garrido, estas dos últimas, en mi opinión, las mejores, a sideral distancia de cualquiera de las otras). ¿En dónde se sitúa de Heras-Casado? ¿En su invocada mediterraneidad o la germanidad de su formación musical y del origen de cantantes e instrumentistas que ha dirigido en esta ocasión?

Digámoslo ya sin ambages: lo que ayer se escuchó en la Sauna Sinfónica del Auditorio Nacional (dados el calor sahariano y la extrema sequedad, esta y la de Cámara han dejado de ser “salas” para convertirse en “saunas”, lo cual tampoco ayuda demasiado a los músicos) no tuvo nada de mediterráneo y sí mucho de germánico, lo cual, a priori, no sería malo si no fuera porque lo germánico no casa bien con Monteverdi.

Todo estuvo en su sitio, no hubo nada detestable que resaltar (alguna pequeña desafinación, perfectamente asumible…), pero todo resultó epidérmico, incapaz de tocar la fibra sensible. Si me lo permiten, creo que es “anodino” el término que mejor resume esta Selva morale de Heras-Casado.

Fue este un Monterverdi que viajó en Volkswagen. Cuando viajas en un Volkswagen sabes que no te dejará tirado nunca, que gastará poca gasolina y que no hará demasiado ruido. Pero Monterverdi necesita viajar en Ferrari (Garrido), en Lamborghini (Lasserre) o en Maserati (Cavina) para sentir los 500 caballos desbocados que encierra, para emocionar de verdad.

A la música se le puede permitir todo, menos que no transmita. Ayer hubo poca transmisión, poca emoción, salvo, paradójicamente, en el bis, el motete Quam pulchra es de Hyeronimus Praetorius (compositor nacido en la nórdica Hamburgo, no en la meridional Cremona de Monteverdi… dato que quizá sirva para comprender porque lo que no funcionó durante los noventa minutos del concierto sí funcionó en la corta propina).

A veces no hace falta escuchar lo que está sonando para determinar si hay o no emoción. Basta con mirar la cara de los que están cantando o tocando. Los miembros del Balthasar-Neumann tenían anoche cara de aburridos burócratas asolados por la rutina. Mi gran preocupación se centró en una de las dos violagambistas, cuya integridad física vi peligrar, debido a su proximidad con el patio de butacas, en algunas de las varias cabezadas que dio.