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CRÍTICA / Con Rossini hasta en la cocina


Madrid. Instituto Italiano de Cultura. 07-VI-2018. Ciclo de conciertos Note Nuove. Mario Mariani, piano. Obras de Mario Mariani y Gioachino Rossini.

Michael Tallium

El nexo entre Simona, Mario y Gioachino era ineludible: Pésaro, la ciudad del mar, de los montes, de la música y la mayólica. La directora del Instituto Italiano de Cultura de Madrid, Laura Pugno, abrió la velada presentando a la escritora Simona Baldelli, nacida en Pésaro, quien acaba de publicar L’ultimo Spartito di Rossini, una novela sobre las últimas cuatro décadas de vida de Gioachino Rossini (1792-1868) —durante 2018 se celebra el 150º aniversario de su muerte—, es decir, la "época del silencio" durante la que no volvió a componer ninguna ópera y se dedicó a la gastronomía. Tras unos minutos de conversación en la que hablaron de la novela y de algunos aspectos muy poco conocidos de la vida del afamado compositor pesarés, Laura Pugno dio paso al pianista y compositor Mario Mariani, también nacido en Pésaro, quien iba a ofrecer el estreno mundial de sus Variaciones Rossini al piano.

Antes del recital, un servidor había tenido oportunidad de charlar con un afable Mariani, quien se presta al diálogo con facilidad. Su italiana afabilidad se trasladó al escenario más tarde, cuando explicó anécdotas de Rossini en un divertido discurso "itaspañoliano" entre variación y variación. Mariani tiene una peculiar forma de interpretar. Gesticula mucho y hace volar su media melena al son de la música. Imprime al piano un tratamiento orquestal sirviéndose de cadenas metálicas, tambores, panderetas, bolas chinas y de un pequeño espumador de leche a pilas. Comenzó el recital con las variaciones sobre la L’italiana in Algeri a la que siguió una curiosa variación sobre el tema Mi lagneró tacendo sobre una única nota. A continuación llegó La gazza ladra, para cuyo ritmo de marcha Mariani colocó un tambor en la caja armónica del piano y empleó el espumador de leche para simular los redobles de tambor. Luego llegó La Petite Messe Solennelle, de una riquísima riqueza armónica, a la que Mariani tiñó de jazz chasqueando los dedos y, al poner una cadena metálica en la caja armónica, nos transportó a un salón barroco, simulando el sonido de un clavecín. En la dificilísima variación Figaro’s Dream Guglielmo Tell, Mariani jugó con armonías rossinianas entremezclándolas con evocaciones a Ligeti, Wagner y Beethoven. Para el original Duetto buffo di due gatti, Mariani se sirvió de una bola china que frotaba sobre las cuerdas del piano para simular el maullido de un gato. Luego llegó Rossiniana y el recital concluyó con La danza - Tarantella Napoletana para la que Mariani utilizó la cadena, que daba al piano un toque de pianola o clavecín, el espumador de leche y la pandereta.

Tras el recital, a algunos de los presentes nos llevaron a la cocina del Instituto Italiano y tuvimos la fortuna de compartir picoteo con Baldelli y Mariani y de disfrutar de algunos platos diseñados por el propio Rossini hace más de 150 años. Alimentos para el alma y el cuerpo. ¡Con Rossini hasta en la cocina!