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CRÍTICA: Dúo Rosa, la dicha de hacer música


Madrid. Salón de Actos del Ateneo de Madrid.  23-II-2017. Dúo Rosa. Obras de Fauré, Debussy, Rodrigo, Granados, Saint-Saëns, Falla, Obardors, Duparc, Delibes, Rosario, Rivera, Villa-Lobos, Piazzolla, García, Marchena, Hernándes, Grever, Landestoy, Acosta y Lecuona.

Fernando Fraga

Hace años una cantante y una pianista, contemporáneas y surgidas de un entorno común, cuando juntaban sus respectivas habilidades los resultados eran óptimos, porque tal era la fluida comunicación, la equivalente manera ante una partitura, el hecho de sentirse cómodas y felices disfrutando de su colaboración artística… Eran Victoria de los Angeles y Alicia de Larrocha. 

En el recital del Dúo Rosa, formado por la soprano Stephany Ortega y la pianista Léna Kollmeier, ese milagro de intercomunicación entre intérpretes volvió a producirse. La voz parecía surgir espontáneamente del piano; el teclado encontraba en el sonido de la cantante su correspondiente continuidad, como si no pidiera existir otra distinta. Un perfecto, insólito modelo de colaboración musical.
El programa era una especie de viaje entre Europa y América Latina, con un substrato casi del todo hispano, ya que algunas de las páginas francesas contaban con ritmos y aires bien hispanos también: Les filles de Cadix de Delibes o Guitares et mandoline de Saint-Saëns. 
Un programa precioso y excelentemente organizado, no sólo de la trayectoria geográfica como aireaba el título sino también un amplio recorrido expresivo donde la nostalgia se codeaba con el sentimiento amoroso, este amor con la renuncia, la  desesperación con la alegría,  el dolor con la resignación,  el desenfado con lo sublime. Y en todas las canciones, por encima de la particular consideración de cada una (en el programa se ofrecían varias, muy melódicas, agradables y rítmicas, de origen dominicano como la solista vocal), ambas intérpretes pusieron el mismo interés en la atención al concepto e idéntica entrega en su exposición. Todo ello destilando una naturalidad y una comodidad asombrosas ante el nada fácil que imponía el programa para pianista y algo más para la cantante. Puede que, en parte,  la lozana juventud disfrutada por ambas intérpretes ayudara a conseguir la proeza.
La voz Stephany es de una lírica que puede recordar a una soubrette sino fuera por el timbre penetrante y el volumen generoso de los que disfruta. Un sonido limpio y claro que se hace aún más seductor en las notas altas, aunque en el programa estas no fueran excesivamente agudas (la más, la que rubricó el brioso tema de Delibes). Un colorido instrumental que permite recordar a la joven Barbara Hendricks pero sin su, molesto o no según auditorios, vibratello. 
Pero, aparte del atractivo y simpático colorido vocal de la Ortega, hay que destacar su capacidad para dar a cada canción el sentido que le corresponde, hazaña que colmó, con el atento y primoroso cuidado de la pianista, pese a la ostentosa diferencia existente, como ya se adelantó, entre las canciones programadas. Un mensaje musical exquisito que a veces la soprano acompañó con sobria pero eficacísima gesticulación corporal. Incluyendo, cuando falta hacía, las maracas en extraña pero jugosa participación con el teclado.
Fue en conjunto una velada muy disfrutable, en medio de la cual emergieron interpretaciones notables y algunas sobresalientes como la escasamente frecuentada Le lilas de Debussy, Extase de Duparc, Júrame de la Grever,  Oblivion de Piazzolla y, en bis, Por tu amor de Rafael Solano, el mejor remate a un recital espléndido.
La pianista, en solitario, tuvo su parte del león, en especial con una potente ejecución de la Danza ritual del fuego de Falla, la que corresponde. El éxito, nunca mejor dicho, estuvo “cantado”.  

En el recital del Dúo Rosa, formado por la soprano Stephany Ortega y la pianista Léna Kollmeier, ese milagro de intercomunicación entre intérpretes volvió a producirse. La voz parecía surgir espontáneamente del piano; el teclado encontraba en el sonido de la cantante su correspondiente continuidad, como si no pidiera existir otra distinta. Un perfecto, insólito modelo de colaboración musical.

El programa era una especie de viaje entre Europa y América Latina, con un substrato casi del todo hispano, ya que algunas de las páginas francesas contaban con ritmos y aires bien hispanos también: Les filles de Cadix de Delibes o Guitares et mandoline de Saint-Saëns. Un programa precioso y excelentemente organizado, no sólo de la trayectoria geográfica como aireaba el título sino también un amplio recorrido expresivo donde la nostalgia se codeaba con el sentimiento amoroso, este amor con la renuncia, la  desesperación con la alegría, el dolor con la resignación, el desenfado con lo sublime. Y en todas las canciones, por encima de la particular consideración de cada una (en el programa se ofrecían varias, muy melódicas, agradables y rítmicas, de origen dominicano como la solista vocal), ambas intérpretes pusieron el mismo interés en la atención al concepto e idéntica entrega en su exposición. Todo ello destilando una naturalidad y una comodidad asombrosas ante el nada fácil que imponía el programa para pianista y algo más para la cantante. Puede que, en parte,  la lozana juventud disfrutada por ambas intérpretes ayudara a conseguir la proeza.

La voz Stephany es de una lírica que puede recordar a una soubrette sino fuera por el timbre penetrante y el volumen generoso de los que disfruta. Un sonido limpio y claro que se hace aún más seductor en las notas altas, aunque en el programa estas no fueran excesivamente agudas (la más, la que rubricó el brioso tema de Delibes). Un colorido instrumental que permite recordar a la joven Barbara Hendricks pero sin su, molesto o no según auditorios, vibratello

Pero, aparte del atractivo y simpático colorido vocal de Ortega, hay que destacar su capacidad para dar a cada canción el sentido que le corresponde, hazaña que colmó, con el atento y primoroso cuidado de la pianista, pese a la ostentosa diferencia existente, como ya se adelantó, entre las canciones programadas. Un mensaje musical exquisito que a veces la soprano acompañó con sobria pero eficacísima gesticulación corporal. Incluyendo, cuando falta hacía, las maracas en extraña pero jugosa participación con el teclado.

Fue en conjunto una velada, gracias a la colaboración de la Embajada de la República Dominica en Madrid, muy disfrutable, en medio de la cual emergieron interpretaciones notables y algunas sobresalientes como la escasamente frecuentada Le lilas de Debussy, Extase de Duparc, Júrame de la Grever, Oblivion de Piazzolla y, en bis, Por tu amor de Rafael Solano, el mejor remate a un recital espléndido.

La pianista, en solitario, tuvo su parte del león, en especial con una potente ejecución de la Danza ritual del fuego de Falla, la que corresponde. El éxito, nunca mejor dicho, estuvo "cantado".