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CRÍTICA / Cuando besa la muerte


Bilbao. Palacio Euskalduna. 20-V-2017. Giordano, Andrea Chénier. Gregory Kunde, Anna Pirozzi, Ambrogio Maestri, Elena Zilio, Manel Esteve, Francisco Vas, Mireia Pintó, Fernando Latorre, José Manuel Díaz, Gexan Etxabe. Director musical: Stefano Ranzani. Director de escena: Alfonso Romero.

Asier Vallejo Ugarte

Cuando Giordano emprendió la composición de Andrea Chénier (1896) el verismo era un movimiento abrasado por su extraordinario éxito inicial, que sorprendió a quienes estaban convencidos de que la esencia de la ópera italiana era apenas permeable a transformaciones profundas. Con Cavalleria rusticana (1890) y Pagliacci (1893) la ópera se había adentrado en los rincones más crudos, turbios y sucios de la realidad, recreando sus historias en escenas de la vida cotidiana como dramas sin tiempo ni lugar, y para dar ese paso había sido necesario transferir los valores melódicos del canto a un recitado continuo que asegurase la cohesión interna de sus partituras. 

Giordano buscó refinar ese nuevo estilo al ambientarlo en la Revolución Francesa y dotarlo de perspectiva histórica, y pese a las resistencias de las corrientes más innovadoras de la época y de una burguesía aún trastornada por aquellas "miniaturas brutales", Andrea Chénier pudo allanar su camino por la fuerte inercia de unos cuantos momentos solitarios (L´improvviso, Nemico della Patria, La mamma morta, Come un bel dì di maggio...) en los que la música reivindica su grandeza. En ellos se sustenta su éxito y su supervivencia en los teatros actuales, pero la obra no se puede subestimar como pieza teatral con unidad de acción, drama y música, con personajes dotados de cuerpo y alma. Alfonso Romero resuelve un Chénier clásico, limpio y tradicional, sin espacios vacíos, reducida su singularidad a mínimos e irrelevantes detalles como la muerte de Bersi a manos del Incredibile. Nada realmente malo se puede decir de su montaje, como no sea que esta ópera lleva más drama dentro y que hubo una excesiva (por ruidosa) movilidad en el escenario. Frente a la Sinfónica de Bilbao, Stefano Ranzani demostró que las relaciones internas entre los diferentes elementos musicales demandan luces largas, visiones amplias y profundas, sin que ello implicase la más mínima pérdida de pulso en las escenas de conjunto, en las que se sumaron muy buenos secundarios y un coro impecable. 

Si Gérard es el personaje de mayor personalidad, el mejor dibujado por Giordano, el más verosímil en su evolución de siervo a hombre de la revolución y en su íntima lucha entre sus odios y sus viejos ideales, Maestri, con voz enorme, lo trazó de una única pieza, sólida y consistente, pero vacía de humanidad. De Kunde nada se puede decir que no se sepa a estas alturas de su asombrosa carrera, en la que el natural desgaste vocal se compensa con acentos vibrantes, personalidad en el canto, unos agudos magníficamente proyectados, con punta y pegada, y un fraseo de alto nivel que elude los vicios de la peor tradición verista. Y tan destacada como su Chénier fue la Maddalena de Anna Pirozzi en una actuación muy sentida que, además de hacer valer su clase, su musicalidad y su presencia vocal, descubrió al público la emoción confinada en "La mamma morta" y en ese espléndido dúo final que es a la vez muerte por amor y, como reverso a la italiana de Tristán, promesa de amor eterno después de la muerte.