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CRÍTICA / Cuarteto Pražák e Isabel Villanueva: Mozart al filo del aliento


Madrid. Auditorio nacional. 17.X.2018. Liceo de cámara XXI. Cuarteto Pražák. Isabel Villanueva, viola. Obras de W.A. Mozart y G. Kurtág.

Santiago Martín Bermúdez

Hemos tratado en esta revista de lecturas del Cuarteto Pražák de obras de Berg, Schoenberg, Shostakóvich e incluso Borodin. Ahora se presentaba ante nosotros con un repertorio muy distinto, pero con unos enfoques que constituyen la personalidad de este formidable conjunto checo; además, reforzados por la presencia artística de Isabel Villanueva, viola que, pese a su juventud, se encuentra en un excelente momento, podríamos decir que en su primera madurez artística. No nos ciega la pasión compatriota, no hará falta insistir en ello. Y para eso no había más que escuchar los minutos que en este regreso al ciclo del CNDM le dedicó Villanueva, al comienzo de la segunda parte, a algunas piezas de los Signos, juegos y mensajes, serie que el húngaro György Kurtág ha ido enriqueciendo durante cinco décadas.

Ahí se veía con más claridad, no sé si mejor, la altura artística de Villanueva. Esa manera de hacer vibrar las cuerdas. ¡Y esos glissandi! Una expresividad ajena a lo romántico, pero no peleada con él como solía suceder con las hazañas de la vanguardia, la generación de Kurtág. Nos gustaría poder decir: Isabel, nos debes un recital con obras de Kurtág; junto con otros compositores, claro, porque este tipo de droga tiene que suministrarse con medida y cuidado; ya saben: nada en exceso, conócete a ti mismo. En fin, uno diría que la colaboración de Villanueva con el Pražák ha sido fértil para ambos. Para la joven viola ha sido una importante oportunidad, sin duda. Hemos reseñado su espléndido CD Bohèmes (Liszt, Granados, Hahn, Martinu, Enesco, Debussy): no hay que perdérselo. Si no nos equivocamos, habrá registro de este concierto, acaso para la radio, y así podremos repetir experiencia al menos en soporte audio. Por allí había micrófonos, así que no sé.

El arranque del concierto no pudo ser más intenso, con el Adagio y fuga de 1788: ahí empezaban los años peores, cuando Mozart concluía sin saberlo su discurso sinfónico, los años que no pudo aprovechar tras sus triunfos operísticos, al contrario. Y algo de ese malestar se detecta en esta secuencia tan habitual en el XVIII, Preludio y fuga, tanto en el tardobarroco como aún en el clasicismo; pero que en esta velada resultó de una expresividad tal que nos preguntábamos: y después de esto qué puede venir. Sabemos los títulos, están el programa de mano, pero no sabemos qué va a hacer el Cuarteto Pražák con este material. El Pražák comienza con ese lamento nada sentimental que es el Preludio y fuga K 546, pero continúa con una serenata, o transcripción de una serenata, del año anterior, y esta formación de espléndidos músicos checos hace con el K 406 algo parecido a lo que ha hecho con el inicio de sutil dramatismo, enfocarlo hacia el futuro; nos daba la impresión de estar ya en el siglo XIX, avanzado, mas sin perder de vista el suelo de Antiguo régimen. Había señales de cromatismo y sin embargo era un discurso diatónico, sin más disonancias que aquellas que se permitía, por expresividad, un compositor con el nivel de conciencia sonoro del pleno Clasicismo.

El Pražák ya no era solo el Pražák en ese momento. Precisaba del refuerzo de una viola, y no cualquiera. La viola de Isabel Villanueva se integró de manera perfecta, como ya avanzábamos, en el rigor de un discurso en que primaba la sugerencia y no se desdeñaba el efecto.

Los momentos lentos los suelen resolver los verdaderos artistas con eso que llamamos tensión; o con eso que llamamos poesía. Porque corren peligro de caerse. Desde luego, se basan en eso que es técnica, disculpen si una vez más un comentario musical se va por las ramas de la lírica en detrimento de solfa, armonía y ataques. Pero es el caso que la manera de resolver el primer Adagio del Cuarteto K 516 fue otra cosa; había tensión, había poesía, había también (eso que llamamos) magia, pero había sobre todo una suspensión del sonido que formaba un discurso anhelante, anhelante para el público, que aguardaba y deseaba la siguiente frase después del enunciado intenso e inquietante de la anterior. Sí, eso culminó tal vez en el Adagio ma non troppo, pero era el tono del discurso de todo el Cuarteto K 516, que fue la coronación de una sesión recibida por el público con auténticas emociones. Mucha belleza, bastante suspensión del aliento, pero nunca del criterio. Podríamos decir: fascinante. No sería cierto. El Pražák y Villanueva no fascinan, no hipnotizan, sino que te sacan lo mejor de ti, la emoción por lo bello y su empeño. Son el antídoto, qué sé yo, a relatos políticos de nuestros días temerosos, Mario y el mago. Así, pues, más Pražák, más Mozart, más Villanueva.